Maná, Dorismar y el silencio de Luis Miguel
Hay personajes, grupos y figuras públicas que forman parte de la historia sentimental de un país. Algunos lo entienden y otros no. Algunos regresan constantemente a abrazar a su público y otros parecen olvidarse de dónde salieron. Esta semana me puse a reflexionar precisamente sobre eso después de ver algunas noticias que me llamaron profundamente la atención.
El regreso de Maná a casa
El miércoles pasado se presentó en Guadalajara, Jalisco, dentro del llamado Fan Fest, una agrupación que no necesita presentación: Maná. Y debo reconocer algo. A veces olvidamos la dimensión real de esta banda. Estamos hablando de un grupo con más de cuatro décadas de trayectoria, una agrupación que logró algo que parecía imposible: conquistar al mundo cantando en español.
Cuando se habla de rock o pop mexicano a nivel internacional, el nombre de Maná aparece inevitablemente en los primeros lugares. No existe una banda mexicana que haya logrado una penetración semejante en América Latina, Estados Unidos, Europa y buena parte del planeta. Sin embargo, también debo decir algo que les he comentado personalmente en varias ocasiones. ¿Por qué tienen tan abandonado a México? La pregunta es válida.
Mientras llenan arenas, estadios y auditorios en Estados Unidos, España, Argentina, Chile y prácticamente cualquier país donde exista una comunidad latina, en México sus visitas suelen ser esporádicas. Da la impresión de que los mexicanos tenemos que esperar años para ver a una banda que nació precisamente aquí. Y eso resulta extraño. No hablo de falta de cariño. Estoy seguro de que Fher Olvera, Alex González, Sergio Vallín y Juan Calleros aman profundamente a su país. Pero la realidad es que durante mucho tiempo el público mexicano ha tenido pocas oportunidades de disfrutar a una de sus agrupaciones más importantes.
Por eso fue significativo verlos regresar a Guadalajara. Regresar a la ciudad donde todo comenzó. Regresar a la tierra que los vio crecer. Regresar a las calles donde seguramente soñaron con convertirse en estrellas internacionales. El público los recibió como lo que son: leyendas. Y es que a veces los mexicanos somos injustos con nuestros propios artistas. Nos acostumbramos a ellos y olvidamos la magnitud de sus logros. Maná no es una banda cualquiera. Maná es parte de la historia musical de México. Por cierto, para quienes quieran verlos en la Ciudad de México, el próximo 17 de diciembre estarán en el Estadio GNP, donde seguramente volverán a demostrar por qué siguen siendo una referencia obligada de la música en español.
Los artistas que se olvidan de su país
Pero aprovechando el tema, quiero detenerme en algo que me parece preocupante. Cada vez más artistas mexicanos triunfan en el extranjero y después parecen desconectarse de su país. Algunos viven permanentemente fuera de México. Otros sólo vienen a promocionar discos o series. Y varios parecen recordar a México únicamente cuando necesitan vender boletos. Es una realidad incómoda. Porque el público mexicano suele ser el primero que apuesta por ellos. Los impulsa. Los convierte en figuras. Los vuelve famosos. Y después muchos desaparecen. No es el caso exclusivo de Maná. Ocurre con actores, cantantes, influencers y hasta conductores de televisión. Pareciera que el éxito internacional les provoca una especie de amnesia selectiva. Por eso siempre será digno de reconocer cuando alguien vuelve a casa. Cuando alguien no olvida sus raíces. Cuando alguien entiende que el éxito internacional no tendría sentido sin el respaldo de la gente que creyó en ellos desde el principio.
