En México, la fiebre mundialista crece, pero el arqueólogo Raúl Barrera, director del Proyecto de Arqueología Urbana (PAU) del INAH, recuerda que el juego de pelota prehispánico tiene una historia de 3,500 años en el territorio. En entrevista con Excélsior, Barrera explica que esta práctica no solo tenía un carácter mítico, sino que también era un espacio para apuestas y resolución de conflictos.
Registro arqueológico del juego de pelota
Hasta ahora, los arqueólogos han registrado 1,233 juegos de pelota en México, aunque las fuentes indican que en Mesoamérica existieron más de 3,000. “Hay juegos de pelota en el norte de México, en la zona maya, en el centro, el occidente, en Oaxaca... y hay evidencias desde el suroeste de Estados Unidos hasta Centroamérica y el Caribe, en países como Guatemala, Honduras, Nicaragua, El Salvador, República Dominicana, Haití y Cuba”, detalla Barrera.
Orígenes y variantes del juego
El juego de pelota comenzó a practicarse hace 3,500 años en lo que hoy es México. “Las primeras manifestaciones son en representaciones de arcilla, es decir, representaciones de jugadores de pelota y de otros elementos como yugos, palmas y hachas vinculados con el juego de pelota”, señala el arqueólogo. Existían variantes locales, como el juego con bastones (pelota mixteca) y el más conocido, el ullamaliztli, practicado por los mexicas y que aún se juega en Sinaloa y Michoacán.
Funciones del juego: apuestas y conflictos
El juego de pelota tenía un carácter lúdico, pero también mítico-religioso. “Algo muy importante y que era común, es que en los juegos de pelota se llevaran a cabo apuestas”, afirma Barrera. Gobernantes y asistentes apostaban mantas de algodón, plumas, joyas de oro e incluso individuos. Además, era un lugar para resolver diferencias y conflictos entre pueblos.
Los juegos de pelota en Tenochtitlan
En Tenochtitlan existieron dos juegos de pelota: el Teotlachco y el Tescatlachco. Hasta ahora solo se ha ubicado el primero, bajo la Catedral Metropolitana. Los primeros indicios llegaron a inicios del siglo XX, cuando Leopoldo Batres descubrió en la calle de Guatemala una ofrenda con una escultura de pelota de hule de 54 cm de diámetro, cinco esferas de piedra más pequeñas, tamborcitos y flautas, así como una escultura de un metro de altura de Xochipilli-Macuilxóchitl, dios patrono del juego de pelota.
En 1968, Jordi Gussinyer halló otra ofrenda con 10 objetos y dos maquetas de piedra verde que evocan el juego de pelota. “Yo consideraría que son representaciones del Teotlachco. Una de éstas tiene orificios en los costados y servía para colgarse, por lo que quizás algún sacerdote, en cierta ceremonia, lo portaba a manera de pendiente”, explica Barrera.
En los años 90, durante la corrección geométrica de la Catedral, se realizaron 32 lumbreras y se halló el cabezal oriente. Posteriormente, bajo la Capilla de Ánimas se encontraron los restos del cabezal poniente y ofrendas con bolas de hule. En 2014, el equipo de Barrera trabajó en el predio de Guatemala 16, donde hallaron el Templo de Ehécatl y el costado exterior norte del Teotlachco, así como 32 conjuntos de cervicales humanos de individuos sacrificados.
Simbolismo ritual y vínculo con Huitzilopochtli
El juego de pelota en Tenochtitlan estaba vinculado con Huitzilopochtli, dios solar y guerrero. “Tenía relación con la fertilidad, los ciclos agrícolas y el cosmos, y en el plano terrenal sirvió como entrada al inframundo”, señala Barrera. Una de las celebraciones, la Fiesta de Panquetzaliztli, representaba el mito del nacimiento de Huitzilopochtli y su triunfo sobre sus hermanos, los centzonhuitznahua, y Coyolxauhqui. En esta fiesta se sacrificaban cuatro individuos en el Teotlachco.
El Teotlachco, según las investigaciones, fue un edificio de aproximadamente 50 metros de longitud y 30 metros de ancho. Del otro juego de pelota, el Tescatlachco, aún no hay suficiente información arqueológica.



