Kansas revive el rock progresivo en la Ciudad de México con un concierto nostálgico
El cielo aún conservaba un vestigio de luz cuando el público comenzó a ocupar sus lugares frente al escenario. No hubo prisas; en su lugar, decenas de camisetas desgastadas, algunas con décadas de historia, fueron poblando las gradas. Estas playeras, con vinilos impresos en algodón, delataban al grupo que encabezaba la noche de este sábado: Kansas.
La banda no generó una euforia desbordada, pero el público llegó con entusiasmo. El espectáculo de esta noche en el Velódromo Olímpico de la Ciudad de México sirvió como excusa para la nostalgia, permitiendo que los más añejos presumieran su música con orgullo y llevaran a los más jóvenes a descubrir "la buena música", como se escuchó decir a un padre a su hijo pequeño.
Una banda con legado y resistencia
Kansas nació en Topeka, Kansas, a principios de los años 70, cuando el rock progresivo aún se permitía ser ambicioso. Esa ambición persistió en esta noche; aunque ya no existan tantas bandas como ellos, con articulaciones un tanto más gastadas, resisten y no permiten que sus himnos se extingan.
Al aparecer en el escenario, los músicos parecían entenderse sin necesidad de mirarse. Todos son figuras grandes, desde Ronnie Platt, de 65 años, hasta Rich Williams, de 76. Sus edades hacían el momento más fascinante: estaban ahí, sudando y disfrutando cada canción. Mientras algunos espectadores más jóvenes permanecían sentados, los músicos desbordaban energía, y pronto, finalmente, todos se pusieron de pie.
Emociones y conexión con el público
What’s on My Mind fue la canción que terminó de emocionar incluso a quienes, acompañando a su familia, recién los conocían. Todo fluyó con los riffs de guitarra agresivos pero melódicos, el teclado, el violín y un Ronnie entregado, moviendo su larga cabellera al ritmo del bombo.
Al sonar Fight Fire With Fire, algunos cerraron los ojos; otros levantaron las manos y miraron al cielo despejado de la capital. Otros más apretaron la mano de su pareja, se abrazaron y bailaron; se vieron pocos celulares filmando el momento.
Rich sostuvo todo, moviéndose y llenando de energía a los asistentes con una ejecución precisa, manteniendo la misma agilidad de siempre en Song for America, mientras el violín de David Ragsdale aparecía para añadir solemnidad a la noche.
El clímax con un clásico inolvidable
Después, quienes no creían conocer al grupo finalmente recordaron que sí. Poco a poco, cuando comenzó la melodía en la guitarra, el mismo sonido se repitió una y otra vez antes de que Ronnie empezara a cantar. Era Dust in the Wind y, cuando Platt pronunció la primera estrofa, todos gritaron y se emocionaron, pero rápidamente volvieron al silencio; corearon fuerte, sin invadir la voz del grupo ni acapararla.
Un epílogo con renacimiento cultural
La noche terminó con los fans luciendo sonrisas en sus rostros; gente en comunión, como "lo más importante de la música", afirmó la agrupación. La banda no necesitó fuegos artificiales, pantallas gigantes o juegos de luces; solo su virtuosismo, escondido detrás de una ejecución empírica.
Su espectáculo se basó en las canciones, a la antigua, con respeto y cariño por su gente. La noche cayó por completo, se terminó la máquina del tiempo, y los estadounidenses confirmaron que hay cosas que nunca pasan de moda, especialmente cuando el epílogo Carry On Wayward Son tuvo un revival gracias a la popularidad que tomó con la serie Supernatural.
"Lo maravilloso de la música es que nos une a todos. Gracias por recibirnos, por dejarnos tocar en su hermosa ciudad. Espero que nos volvamos a ver", gritó Platt. Es imposible no percibir que las fuerzas sobrenaturales dieron un aire nuevo a leyendas como Kansas y a un clásico del rock and roll.