La guerra en Oriente Medio parece entrar en una nueva fase. Mientras Irán muestra una creciente capacidad para influir en la dinámica regional, Washington busca una salida negociada y Netanyahu insiste en mantener la presión militar. Lo que está en juego ya no es únicamente el futuro del conflicto, sino la percepción del poder estadounidense y el equilibrio estratégico de la región.
Un laberinto y un acertijo
Hace unos meses, antes de que comenzara esta guerra, recurrí a una imagen que hoy vuelve a cobrar vigencia: Oriente Medio es un laberinto e Irán un acertijo. No era una formulación decorativa. Era una manera de describir una realidad persistente. Oriente Medio es un laberinto porque cada aparente salida conduce a un nuevo corredor de conflictos interconectados. Gaza se proyecta hacia el Líbano; el Líbano hacia Siria; Siria hacia Irak; Irak hacia el Golfo; y el Golfo hacia los estrechos de Ormuz y Bab el-Mandeb, donde la dimensión regional adquiere inmediatamente una escala global.
Irán, por su parte, ha sido durante décadas un acertijo estratégico. Sus adversarios han intentado descifrar sus capacidades reales, sus límites y su disposición a escalar. La incertidumbre que rodea a la República Islámica vuelve a manifestarse hoy con fuerza renovada.
Una nueva fase del conflicto
Por momentos, la crisis actual parece haber entrado en una fase distinta. Ya no se trata únicamente de la confrontación entre Israel e Irán ni de las negociaciones nucleares impulsadas por Washington. Lo que emerge es una disputa más amplia sobre quién definirá las reglas del orden regional posterior a la guerra.
Diversos análisis recientes —entre ellos los de Alastair Crooke, exdiplomático británico y fundador de Conflicts Forum, publicados en Strategic Culture Foundation; las reflexiones de Larry C. Johnson en Sonar21; y los reportes de The Hill— convergen en una idea central: Irán parece haber dejado atrás una posición meramente reactiva para intentar influir activamente en la arquitectura del conflicto.
Según Crooke, Teherán habría llegado a la conclusión de que la diplomacia con Washington ya no ofrece garantías suficientes para su seguridad estratégica. En consecuencia, la capacidad de afectar infraestructuras energéticas críticas, gestionar el riesgo de escalada y ejercer presión indirecta se ha convertido en un componente esencial de su estrategia.
Los tres elementos clave de Crooke
Crooke identifica tres elementos clave: la importancia del estrecho de Ormuz como palanca energética global; el desgaste de la credibilidad de las amenazas estadounidenses; y la creciente interconexión de los distintos frentes regionales. Desde esta perspectiva, ninguna negociación con Washington puede desvincularse completamente de Gaza, Líbano o Hezbolá.
Este punto resulta particularmente relevante. Durante años Israel logró compartimentar los escenarios de conflicto. Hoy, en cambio, Irán intenta integrarlos en un mismo tablero estratégico. Un ataque en Líbano puede tener repercusiones en el Golfo. Una escalada contra Hezbolá puede proyectarse sobre las rutas energéticas. El conflicto deja de ser lineal para convertirse en una red de interdependencias.
La doctrina de defensa regional estratégica
En paralelo, Larry Johnson ha destacado las declaraciones atribuidas a Sadeq Larijani sobre una doctrina de defensa regional estratégica. Según esta formulación, cualquier ataque significativo contra componentes del llamado Eje de la Resistencia podría justificar una respuesta directa de Irán.
Si esta doctrina termina consolidándose, representaría una evolución importante respecto al patrón tradicional iraní basado en la acción indirecta a través de aliados regionales. Más que una declaración de guerra abierta, parece funcionar como un instrumento de disuasión ampliada destinado a modificar los cálculos de Washington y Tel Aviv.
Divergencia entre Trump y Netanyahu
En este contexto, The Hill ha documentado una creciente divergencia entre Donald Trump y Benjamin Netanyahu. Mientras Trump busca contener la escalada, estabilizar los mercados energéticos y preservar una vía de negociación con Teherán, Netanyahu parece decidido a mantener la presión militar sobre Irán y sus aliados.
Las declaraciones del vicepresidente J. D. Vance refuerzan esta percepción. Al afirmar que Estados Unidos continuará buscando un acuerdo nuclear con Irán independientemente de las preferencias israelíes, introdujo una diferencia pública poco habitual dentro del eje Washington-Tel Aviv.
Los objetivos de ambos gobiernos ya no parecen coincidir plenamente. Para Estados Unidos, el riesgo principal es una guerra prolongada con elevados costos económicos y geopolíticos. Para Israel, el peligro reside en que un acuerdo termine consolidando una correlación regional de fuerzas menos favorable.
El desafío a la supremacía estadounidense
El alcance trasciende Oriente Medio. Lo que este conflicto puede terminar poniendo en cuestión es la percepción misma de la supremacía estadounidense. Si Washington se ve obligado a negociar después de haber asumido riesgos tan elevados, aliados y competidores comenzarán inevitablemente a preguntarse cuáles son los límites reales de su poder.
Quizá esa sea la paradoja central del momento. Mientras Washington busca una salida del laberinto sin erosionar su posición estratégica, el acertijo iraní parece estar moviendo sus piezas con creciente solvencia política. Y en ese espacio intermedio —entre negociación, resistencia y disuasión— podría definirse no solo el desenlace de esta guerra, sino parte del futuro equilibrio de poder en Oriente Medio.
Amos Olvera Palomino *Analista amosop@hotmail.com @PalominoAmos



