Latinoamérica es una región pendular y los resultados electorales de los últimos años lo confirman. Desde 2022, se han celebrado comicios en 15 países del subcontinente, y en ocho de ellos la dirección política cambió. Según un análisis de la Fundación Konrad Adenauer, en cinco casos se pasó de gobiernos de izquierda a derecha: Argentina, Bolivia, Chile, Honduras y Panamá. En los tres restantes —Colombia, Brasil y Uruguay— el giro fue de derecha a izquierda.
Próximas elecciones y posibles nuevos cambios
Sin embargo, en los primeros dos países se realizarán elecciones presidenciales este año que podrían revertir la tendencia. En Colombia, el candidato de derecha Abelardo de la Espriella lidera las encuestas para la segunda vuelta frente a Iván Cepeda, del Pacto Histórico, el partido del actual presidente Gustavo Petro. En Brasil, la economía más relevante de la región, Luiz Inácio Lula da Silva buscará un cuarto mandato, pero deberá enfrentar a la oposición de derecha, probablemente encabezada por la familia Bolsonaro.
En Perú, país que ha tenido ocho presidentes en la última década, Keiko Fujimori, hija del autócrata de derecha Alberto Fujimori (1990-2000), encabeza el conteo electoral con apenas 0.10 puntos porcentuales sobre su rival de izquierda. De confirmarse esta tendencia, sería una de las elecciones presidenciales más reñidas de la región desde 1990, superando las segundas vueltas peruanas de 2016 (0.24 puntos de diferencia) y 2021 (0.25), así como la de El Salvador en 2014 (0.25), según datos oficiales de cerca de 150 comicios en 18 países analizados por la AFP.
Una crisis para la izquierda
Aunque los cambios se dan en ambas direcciones, la izquierda ha perdido más terreno en los últimos años. “El fin del dominio de los gobiernos de izquierda en Latinoamérica ha estado gestándose durante algún tiempo y ahora gana impulso adicional debido a la nueva política de la administración Trump hacia la región”, señala Henning Suhr, jefe del Programa Regional del Diálogo Partidista y Democracia en Latinoamérica de la Fundación Konrad Adenauer, en el documento.
La proporción de personas que se identifican con la derecha en la región es la más alta desde 2024 en más de dos décadas, según la encuestadora chilena Latinobarómetro. “Creo que estamos ante un cambio en el ciclo de problemas públicos. Las respuestas que ofreció la llamada ‘marea rosa’ en los años 2000 fueron efectivas para los desafíos de esa época, pero hoy las preocupaciones son distintas”, explica Fabián Villalobos, académico de la Universidad Diego Portales de Chile.
En muchos países, los partidos de izquierda dejaron de realizar trabajo de base en calles y movimientos sociales, distanciándose de la gente para limitarse a pactar y negociar en el Congreso. La extrema derecha latinoamericana ataca directamente el modelo redistributivo de la izquierda, abogando por un Estado mínimo, y capitaliza el rechazo a la agenda social, revitalizando principios conservadores en temas como aborto, derechos reproductivos, ética sexual y derechos de minorías, según Manuel Camilo González, profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad Javeriana de Colombia.
Votar en contra
La región se mantiene como un continente pendular. Los votantes suelen votar en contra de gobiernos que perciben como fracasados, sin importar el signo político. Muchos cambios de poder mencionados no son solo resultado de un apoyo proactivo a la derecha, sino también de votos de protesta contra titulares de izquierda decepcionantes. “Dado que mayoritariamente han gobernado partidos de izquierda, el voto de rechazo o ‘anti’ beneficia a las oposiciones de derecha, que capitalizan el descontento social para ganar elecciones”, señala González. O como resume el analista chileno Jorge Sand, citado por la fundación alemana, “el deseo de cambio sigue siendo el principal partido de oposición”.
Sin embargo, estos movimientos pendulares pueden ser contraproducentes. Las oscilaciones entre izquierda y derecha generan inestabilidad política, polarización social y parálisis legislativa. Esta alternancia suele provocar la reversión de reformas previas, la erosión de las instituciones democráticas y un clima de incertidumbre económica que ahuyenta la inversión extranjera, indican los especialistas. “La democracia es un procedimiento, un sistema que necesita tiempos para funcionar efectivamente”, concluye el académico colombiano.



