El pasatiempo de Isaac del Toro con Lego que explica su éxito en el Tour de Francia
Pasatiempo de Isaac del Toro con Lego revela su éxito en Tour

La caja que espera en San Marino

Hay una caja cerrada en un departamento de San Marino que lleva tres semanas esperando. No guarda un contrato millonario ni una bicicleta de edición especial. Tampoco un trofeo. Dentro descansan miles de piezas de plástico de Lego que, algún día, terminarán convertidas en la Estrella de la Muerte de Star Wars. Isaac del Toro la compró antes de partir al Tour de Francia y decidió dejarla intacta. Mientras recorría casi 3 mil 500 kilómetros por las carreteras francesas, aquella caja siguió exactamente donde la dejó. Ahora lo espera.

Un podio histórico para México

El domingo, Del Toro escribió la página más importante del ciclismo mexicano. Terminó tercero en la clasificación general del Tour de Francia y conquistó el maillot blanco al mejor joven. Ningún mexicano había llegado tan lejos en la carrera más prestigiosa del mundo. El resultado parece el nacimiento de una estrella. En realidad, fue la consecuencia de una forma muy particular de entender la vida.

El pasatiempo que revela su personalidad

En una entrevista con The New York Times, cuando la conversación pudo girar hacia los entrenamientos, la presión o los sueños de vestir el maillot amarillo, Del Toro habló sobre uno de sus pasatiempos favoritos. Habló de Lego. Del Toro puede ponerse unos audífonos y pasar tres horas seguidas armando un set sin sentir que el tiempo avanza. Es uno de los pocos momentos en los que su cabeza deja de pensar en bicicletas. "Le dedico mucho tiempo. Simplemente me pongo los auriculares y me paso tres horas construyéndolo. No tengo muchas cosas que hacer, pero es algo que disfruto muchísimo", dijo al diario estadounidense.

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Desde niño, sin instrucciones

Su madre descubrió muy pronto que regalarle un set de Lego significaba verlo desaparecer en cuestión de horas. Los reservaba para cumpleaños porque sabía que no durarían mucho cerrados. Lo sorprendente era otra cosa: Isaac podía construirlos sin seguir las instrucciones. Cuando ella le preguntaba cómo lo hacía, la respuesta siempre era la misma: "No lo sé. Simplemente lo hago". Esa capacidad de intuir el orden correcto se trasladó a la bicicleta.

No hay gestos espectaculares. No suele levantar la voz. Sus compañeros dicen que siempre fue el más lógico del grupo. Él mismo reconoce que nunca fue quien contaba los chistes. Prefería observar, aprender, llegar preparado cuando apareciera la oportunidad. Esa forma de pensar empezó mucho antes del profesionalismo.

El camino desde Ensenada hasta el Tour

Su madre buscaba que el niño llegara cansado a casa para dormir mejor por las noches. Lo llevó al fútbol y al taekwondo, pero ninguno consiguió atraparlo. La bicicleta sí. Tenía cinco años cuando recibió una bicicleta de Spiderman. "Era especial, la mejor bici de la historia. Nunca me había divertido tanto. No importaba la marca. Sólo se trataba de disfrutar la vida", recordó para The New York Times. Desde entonces, prácticamente no ha dejado de pedalear.

A los 14 años, cambió Ensenada por San Marino. Aprendió a vivir lejos de casa, a compartir departamento con otros jóvenes corredores, a recorrer Europa en busca de carreras, a comprar material con descuento y a buscar geles energéticos en supermercados porque el presupuesto obligaba a estirar cada moneda. En Bélgica descubrió el barro y la nieve, y también que el ciclismo de ruta era menos generoso que el ciclismo de montaña o el ciclocross, donde muchas veces rodaba solo. En el pelotón había que aprender a esperar, a leer movimientos, a entender que la paciencia también puede ser una forma de atacar.

Dos horas viendo carreras antiguas

Otros compañeros recuerdan otra costumbre que tampoco abandonó: Isaac puede pasar horas viendo carreras antiguas, repasando etapas de Grandes Vueltas y estudiando corredores como si preparara un examen. Nada parecía improvisado. Por eso no sorprende a la gente que lo conoce que, en su primer Tour peleando entre los mejores del mundo, nunca corriera como alguien deslumbrado por el escenario. Mientras millones descubrían a Isaac del Toro, él parecía limitarse a ejecutar un plan que llevaba años construyendo, exactamente igual que cuando era niño y encontraba el lugar de cada pieza sin necesidad de abrir el instructivo.

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Construir una carrera pieza por pieza

Durante tres semanas, Del Toro demostró que sabe construir cosas mucho más difíciles que una Estrella de la Muerte. Construyó, etapa tras etapa, el mejor Tour de Francia que un mexicano haya corrido jamás. La caja de Lego que lo espera en San Marino es más que un pasatiempo; es la metáfora perfecta de su enfoque meticuloso, paciente y lógico. Cada pedalada fue una pieza encajada en su lugar, y el resultado final, un podio histórico que ya forma parte de la leyenda del ciclismo mundial.