Voluntario anónimo vende su uniforme del Mundial para ayudar a aficionados
Un voluntario venezolano de 45 años, residente en Austin, Texas, ha convertido la ropa que recibió de la FIFA para trabajar en el Mundial en una forma de ayudar a los aficionados. Prefiere el anonimato, pero su historia merece ser contada. Durante el torneo fue voluntario en Dallas, manejando tres horas cada jornada para llegar a la sede mundialista.
La ropa especial y exclusiva que la FIFA le entregó para trabajar la está vendiendo. Con el dinero recaudado compra agua, alimentos y víveres para los aficionados que llegan a alentar a sus selecciones. “Me preparé durante 4 años para tomar vacaciones en el Mundial. Trabajo en hoteles, soy barista, todo en la parte de hospitalidad”, relata para Excélsior.
Una decisión humanitaria
Esperó cuatro años para vivir una Copa del Mundo. Quería asistir al menos una vez en su vida y, cuando llegó el momento, decidió hacerlo desde su lado más humano. Como voluntario, estuvo en un grupo encargado de atender a aficionados e invitados especiales, entre ellos leyendas del fútbol, artistas y presidentes.
Su Mundial no terminó en Dallas. Tomó un vuelo a Nueva York, sede de la final, donde continúa repartiendo víveres y agua a los aficionados. Busca que puedan seguir cantando, alentando y disfrutando de la fiesta sin preocuparse por lo básico. “Transmitir mi pasión por el deporte y apoyar para que la fiesta nunca se acabe. Regalo aguas y víveres para que los fanáticos y la barra brava no se cansen y puedan disfrutar de cantar para su selección. Cada memoria y conversación son invaluables y es mi legado como ser humano. Dios lo ve todo y él me premia”, menciona.
Un legado de generosidad
Ofrece una playera edición especial para los voluntarios en 100 dólares. No busca fama; prefiere que su nombre permanezca oculto. Su historia no se trata de él, sino de los aficionados que encuentra en el camino, de las conversaciones que guarda, de las canciones que escucha, de las personas que pueden seguir alentando gracias a algo tan sencillo como una botella de agua. Después de cuatro años de esperar su Mundial, entendió que la mejor manera de vivirlo no era quedarse con el recuerdo, sino compartirlo.



