La reflexión que firma Rosario Manzanos, publicada el 1 de agosto de 2026, pone en el centro del debate el futuro de la danza folclórica en México. La autora sostiene que el género, tal como se enseña en universidades, casas de cultura y escuelas normales, vive una aguda crisis: se sigue presentando como un “rescate de tradiciones” cuando en realidad se trata de montajes escénicos que requieren validación artística.
Manzanos recuerda que Guillermo Bonfil Batalla ya advertía que muchas comunidades originarias viven un proceso de negación de su identidad para asimilarse a poblaciones con mayor fuerza de trabajo urbano. Por eso, la idea de “reivindicación social” a través del folclor resulta cuando menos cuestionable. El folclor, insiste, debería asumirse como una forma de expresión artística que se valida en el propio escenario, no como una supuesta reproducción antropológica.
Dos casos que encienden la alerta
La crisis tiene nombres y apellidos. El primero es la salida de Rafael Zamarripa y su equipo del Ballet Folklórico de la Universidad de Colima, que implicó la pérdida de un repertorio valiosísimo y de una técnica de zapateado espectacular. El segundo es el de Socorro Chapa y Antonio Rubio, a quienes se les exigió jubilarse para que la Compañía de Danza Folklórica de la Universidad de Chihuahua tomara un rumbo llamado “neofolklor”.
La autora califica esa exigencia como “torpe y grosera”, y destaca que de esa manera se perdió el repertorio completo que ambos habían construido “a manera de una filigrana”. Por fortuna, Chapa y Rubio registraron sus piezas en las oficinas de derechos de autor, lo que al menos garantiza que no desaparezcan legalmente. Estos dos casos evidencian cómo las decisiones administrativas pueden tener un impacto cultural irreversible.
Creadores que rompieron con el populismo
Manzanos menciona también a Ricardo de León, quien trabajó en un famoso restaurante con eventos inauditos, y a Pablo Parga, autor de transgresoras y divertidas propuestas, como la de charros que se enamoran de charros. Junto con Zamarripa, Chapa y Rubio, estos artistas se asumieron como creadores y se liberaron del “populismo ramplón”.
Su perspectiva incorpora la técnica, la poética y los recursos de producción. Entendieron que la danza folclórica también se construye desde la creación y la imaginación, sin necesidad de pasar por una reproducción exacta o una representación antropológica de una comunidad. La discusión se extiende a los espacios donde se presentan estos montajes: foros, plazas y festivales.
Inspiración, no suplantación
El tema, advierte la columnista, toca los ideales pseudonacionalistas. Pero es necesario distinguir entre inspirarse, como hizo Amalia Hernández con su “Danza del venado”, y hacerse pasar por antropólogos para crear espectáculos fallidos. La discusión debería partir de reconocer el folclor como una expresión artística con posibilidades propias.
“No todo montaje tiene que justificarse bajo la idea de ‘rescatar’ una tradición ni presentarse como una reconstrucción fiel de la vida de un pueblo”, escribe Manzanos. El escenario es un espacio para crear, transformar y proponer nuevas formas de entender el folclor, siempre con respeto hacia las comunidades y con claridad sobre los límites entre inspiración, investigación y representación.
En síntesis, la crisis de la danza folclórica en México es una crisis de paradigma: el reto es pasar del discurso del rescate a la creación artística plena.



