México, el Mundial y una fiesta global: consumo, espectáculo y negocio
México, el Mundial y una fiesta global: consumo y negocio

La fila más larga no era para entrar al estadio. Era para comprar. Playeras de 3,000 pesos, réplicas de la Copa del Mundo, mascotas oficiales, gorras, balones. La tienda de la FIFA parecía más una boutique de lujo que una extensión de un torneo de fútbol. Afuera, miles de personas esperaban pacientemente para gastar más dinero después de haber desembolsado cientos o miles de dólares para estar ahí. Y nadie parecía incómodo con ello.

Cuarenta años después de México 86, el Mundial volvió a abrir sus puertas en el mismo lugar donde Pelé y Maradona ayudaron a construir la mitología moderna del fútbol. El ahora Estadio Ciudad de México se convirtió en el primer recinto de la historia en inaugurar tres Copas del Mundo. Pero el Mundial que regresó no era el mismo; sabía, olía y tenía colores diferentes.

La sensación al interior del estadio contrastaba con las calles alrededor, cubiertas de verde desde temprano. En las avenidas había mexicanos, sudafricanos, argentinos, brasileños, colombianos, ucranianos, ingleses, alemanes, croatas. Algunos llegaron en transporte público, otros en camionetas privadas y varios después de recorrer medio planeta. Todos caminaban hacia el mismo lugar. La sensación era la de una fiesta mundial. Y también la de una industria global.

Banner ancho de Pickt — app de listas de compras colaborativas para Telegram

El negocio detrás del espectáculo

La FIFA espera generar más de 11,000 millones de dólares durante el ciclo de 2023 a 2026. Nunca antes el organismo había movido tanto dinero. Tampoco un Mundial había reunido a 48 selecciones. Nunca antes había existido una maquinaria comercial para abarcar esta dimensión. La inauguración fue una clara demostración del nuevo orden deportivo.

Shakira, Danny Ocean, J Balvin, Maná, Belinda y Los Ángeles Azules aparecieron en escena. La actriz mexicana Salma Hayek dio la bienvenida al mundo. Helicópteros cruzaron el cielo cargando una enorme bandera mexicana. Hubo fuegos artificiales, una pantalla gigante, luces y una producción que por momentos parecía más cercana al entretenimiento estadounidense que a las ceremonias mundialistas de otras épocas.

Incluso los códigos de entrada al espectáculo han cambiado. Los jugadores de México y Sudáfrica salieron al campo en fila bajo un telón sonoro de “Sirius”, de The Alan Parsons Project, un tema potente, diseñado para elevar la tensión y la expectativa, pero más cercano a una apertura de show televisivo que a la antesala tradicional de un partido de fútbol. Antes, ese momento pertenecía al himno de la FIFA o a una solemnidad más contenida que marcaba el tránsito entre el exterior y el juego. Hoy, incluso esa frontera se ha diluido. El ritual de entrada ya no solo prepara para el partido, también construye espectáculo.

El mensaje era directo, aunque por momentos difuso: el fútbol es el protagonista, pero ya no es el único actor del espectáculo. En el propio estadio aparecían señales de esa transformación. Los pagos en efectivo prácticamente desaparecieron y la mayoría de las compras fueron digitales. También aparecieron las pausas de hidratación que detuvieron el juego en dos ocasiones. Oficialmente eran cortes para proteger a los futbolistas del calor; extraoficialmente, recordaban que incluso el tiempo dentro de la cancha se ha convertido en un activo comercial.

Todo estaba diseñado para funcionar como una experiencia mundialista integral mientras rodaba el balón, desde los sistemas de pago y la oferta comercial hasta los espectáculos que acompañaron la inauguración. Porque por más producción, patrocinadores y mercadotecnia deportiva que rodeen al torneo, hay un momento en el que todo vuelve a ser extraordinariamente simple.

