La violencia digital ha dejado de ser un asunto meramente tecnológico para convertirse en un problema social, cultural y de seguridad. El ciberacoso se ha vuelto una forma cotidiana de agresión, y la Ciudad de México se encuentra entre los primeros lugares en prevalencia a nivel nacional.
Cifras alarmantes en la capital
De acuerdo con el Módulo sobre Ciberacoso (MOCIBA) 2025, publicado recientemente por el Inegi, el 23.8% de las personas usuarias de internet de 12 años y más en la capital reportó haber vivido alguna situación de ciberacoso. Esta cifra supera el promedio nacional de 20.4% y revela que la conectividad, por sí sola, no siempre significa progreso, pues actualmente representa una mayor exposición a nuevas formas de violencia.
Plataformas más utilizadas para el acoso
No sorprende que WhatsApp y Facebook sean dos de las principales plataformas en las que ocurre el ciberacoso. La primera es una aplicación más íntima, que conecta con la familia, el trabajo, la escuela, los vecinos, los grupos de madres y padres, los compañeros de oficina, clientes y contactos personales. Esa cercanía la vuelve útil, pero también peligrosa.
Por otra parte, Facebook combina exposición pública, redes personales antiguas, grupos comunitarios y, según expertos, gran facilidad para crear perfiles falsos. Muchas personas guardan ahí fotografías, conexiones familiares, lugares de residencia, opiniones, historial de publicaciones y vínculos personales. Esa acumulación de datos hace de la plataforma un terreno fértil para extorsión, intimidación, suplantación, robo y difusión de datos personales. A diferencia de otras redes, Facebook guarda memoria.
Mujeres y jóvenes: los más afectados
Que las mujeres aparezcan como uno de los grupos más afectados, especialmente en agresiones de carácter sexual, no es casual. Históricamente, las mujeres han sido un sector afectado por la violencia y el acoso, y el entorno digital ha logrado reproducir las desigualdades y violencias que existían fuera de él e, incluso, ha encontrado nuevas formas.
Los jóvenes son otro sector altamente vulnerable, pues buena parte de su identidad y convivencia social está en línea. Para una persona de 20 a 29 años, internet no es un accesorio, es una extensión de su vida laboral, afectiva, académica y social, lo que equivale a un mayor riesgo frente a los ciberdelincuentes.
La tecnología como facilitadora de la violencia
Si bien es cierto que la tecnología no inventó la violencia, le dio nuevas herramientas para multiplicarse, ocultarse y perseguir a la víctima sin necesidad de compartir el mismo espacio físico. Por eso ya no basta con pedirle a la ciudadanía que tenga cuidado; es preciso impartir verdadera educación digital, al tiempo de exigir plataformas más responsables, estructurar mejores rutas de denuncia e investigación efectiva, y acompañamiento a las víctimas.
Ejemplo internacional: el eSafety Commissioner en Australia
En Australia, por ejemplo, existe la figura del eSafety Commissioner, una autoridad especializada en seguridad digital que recibe quejas por ciberacoso, abuso en línea contra personas adultas, difusión no consentida de imágenes íntimas y otros daños digitales. Además, puede ordenar a plataformas retirar contenido abusivo o ilegal. Quizás el modelo no es perfecto, pero es un buen ejemplo de la necesidad de instaurar estructuras especializadas frente a un hecho que ha dejado de ser solo un riesgo para quienes usan redes sociales.
La violencia digital debe ser atendida con justicia
La violencia digital debe dejar de verse como un asunto menor entre usuarios, pues hoy atenta contra libertades, integridad, reputaciones, trabajos, bienes, relaciones y seguridad personal. Bloquear cuentas y confiar en que las plataformas se regulen solas ya no basta. La vida digital ya es vida pública y, si ahí también se agrede, se amenaza y se vulnera, entonces ahí también debe llegar la justicia.



