Un estudio realizado en México y Colombia revela que, aunque más del 80% de las personas considera importante el autocuidado, cerca de la mitad no tiene plena confianza para tomar decisiones relacionadas con su propia salud. La brecha entre la intención de cuidarse y la capacidad real para hacerlo evidencia una falta de alfabetización en salud, es decir, las habilidades necesarias para comprender información médica, usar correctamente productos de venta libre y navegar el sistema sanitario.
Autocuidado no es automedicación
Juan Thompson, director general de la Asociación Latinoamericana de Autocuidado Responsable (ILAR), explicó a Excélsior que el autocuidado suele confundirse con la automedicación o la autoprescripción. El autocuidado incluye acciones como mantener una alimentación equilibrada, realizar actividad física, dormir lo suficiente, vacunarse, vigilar síntomas y seguir adecuadamente el tratamiento de una enfermedad crónica. También puede implicar el uso responsable de medicamentos de venta libre para molestias menores, pero no autoriza a tomar fármacos sin valoración profesional.
La autoprescripción ocurre cuando alguien usa por su cuenta un medicamento que requiere receta, como antibióticos o ansiolíticos. Thompson enfatizó que es crucial diferenciar esta práctica del uso informado de productos de libre venta. Incluso los medicamentos sin receta pueden provocar efectos adversos, interactuar con otros tratamientos o ser inadecuados en ciertas condiciones como embarazo, edad pediátrica o enfermedades específicas.
¿Cuándo atender un síntoma en casa?
El autocuidado es apropiado para molestias leves, conocidas y de corta duración. Sin embargo, la persona debe evaluar si el síntoma empeora, se repite o afecta sus actividades diarias. Antes de tratar un malestar en casa, conviene preguntarse: ¿Es la primera vez que ocurre? ¿Está mejorando o empeorando? ¿Tengo una enfermedad crónica? ¿Estoy tomando otros medicamentos? ¿Conozco la dosis y contraindicaciones del producto? ¿El malestar limita mis actividades?
Señales que requieren atención médica incluyen dificultad para respirar, dolor intenso, desmayo, confusión, sangrado, debilidad repentina, deshidratación o deterioro rápido. Un síntoma persistente, aunque parezca menor, también debe revisarse. Por ejemplo, la fiebre prolongada no indica automáticamente necesidad de antibióticos, ya que muchas infecciones son virales.
Información sin certezas
Internet y redes sociales han facilitado el acceso a contenidos de salud, pero la información confiable convive con remedios sin evidencia y diagnósticos improvisados. Thompson señaló que muchas personas carecen de herramientas para distinguir información correcta de publicaciones falsas. Seguir consejos equivocados puede afectar la salud y aumentar la inseguridad al tomar decisiones futuras.
Antes de seguir un consejo de salud en redes, es importante revisar quién lo comparte, qué fuentes utiliza y si menciona riesgos. Señales de alerta incluyen promesas de “cura garantizada”, testimonios presentados como evidencia científica y frases como “los médicos no quieren que lo sepas”.
Preguntar también es autocuidado
Saber cuidar la salud no implica ser especialista, sino reconocer los propios límites y tener confianza para preguntar. La desigualdad de conocimientos en el consultorio puede provocar que un paciente no exprese dudas, no entienda su diagnóstico o no sepa usar su tratamiento. Antes de terminar una consulta, la persona debería saber qué tiene, para qué sirve cada medicamento, sus efectos adversos, qué síntomas indicarían una complicación y cuándo regresar a revisión.
Tomar decisiones informadas también evita gastos innecesarios. Según datos de ILAR, cada dólar invertido en autocuidado puede generar un ahorro de aproximadamente siete dólares para los sistemas sanitarios. En América Latina, estas acciones representarían alrededor de 12 mil millones de dólares en ahorros.