Dorismar: una vida lejos del cuento de hadas
Este sábado, a las ocho de la noche, en Imagen Televisión, Canal 3, presentaré una entrevista que me impactó profundamente. Se trata de Dorismar. Modelo. Actriz. Cantante. Empresaria. Y una mujer que ha tenido que sobrevivir a una cantidad impresionante de golpes de la vida. Muchas personas creen que la fama es sinónimo de felicidad. Nada más alejado de la realidad. Cuando escuché su historia entendí que detrás de las fotografías, las portadas y las apariciones públicas existe una mujer que ha enfrentado momentos verdaderamente dolorosos. Uno de los episodios más difíciles fue su deportación de Estados Unidos junto a su entonces esposo. Escuchar cómo vivieron aquella situación resulta estremecedor. Porque una cosa es leer un encabezado periodístico y otra muy distinta escuchar el testimonio de quien lo sufrió. Pero si eso parecía complicado, lo que vino después fue todavía peor. Hace cuatro años, un procedimiento estético terminó convirtiéndose en una auténtica pesadilla. Según relata la propia Dorismar, un cirujano plástico le destrozó el rostro y le mutiló la nariz. Imaginen lo que eso representa para cualquier persona. Ahora imagínenlo para una mujer cuya imagen forma parte de su trabajo. Cuatro años de cirugías, de dolor, de incertidumbre, de lucha. Y una batalla legal que continúa vigente. Lo más impactante de la entrevista no es únicamente el daño físico. Lo verdaderamente fuerte es escuchar las consecuencias emocionales. La ansiedad. La desesperación. La impotencia. El miedo. Porque hay heridas que no se ven. Y ésas suelen ser las más difíciles de sanar.
Los cirujanos que juegan a ser dioses
Aprovecho este caso para tocar un tema que pocas veces se aborda con la seriedad que merece. La cirugía estética se ha convertido en un negocio multimillonario. Y junto con los buenos especialistas también han aparecido auténticos carniceros con bata blanca. Lo digo con todas sus letras. Existen médicos extraordinarios, pero también irresponsables que juegan con la salud y la vida de las personas. La obsesión por la belleza ha creado una industria gigantesca. Una donde muchas veces el dinero vale más que la ética. Pacientes que salen peor de como entraron. Mujeres mutiladas. Hombres deformados. Familias destruidas. Demandas interminables. Y médicos que continúan trabajando como si nada hubiera ocurrido. Algo está mal. Muy mal. Las autoridades sanitarias deberían ser mucho más estrictas. Los colegios médicos deberían actuar con mayor firmeza. Y las sanciones deberían ser ejemplares cuando se demuestra negligencia. Porque estamos hablando de vidas humanas. No de mercancías.
El misterio llamado Luis Miguel
Y hablando de figuras legendarias, hay una información que ha generado enorme preocupación. La publicación española Semana asegura que Luis Miguel habría estado internado en Nueva York. No sólo eso. También afirma que habría sido sometido a una intervención cardíaca por un especialista español. Además, la revista sostiene que Paloma Cuevas ha estado viajando constantemente entre España y Nueva York para acompañarlo durante su recuperación. Insisto. La información proviene de Semana. Hasta este momento no existe confirmación oficial. Pero tampoco existe desmentido. Y ahí aparece nuevamente el eterno problema cuando se habla de Luis Miguel. El silencio. Nunca confirma ni niega ni explica ni aclara. Así ha construido gran parte de su carrera. Y probablemente así seguirá siendo.
El último gran ídolo
Más allá de rumores o especulaciones, deseo sinceramente que Luis Miguel se encuentre bien. Porque estamos hablando de una figura irrepetible. Podrán existir artistas más jóvenes, nuevos fenómenos musicales, nuevas tendencias. Luis Miguel ocupa un lugar único. Para millones de personas sigue siendo la máxima estrella que ha dado este país. Su voz. Su historia. Su trayectoria. Su impacto cultural. Su capacidad para llenar recintos. Todo eso lo convirtió en un fenómeno extraordinario. Por eso cualquier noticia relacionada con su salud genera preocupación inmediata. Porque Luis Miguel dejó hace mucho tiempo de ser solamente un cantante. Se convirtió en un símbolo. Y los símbolos pertenecen al imaginario colectivo de una nación. Ojalá los reportes sean exagerados, que todo quede en un susto. Ojalá pronto podamos verlo nuevamente sobre un escenario. Porque independientemente de filias o fobias, México no tiene muchos artistas de esa dimensión. Y cuando aparecen figuras de ese tamaño, hay que cuidarlas, respetarlas y valorarlas. Mientras tanto, seguiremos atentos. Como periodistas, como espectadores. Y sobre todo como admiradores de un talento que marcó para siempre la historia del entretenimiento mexicano.