Tres generaciones, una misma reacción

México contra Sudáfrica. Julián Quiñones encontró el gol al minuto nueve y el estadio explotó. Miles de sombreros de cartón entregados a la entrada salieron volando al mismo tiempo. Abuelos que recuerdan 1970. Padres que vivieron 1986. Hijos que apenas conocen los Mundiales por YouTube. Tres generaciones compartiendo exactamente la misma reacción.

Banner post-artículo de Pickt — app de listas de compras colaborativas con ilustración familiar

Durante unos segundos desaparecieron los patrocinadores, los ingresos récord y las experiencias premium. Volvió el fútbol. La selección mexicana ganó. Ganó bien en el marcador y no tan bien en las sensaciones. Hubo expulsiones, momentos de dominio y lapsos donde dejó la impresión de que podía ofrecer más. Pero nadie parecía demasiado interesado en discutir sistemas tácticos. La conversación era otra.

La gente hablaba del espectáculo, de los conciertos, de los precios, de las compras, de la mercancía oficial y de la experiencia completa, quizá porque el Mundial ya no es solamente un torneo, sino un producto cultural, turístico y económico capaz de generar derrama económica y mover ciudades enteras.

Mucho más que un partido

También es el escenario ideal para que políticos, influencers, actores y líderes de opinión se hagan visibles. Entre los asistentes destacó la presencia de empresarios de alto perfil, como Ricardo Salinas Pliego, uno de los críticos más visibles del gobierno de Claudia Sheinbaum. Su llegada no pasó desapercibida: algunos lo recibieron con entusiasmo y consignas de “¡presidente, presidente!”, mientras otros lo observaron en silencio, dejándolo pasar entre murmullos que reflejaban tanto la polarización como el peso simbólico de su presencia en un día de alta exposición pública.

Las selfies, las poses y la búsqueda de una fotografía con algún ídolo reflejan cómo buena parte de la experiencia ocurre hoy fuera de la cancha, en las gradas y en las redes sociales. Al final del encuentro y tras un marcador de 2-0 a favor de los locales, más de 80,000 personas comenzaron a abandonar el estadio. Algunos cargaban bolsas de mercancía oficial. Otros coleccionaban fotografías. Muchos sostenían vasos vacíos de cerveza y refresco como evidencia de una jornada que había durado mucho más que 90 minutos.

Entre la multitud, un colombiano resumió lo que muchos pensaban. “Es caro. Muy caro. Pero vale la pena”. Y añadió que México debería organizar el Mundial cada 10 o 15 años, por lo bien que le salía, “porque son espectaculares”. La disposición a gastar parecía no tener límites. Durante el recorrido por los alrededores del estadio, varias familias compartieron cifras que reflejan cómo asistir a un Mundial se ha convertido en una experiencia reservada para quienes pueden asumir desembolsos extraordinarios.

Una familia de San Luis Potosí de seis integrantes contó haber pagado alrededor de 2,500 dólares por boleto para estar en el partido inaugural. Otros aficionados preferían no revelar el monto. "Te digo cuánto pagué si apagas el teléfono", respondió uno de ellos al ser entrevistado. No era vergüenza. Era la conciencia de que las cifras podían resultar difíciles de explicar en un país donde el ingreso promedio está muy lejos de esos montos.

El Mundial sigue siendo un partido de 11 contra 11, pero alrededor del balón se ha construido una industria capaz de convertir un boleto en un símbolo de estatus y una experiencia que, para muchos, justifica cualquier gasto. Tal vez ahí está la verdadera transformación del Mundial: antes se viajaba para ver partidos; ahora se viaja para vivir una experiencia mundialista que combina fútbol, entretenimiento, turismo y consumo.

La FIFA lo entendió hace tiempo y construyó alrededor del negocio del fútbol una plataforma global de entretenimiento capaz de generar miles de millones de dólares. Mientras la gente siga abrazándose después de un gol como ocurrió la tarde de este 11 de junio en el Estadio Ciudad de México, el negocio seguirá teniendo un límite. Porque el espectáculo vende la entrada, pero sigue siendo el fútbol lo que justifica el viaje, especialmente cuando México vuelve a convertirse en anfitrión de una de las mayores celebraciones deportivas del planeta.