Testimonio de neumólogo francés en la línea de batalla contra el Covid-19

Varios de mis colegas ya se derrumbaron”: testimonio de neumólogo francés

El doctor Christian Delafosse se desempeña como Jefe del Servicio de Neumología del Hospital Simone Veil, de la urbe de Eaubonne, un ayuntamiento de 26 mil habitantes situado a 12 quilómetros al nordoeste de París en la zona del Val d’Oise, una de las más fuertemente golpeadas por el coronavirus (covid-19).

Su testimonio publicado el 22 de marzo en el diario Le Parisien y que Apro reproduce con su autorización, da la dimensión mareante del drama personal y profesional que viven cada día decenas y decenas de miles y miles de médicos, enfermeras, asistentes de enfermería galos que encaran en primera línea la pandemia de Covid-19.

Al igual que en Italia y España cada noche a las 8 en toda Francia millones de personas les manifiestan gratitud y admiración aplaudiéndoles desde sus ventanas. Y cuanto más pasa el tiempo más fuertes, más largos y más apasionantes suenan los aplausos.

Estos soldados desarmados que luchan sin reposar contra el coronavirus confiesan que escuchar los mensajes sonoros de sus compatriotas da todavía más sentido a su combate. (Anne Marie Mergier)

La gente aplaude a los cuidadores por su trabajo, en tanto que el coronavirus ha devastó ciertas comunidades en Francia. Foto: Michel Euler/AP

Christian Delafosse

En esa guerra anti-corona el oponente no habla un idioma extranjero, no pertenece a una cultura diferente ni tiene un color de piel especial.

El contrincante maléfico, pérfida, es la gente que cruza en la calle, son   vecinos o bien amigos próximos de los que debe cuidarse todavía más. Los peores contrincantes son los seres amados, aquellos con los que tiene la suerte de vivir. Y el más grande oponente de todos, el que podría poner en riesgo a estos seres amados y que lo aplastaría a bajo el peso de la responsabilidad, es mismo, en tanto que podría contagiarlos con esa infección invisible y traicionera.

Desde hace un par de semanas esa paulatina toma de consciencia trastorna poco a poco más mi vida profesional y cariñosa, por una parte, y mi vida profesional por otro.

Se tambalean los fundamentos mismos de mi cotidianeidad. Primero limité y después poquito a poco interrumpí todo contacto con mi familia próxima. Ya no veo a mis progenitores bastante mayores, pese a sus necesidades, de su aislamiento y de sus inquietudes exacerbadas por el flujo permanente de informaciones, su vetustez y el hecho de tener a un hijo neumológo.

Estigma

Ya no tengo contacto físico con mis hijos, ni con mi esposa. De hecho, decidimos dormir en habitaciones separadas. En mi hogar todos procuramos sostener una distancia de ‘salubridad’…De rebote mi mujer siente que las personas que la rodean la estigmatizan por ser esposa de

En el centro de salud se marcha quebrantando nuestro trabajo de equipo unido.  Estos intercambios, no obstante, son imprescindibles en esa lucha antiviral que trastorna poco a poco más nuestra organización.

Si no deseamos caer en lo inhumano, nos toca mostrarnos capaces de revolucionar prácticamente cada día nuestra forma de marchar para poder hacer en frente de esa avalancha de pacientes de todas y cada una edades y poco a poco más abundantes cuya enfermedad nos era ignota hace unas semanas.

Las asambleas sobre la atención que requieren los pacientes se marchan anulando o bien se vuelven muy difíciles. Hoy, incomodados por una proximidad que el día de ayer era natural, tendemos a rehuirnos entre colegas.

Ahora nuestra profesión principalmente humana, basada en el contacto, la auscultación, la palpación, el cuidado con frecuencia físico está plenamente desbaratada.

El personal médico intenta lo más que puede no acercarse a los pacientes inficionados y todavía menos de los que no lo son, los más frágiles.

Voluntarios de la Cruz Roja verifican los datos en una computadora antes de que los médicos examinen a los residentes en un gimnasio convertido en un centro médico en San Juan de Luz, suroeste de Francia. Foto: Bob Edme/AP
Voluntarios de la Cruz Roja comprueban los datos en una computadora antes que los médicos examinen a los residentes en un gimnasio transformado en un centro médico en San Juan de Luz, sudoeste de Francia. Foto: Bob Edme/AP

Cuando la hora llega…

Las familias ya no pueden visitar a sus seres próximos pese a la sofocación y del sufrimiento que todos sienten. Los progenitores no pueden acudir al parto de sus esposas. Muy con frecuencia los enfermos que se hallan en la etapa final de su vida se quedan solos. Y cuando llega la muerte, se nos solicita separar a la familia. ¿Humanidad?

En esa guerra, médicos y enfermeras no son combatientes por el hecho de que desafortunadamente no disponen de armas contra el virus. Se limitan a curar heridas en la mitad de los combates y de la metralla, protegidos -cuando los tienen, por trocitos de lona y un tanto de líquido.

Varios de mis colegas ya se desmoronaron, otros resultaron inficionados o bien infectantes…Muchos revientan en lloros al tomar consciencia del peligro que los va cercando, del peligro que corren sus pacientes más débiles, que amenaza a sus seres queridos o bien que pone en juego su vida.

Algunos abandonan el navío, mas día a día y cada noche la enorme mayoría vuelve a subirse al puente para montar la guarda tal y como lo hicieron el día precedente.

Hoy disponemos de un solo recurso para eludir que los hombres caigan en el campo de batalla, es separarse de lo que forma la base misma de nuestra humanidad: la relación humana.

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