El agotador clima de inseguridad y su costo en la sociedad mexicana
Agotador clima de inseguridad y su costo social

Hay una pregunta que ningún gabinete de seguridad se hace y que quizá sea la más urgente de todas: ¿qué le pasa a una sociedad que lleva meses —años, en rigor— despertando cada mañana dentro de la misma telenovela? Narcoterrorismo, Rocha Moya, El Mayo, Ken Salazar, la avioneta, los aranceles, el T-MEC bajo revisión, la próxima amenaza de Washington, el siguiente capítulo de la mañanera. Los nombres rotan; la trama, no. Y mientras los actores políticos administran cada episodio como si fuera un asunto entre ellos —un pleito de élites, de fiscalías, de cancillerías—, nadie parece contabilizar el costo que ese clima le cobra, gota a gota, a la gente que sólo mira.

El síndrome del mundo cruel y sus efectos

El costo existe y tiene literatura. George Gerbner lo llamó el síndrome del mundo cruel: quien se expone de manera sostenida a un relato de amenaza termina creyendo que el mundo es más peligroso de lo que sus propios ojos registran, y ajusta su vida a ese miedo aunque su calle siga tranquila. No hace falta vivir en Culiacán para vivir en Culiacán: basta el goteo informativo de dos años de guerra entre herederos, de acusaciones cruzadas, de capos convertidos en testigos y testigos convertidos en bombas de tiempo.

El resultado es una ciudadanía en estado de alerta crónica, que es exactamente lo contrario de una ciudadanía: la alerta permanente no produce vigilancia cívica, produce agotamiento. Byung-Chul Han diría que somos ya una sociedad del cansancio; la versión mexicana agrega que el cansancio tiene banda sonora de corridos y calendario de mañaneras.

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Erosión de la confianza y secuestro de la agenda

Ese agotamiento tiene consecuencias políticas precisas que el gobierno debería contemplar con más seriedad que cualquier encuesta. La primera es la erosión de la confianza como bien público. Cuando la frase oficial de la semana es “alguien mintió” —y la sociedad intuye que el alguien es plural—, cada nuevo episodio no informa: confirma. Confirma que la verdad es negociable, que las instituciones se activan según el apellido del acusado, que el expediente puede dormir si duerme del lado correcto. Y una sociedad que deja de esperar la verdad no se rebela: se retira. Deja de denunciar, deja de participar, deja de creer que su indignación sirve. Los psicólogos lo llaman indefensión aprendida; los politólogos deberíamos llamarlo por su nombre: el subsuelo de todos los autoritarismos.

La segunda consecuencia es el secuestro de la agenda. Cada hora de conversación nacional dedicada a la avioneta del museo es una hora que no se dedica al sistema de salud, a las escuelas, al agua, a la economía del cuidado, a todo aquello que constituye la vida real de la mayoría. El clima narcodiplomático no sólo angustia: desplaza. Empobrece el debate público hasta reducirlo a un género único, y un país que sólo habla de sus villanos acaba pensándose a través de ellos.

El costo identitario y el espejo del Mundial

Ahí está el tercer costo, el más profundo: el identitario. Acabamos de comprobar, durante un mes de Mundial, lo que ocurre cuando a este país se le permite narrarse desde otro lugar: el mundo vio hospitalidad, alegría, civilidad, y los mexicanos nos vimos —nos sorprendimos viéndonos— en ese espejo. Duró lo que duró el torneo. Al día siguiente de la eliminación, la conversación nacional regresó puntualmente a su celda.

Propuestas para salir del clima de agotamiento

¿Qué debería contemplar el gobierno? Primero, que la certidumbre es infraestructura, tan material como una carretera: los expedientes abiertos indefinidamente —el de los diez de Sinaloa es el ejemplo mayor, que ahora, además, fue “reservado” por cinco años— no son prudencia política, son una fuga de confianza que paga toda la sociedad. Cerrar los casos, en un sentido o en otro, con resoluciones fundadas, vale más que cualquier campaña de comunicación.

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Segundo, que la salud mental colectiva es asunto de Estado y no sólo de consultorios: hay estudios pendientes, presupuestos pendientes, una política pendiente sobre lo que dos años de guerra narrativa le han hecho al ánimo nacional. Tercero, que el atril también es política de seguridad: cada mañana que el poder decide qué capítulo de la telenovela toca, decide también sobre el cortisol de treinta millones de espectadores. Y cuarto, lo más incómodo: que la salida de este clima no es narrativa sino judicial. No se trata de hablar menos del narco, sino de resolverlo más.

Los pueblos no se quiebran sólo por la violencia; se quiebran por la espera. La espera de la verdad, de la justicia, del capítulo final que nunca llega. El gobierno cree que administra una crisis de seguridad. Está administrando, sin saberlo, el estado de ánimo de una nación. Y ese expediente sí que no admite prórrogas.