Hay conversaciones que cambian el rumbo de una carrera, aunque en ese momento no nos demos cuenta. Al principio de la mía, recién salida de la universidad, sentía que improvisaba todos los días. Entraba a reuniones donde parecía que todos entendían el negocio, menos yo. Tenía muchas ganas de aprender, pero también muchas dudas.
El encuentro con una mentora que cambió mi perspectiva
Fue entonces cuando apareció mi primera mentora. Era directora de Recursos Humanos y, aunque habíamos estudiado lo mismo, veía las cosas de una manera completamente diferente. Cuando yo llegaba buscando respuestas, ella me hacía preguntas. Cuando yo veía un problema enorme, ella me ayudaba a entender el contexto. Poco a poco empecé a pensar distinto.
Con los años entendí que el regalo más grande que me hizo no fue decirme qué hacer. Fue prestarme su experiencia hasta que yo pude construir la mía. Por eso creo que el mentoring no debería depender de la suerte. Todos conocemos personas que encontraron a alguien que creyó en ellas en el momento correcto, pero también conocemos muchas otras que nunca tuvieron esa oportunidad.
El poder de los programas de mentoring estructurados
Las empresas pueden hacer mucho para que esos encuentros ocurran de manera intencional. Cuando un programa de mentoring está bien diseñado, no solo ayuda a desarrollar personas. También rompe barreras entre áreas que normalmente trabajan aisladas. Es increíble lo que pasa cuando alguien de finanzas ayuda a alguien de marketing a ver un problema desde otro ángulo, o cuando una persona de operaciones comparte su experiencia con alguien de ventas. Ambos terminan aprendiendo. Y si esas conversaciones ocurren entre personas de diferentes países o culturas, el aprendizaje es todavía mayor. Dejamos de ver solo nuestra realidad y empezamos a entender cómo piensan otros equipos, otros mercados y otras formas de trabajar.
Mentoring bidireccional: aprender de las nuevas generaciones
También creo que ya es momento de dejar atrás la idea de que el mentoring siempre va en una sola dirección. Durante mucho tiempo pensamos que el aprendizaje ocurría únicamente del más experimentado hacia el más joven. Hoy sabemos que eso ya no alcanza. Las nuevas generaciones están llegando con otra forma de entender el trabajo. Hablan de bienestar, de flexibilidad, de equilibrio, de propósito y de salud mental con una naturalidad que hace algunos años era poco común. Escucharlas no significa perder autoridad. Al contrario, significa tener la humildad suficiente para seguir aprendiendo. He visto cómo muchos líderes cambian su manera de dirigir simplemente porque alguien 20 o 30 años menor les hizo una buena pregunta o les mostró una realidad que no estaban viendo. Eso también es mentoring.
Estructura necesaria para que el mentoring funcione
Claro que estos programas necesitan cierta estructura para funcionar. Hay que preparar a los mentores, acompañar a quienes participan y dar seguimiento para que las conversaciones no se queden en una buena intención que termina perdiéndose entre reuniones y pendientes. Pero, al final, lo que realmente hace la diferencia no es el formato ni el proceso. Son las personas. Porque todos, sin importar los años de experiencia que tengamos, tenemos puntos ciegos. Todos necesitamos, de vez en cuando, alguien que nos ayude a ver una posibilidad que nosotros todavía no alcanzamos a descubrir.
Yo tuve esa suerte al empezar mi carrera. Ojalá cada vez más personas la tengan también, no por casualidad, sino porque las organizaciones decidan crear espacios donde aprender unos de otros sea parte de su cultura.



