Carlos Fernández-Vega: México SA

Uno de los alimentos estadunidenses a los que Pekín impondrá gravamen de 25 por ciento a partir del 6 de julio son las langostas. El total de los aranceles es de 50 mil millones de dólares e incluye 545 productos como soya, automóviles eléctricos, jugo de naranja, whisky, salmón y cigarros.

oberbio, como siempre, y tras hacer pública su intención de imponer aranceles a las importaciones de acero y aluminio (las mexicanas entre ellas), tres meses atrás Trump aseguraba que las guerras comerciales son buenas y fáciles de ganar. Y, ante las reacciones condenatorias de la comunidad internacional, el secretario estadunidense de Comercio, Wilbur Ross, le hizo segunda: toda esta histeria es mucho ruido y pocas nueces.

A México y Canadá les concedió tres meses de gracia, pero a partir del primer segundo de junio Trump impuso aranceles a las importaciones de acero y aluminio provenientes de sus socios y amigos, y se le fue al cuello a sus aliados estratégicos de la Unión Europea y China, objetivo final de su guerra comercial.

Pero a estas alturas al esquizoide de la Casa Blanca se le ha complicado su guerra buena y fácil de ganar, porque (en reciprocidad y no por histeria), con una intensidad u otra, todas las naciones afectadas por su política arancelaria han respondido, aunque ninguna como el gigante asiático (el verdadero objetivo de Trump).

Entre lo más reciente destaca que el gobierno estadunidense anunció aranceles de 25 por ciento sobre productos chinos por un valor de 50 mil millones de dólares a partir del 6 de julio y prometió medidas adicionales si el país asiático contrataca (La Jornada), es decir, el de la Casa Blanca pega y todavía espera que le den las gracias.

Pero, como era de esperarse, China respondió con tarifas del mismo nivel y potencia y anunció la cancelación de todos los acuerdos económicos alcanzados anteriormente. Pekín anunció aranceles adicionales de 25 por ciento a 659 productos estadunidenses, que incluyen los sectores agropecuario, cárnico y automotor por valor de 50 mil millones de dólares, informó el ministerio de Finanzas. Las sanciones afectan sobre todo a zonas agrícolas de Estados Unidos con gran número de votantes de Trump ( ídem).

La guerra comercial desatada por el mandatario estadunidense involucra directamente a dos potencias económicas, que detentan alrededor de 45 por ciento del producto interno bruto (PIB) mundial; el resto de las naciones, hasta ahora, prácticamente se mantienen a la expectativa y responden un tanto tímidas a la agresividad de Trump, para quien debería quedar claro que las guerras comerciales no tienen nada de bueno y mucho menos son fáciles de ganar. Cuando menos no frente al gran dragón.

En el caso de México, de acuerdo con el Instituto para el Desarrollo Industrial y el Crecimiento Económico, el deslinde es lo conveniente porque la guerra comercial es entre dos potencias y nuestro país no tiene fichas con qué jugar. Ello, dice, porque la lógica del libre comercio llegó a su fin, al menos bajo la modalidad que le dio vida durante las décadas de los 80 y 90 del siglo pasado. Hoy, las principales potencias económicas del orbe avanzan hacia una regulación del intercambio comercial. Los mecanismos difieren, pero el objetivo es el mismo: anteponer su interés nacional.

México debe asumir que terminó el sueño del libre comercio desregulado que subordinó la legislación nacional a los ordenamientos de los organismos multinacionales. No es casualidad. China, Estados Unidos y Gran Bretaña buscan reorientar los flujos de inversión productiva, de financiamiento y el comercio internacional. Su meta es que ello contribuya a mantener y elevar su papel preponderante en el nuevo ordenmundial que se construye.

Estados Unidos se retuerce, porque ha perdido nivel e influencia. Como señala el IDIC, hoy China no sólo es el principal exportador del mundo, sino de bienes tecnológicos. Aprovechó el dogmatismo económico de Occidente y desarrolló una enorme base industrial, primero nacional y ahora continental.

Entonces, serenos, todo indica que esto apenas comienza.

Las rebanadas del pastel

Entusiasmaos, mexicanos ilusos, pero no mucho, porque, aunque los vistan de seda, ratoncitos se quedan

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