Desde hace poco más de una semana, México comparte con Estados Unidos y Canadá el protagonismo de la Copa Mundial FIFA 2026. Millones de personas asisten a estadios repletos, zonas de aficionados abarrotadas, verbenas populares y ciudades convertidas en escaparates internacionales.
Oportunidad para mostrar cultura e infraestructura
Como ocurre con cualquier gran evento global, la Copa del Mundo ofrece a los países anfitriones la oportunidad para mostrar su cultura, su infraestructura, su capacidad organizativa y aquello que consideran motivo de orgullo nacional. México tiene mucho que presumir y es natural que quiera hacerlo. En algunas ciudades sede, la pobreza es tratada como un desafío público y como un inconveniente visual. En Monterrey han surgido reportes sobre la instalación de mallas y bardas para ocultar asentamientos precarios ubicados en rutas estratégicas para visitantes y medios de comunicación. En Guadalajara, las intervenciones alrededor de las zonas mundialistas y las políticas dirigidas a reducir la presencia visible de personas en situación de calle han alimentado debates similares.
La pobreza como problema estético
Cuando esto ocurre, la pobreza deja de ser un problema social que exige soluciones y se convierte en un problema estético que exige ser ocultado. Sin embargo, la pregunta inevitable es qué se está resolviendo realmente. Porque ocultar una colonia marginada no reduce la pobreza; trasladar a una persona en situación de calle no le da un hogar; y cubrir una fachada no mejora la calidad de vida de quienes habitan detrás de ella. Lo único que cambia es la imagen que reciben quienes pasan frente al escenario cuidadosamente preparado.
Intervenciones urbanas superficiales
Algo similar ocurre con diversas intervenciones urbanas impulsadas en nombre del embellecimiento de las ciudades. Murales, decoración temática, renovación de fachadas y proyectos visuales buscan construir una experiencia agradable para visitantes y turistas. No hay nada objetable en mejorar el espacio público. El problema surge cuando la transformación de la imagen se confunde con la transformación de la realidad.
Pintar es más rápido que reparar. Decorar es más visible que dar mantenimiento. Inaugurar un mural genera más atención que modernizar una red de drenaje, reforzar infraestructura o resolver problemas de movilidad.
La política de las apariencias
La política contemporánea parece haber descubierto que las transformaciones profundas rara vez producen buenas fotografías, mientras que las intervenciones superficiales son altamente rentables en términos de comunicación, pero la política de las apariencias no termina con el paisaje urbano. También alcanza a las personas, porque detrás de la pregunta sobre qué ciudades queremos mostrar al mundo, aparece otra igual de importante: quiénes tienen derecho a formar parte de esa imagen.
Los grandes eventos internacionales suelen venir acompañados de zonas de exclusión comercial destinadas a proteger los intereses de patrocinadores oficiales y ordenar los espacios turísticos. En la práctica, esto suele afectar a comerciantes informales que forman parte de la economía cotidiana de nuestras ciudades. De pronto, aquello que durante años fue cotidiano, se convierte en un elemento incómodo para la imagen que se desea proyectar.
Expresiones de descontento social
La discusión no termina ahí. También alcanza a quienes utilizan el espacio público para expresar inconformidades, exigir soluciones o llamar la atención sobre problemas que permanecen sin resolver. Manifestaciones magisteriales, protestas de transportistas, colectivos de búsqueda o cualquier otra expresión de descontento social comparten una característica común: recuerdan que la realidad de una ciudad es siempre más compleja que la imagen que se intenta proyectar de ella.
Cuando una ciudad se transforma en escaparate internacional, surge una tensión inevitable entre la lógica del evento y la lógica democrática. La primera privilegia el orden, la celebración y una narrativa cuidadosamente construida. La segunda exige espacio para el conflicto, la crítica y la expresión pública de los desacuerdos.
Mecanismos de atención colectiva
Los grandes eventos funcionan como enormes mecanismos de atención colectiva, concentran la mirada pública en determinados símbolos, lugares y relatos. Pero toda atención implica una selección: cuando algo ocupa el centro del escenario, otras realidades quedan inevitablemente fuera del encuadre.
Quizá por eso el Mundial está revelando algo más profundo que una competencia deportiva. Pone en evidencia una tendencia cada vez más extendida en las democracias contemporáneas: privilegiar la apariencia sobre la transformación, la fotografía sobre la solución y el escenario sobre la realidad.
Las ciudades, como los gobiernos, tienen derecho a mostrar sus logros. Lo preocupante es cuando necesitan ocultar sus problemas para hacerlo, porque un país no mejora ocultando aquello que le avergüenza; mejora cuando deja de tener razones para esconderlo.



