El pescado es un alimento que requiere refrigeración constante para mantenerse fresco. Consumirlo en mal estado puede provocar intoxicaciones alimentarias graves. Para evitar riesgos, es importante conocer las señales de descomposición.
El mal olor es una de las primeras alertas. Si el pescado huele agrio o a amoniaco, indica la presencia de trimetilamina, una sustancia producida por la descomposición. En ese punto, no es seguro consumirlo.
La textura y el color también son indicadores. La carne debe ser firme y elástica; si se siente viscosa o flácida, está descompuesta. Los colores brillantes y profundos son señal de frescura, mientras que tonos opacos o grisáceos indican deterioro.
Los ojos del pescado deben ser brillantes y no estar hundidos. Las agallas deben conservar un color rojo vivo y no estar pegadas. La piel y las escamas no deben desprenderse fácilmente ni tener color opaco o verdoso.
Las vísceras son lo primero que se deteriora; si se hinchan, cambian a colores oscuros o despiden mal olor, es mejor desechar el producto. Cocinar el pescado no siempre elimina las toxinas, por lo que la prevención es clave.
Las intoxicaciones más comunes son la escombrosis y la ciguatera. La primera causa picazón, enrojecimiento, fiebre, náuseas y diarrea; la segunda puede provocar problemas neurológicos y cardiovasculares. Ante cualquier síntoma, se debe acudir al médico de inmediato.



