Cuando se piensa en autismo, la imagen común se centra en la infancia: terapias tempranas y acompañamiento escolar. Sin embargo, el autismo persiste en la edad adulta, transformándose en una realidad marcada por la invisibilidad, la falta de oportunidades y un sistema que no favorece la independencia.
La transición a la vida adulta para personas con Condición del Espectro Autista (CEA) representa un gran desafío para la salud pública y los derechos humanos en México. Los apoyos institucionales tienden a desaparecer al cumplir 18 años, mientras que las barreras sociales y económicas se amplían, condenando a muchos al aislamiento familiar.
Nancy Anaya, directora de la asociación OTEA, señala: “El autismo no solo es de niños, se queda toda la vida… y no hay plan, no hay a dónde ir”. Ella misma tiene un hijo de 17 años con autismo y una hija de 19, y se preocupa por el futuro de su hijo cuando ella falte.
A pesar de que México reconoce principios como la no discriminación para la inclusión de personas con discapacidad, existe una brecha entre la legislación y la realidad. En 2025, un parlamento abierto en la Cámara de Diputados buscó actualizar la Ley General para la Atención y Protección a Personas con CEA, vigente desde 2015.
En España, se ha propuesto la figura del asistente personal para la vida independiente de adultos con autismo. Este profesional, gestionado por la propia persona, apoyaría en tareas como la gestión del tiempo o la comprensión de roles laborales, respetando su voluntad y preferencias.



