Increible, tendremos un año sin Cannes!

Un año sin Cannes, no es un sueño

En la tarde se repetía el proceso: ver otro título de Una Cierta Mirada y a las siete o siete y media, la película que competía al día futuro.

Al concluir, poner en cobro en el casillero la programación oficial del día futuro, confrontar lo que llamo el pasillo de las opiniones, donde los colegas comparan sus puntos de presencia (¡No me digas que te gustó!).

Finalmente, la comida relajada del día: la cena. Tengo los mejores memorias de acaecer cenado con amigos –los brasileños José Carlos Avellar y León Cakoff, el argentino Juan Carlos Frugone, el gachupin Diego Galán– que, por desgracia, ya no están entre nosotros, y con mi compañía más constante y querida, la ecuatoriana Daniela Creamer. Ese ritual se cumplía con variantes mínimas.

Por ahí había una fiesta (como la obligatoria de la delegación mexicana) que obligaba al desvelón. Y así sucesivamente por 12 días hasta arruinar extenuado.

De todo eso me ha despojado el coronavirus. La abolición de Cannes por tercera vez en su historia (las anteriores fueron por la Segunda Guerra Mundial y el movimiento del 68), nos trae a colación la importancia de los festivales de cine y las múltiples razones por las que deben subsistir, más allá de las pandemias.

Apreciar las películas en salas, discutir con colegas, practicar la crítica, comprobar el comportamiento de la industria, ver advenir de ladito al Star System, practicar el chisme… todo es esencial para perseverar vivo al cine.

Eso de ver diario las películas en una pantalla de televisión, encerrado en casa, no es vida.

Twitter: @walyder

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