La reciente cumbre entre Donald Trump y Xi Jinping no produjo un gran acuerdo comercial ni un nuevo pacto geopolítico, pero dejó una tregua estratégica cuidadosamente calculada entre las dos mayores potencias del planeta. Ambos gobiernos parecen haber entendido que una confrontación abierta sería demasiado costosa.
La visita de Trump a Pekín estuvo cargada de simbolismo, desde la recepción en el Templo del Cielo hasta los elogios cruzados. Xi resumió el mensaje central: “Debemos ser socios, no rivales”. El analista Pepe Escobar sostiene que el líder chino busca una “estabilidad estratégica constructiva” para encauzar la competencia bilateral durante al menos tres años.
Christopher Nye, de la Fundación Jamestown, señaló que Pekín logró instalar un marco conceptual para gestionar la relación con Washington, sin ceder en resultados. China comprende que el tiempo juega a su favor, consolidando su base industrial y liderazgo tecnológico.
La Casa Blanca presentó el encuentro como un éxito económico, con compras masivas de productos agrícolas, petróleo y aviones Boeing. Sin embargo, gran parte del capitalismo estadounidense depende crecientemente de China, que controla cerca del 99% del procesamiento mundial de tierras raras.
Xi fue categórico sobre Taiwán: “La independencia de Taiwán y la paz en el estrecho son tan irreconciliables como el fuego y el agua”. Aunque Trump evitó confrontar directamente, el tema sigue siendo el principal riesgo de ruptura. Milton Ezrati, de The Epoch Times, destacó el interés mutuo por “gestionar la competencia” y evitar tensiones descontroladas.



