El poeta chiapaneco Jaime Sabines (1926-1999) recurrió por única vez al género de la crónica para describir la tragedia que enfrentaron los pobladores de Chapultenango y Francisco León, al norte de Chiapas, cuando el volcán Chichonal hizo erupción el 4 de abril de 1982. El volcán había estado dando señales desde el 28 de marzo de ese año, con 30 temblores, expulsión de cenizas y humaredas.
El autor de 'Los amorosos' sobrevoló la montaña desde el 29 de marzo, acompañando a su hermano Juan Sabines, quien era el gobernador de Chiapas, para trasladar a los heridos, avisar a la gente y pedirles que dejaran la zona. Esta experiencia inspiró al bardo a escribir 12 textos que originalmente se publicaron en los periódicos chiapanecos, pero pronto integraron el libro 'Crónicas del volcán', que Libros UNAM reedita en la colección Relato Licenciado Vidriera con prólogo de Jiménez.
La biógrafa de Sabines destaca que 'a bordo de múltiples vuelos, de alto riesgo, en helicóptero recorrió la región afectada, testimoniando la pérdida de vidas humanas, el desastre ecológico y la desaparición de poblados y rancherías que quedaron sepultados bajo las cenizas. Le impresionó un día que no amaneció, pues las cenizas y el vapor no dejaban pasar la luz'. La autora de 'Sabines. Apuntes biográficos' considera que el poeta 'describe los sucesos como un relato directo e inmediato, pero su narración busca darles un orden personal, así que los jerarquiza en 12 partes que nos presenta cronológicamente'.
En sus crónicas, Sabines comparte su dolor por la gente, los animales y la naturaleza. Escribe: 'Cuando veníamos en la carretera, dejando una cordillera de polvo a nuestra espalda, los pajaritos del monte salían a estrellarse contra el carro o se quedaban quietos frente a nosotros para ser aplastados. Era el desorden, el caos; no habían comido ni bebido en ocho días y casi todos estaban ciegos'. En su duodécima crónica, 20 días después de la erupción, afirma que el Chichonal se ha quedado tranquilo: 'Sobre las ruinas, sobre los muertos, sobre las casas sepultadas y los campos yermos, ya no hay nubes de polvo, baja la luz, el sol, baja la lluvia. ¡La lluvia! El agua, nuevamente, limpia la atmósfera, enamora a la tierra, lava y acaricia a los hombres'.
Ese 1982, Sabines recibió el Premio Elías Sourasky y en su discurso reflexionó sobre lo aprendido de esa vivencia.



