La salud mental dejó de ser una conversación privada para convertirse en un factor que influye en productividad, empleabilidad, innovación y desarrollo. Comprender a la Generación Z implica entender la nueva relación entre bienestar y crecimiento económico, señala Mafer Olvera, fundadora de HOPE.
La indiferencia como factor silencioso
Existe una palabra que rara vez aparece cuando hablamos de salud mental juvenil: indiferencia. Hablamos de ansiedad, depresión, estrés o suicidio. Analizamos estadísticas, compartimos campañas y discutimos posibles soluciones. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a observar el terreno donde muchos de estos problemas crecen: la costumbre de ignorar señales que llevan años frente a nosotros.
La indiferencia no siempre se presenta como una decisión consciente. A veces adopta formas más discretas o sesgos. Se parece a la normalización del agotamiento. A la idea de que sentirse mal es parte inevitable de crecer. A la creencia de que pedir ayuda puede esperar. A la expectativa de que las personas jóvenes deben adaptarse a cualquier circunstancia sin importar el costo emocional.
Pérdida de esperanza y deterioro silencioso
En mi experiencia, una de las conversaciones más urgentes de esta generación no tiene que ver únicamente con la salud mental. Tiene que ver con aquello que hemos aprendido a tolerar e ignorar. Durante décadas admiramos estilos de vida construidos alrededor de la productividad permanente. Aprendimos a valorar a quien nunca descansa, a quien siempre está disponible y a quien sigue adelante sin importar lo que ocurre en su interior. Convertimos el desgaste en una muestra de compromiso y el cansancio en una credencial de éxito. El problema es que el cuerpo y la mente suelen cobrar esas facturas.
Por eso me parece importante hablar de un fenómeno que observo con frecuencia entre adolescentes, jóvenes y adultos jóvenes: la pérdida de esperanza que antecede el suicidio silencioso. No se trata de un diagnóstico clínico ni de una categoría médica. Es una forma de nombrar procesos de deterioro que avanzan lentamente mientras la vida continúa en apariencia con normalidad. Ocurre cuando alguien consume sustancias de manera excesiva aun sabiendo el daño que provocan. Cuando una persona vive con una tristeza profunda durante años y aprende a ocultarla detrás de una rutina funcional. Cuando el estrés deja de ser una señal de alerta y se convierte en el estado habitual de existencia. Cuando el vacío emocional se vuelve tan frecuente que deja de llamar la atención.
La parte más compleja es que muchas de estas personas siguen estudiando, trabajando, produciendo y cumpliendo con sus responsabilidades. Desde fuera parecen estar bien. Desde dentro libran una batalla silenciosa. Como sociedad solemos reaccionar cuando aparece una crisis evidente. Lo hacemos cuando alguien abandona la escuela, pierde un empleo o atraviesa una emergencia emocional. Pero prestamos mucha menos atención a los años previos, a las pequeñas señales, a los cambios de comportamiento que anuncian que algo no marcha bien. Ignorar también tiene consecuencias.
Impacto económico de la indiferencia
La indiferencia puede ser mortal para una persona. También puede ser costosa para una organización y para un país. Hoy hablamos constantemente de innovación, talento, competitividad y crecimiento. Son conversaciones necesarias. Sin embargo, existe una pregunta que aparece con menos frecuencia: ¿qué ocurre cuando una generación entera aprende a sobrevivir emocionalmente, pero deja de sentirse conectada con su futuro?
Las economías no funcionan únicamente con infraestructura, inversión o tecnología. Funcionan gracias a personas capaces de crear, colaborar, liderar, aprender y resolver problemas. Funcionan gracias a individuos que conservan energía para imaginar nuevas posibilidades. Cuando el agotamiento se vuelve norma, la creatividad se reduce. Cuando la desesperanza gana terreno, disminuye la disposición para asumir riesgos. Cuando el bienestar se deteriora, también se afecta la capacidad de construir proyectos de largo plazo.
Por eso la salud mental ya no puede entenderse únicamente como un asunto individual. Tampoco como una conversación exclusiva del sector salud. Se ha convertido en un componente esencial de los modelos de bienestar humano que definirán la manera en que trabajamos, aprendemos y convivimos durante las próximas décadas.
Datos clave: 45 millones de mexicanos en riesgo
Hoy más de 45 millones de mexicanos tienen entre 12 y 45 años. Son quienes estudiarán, emprenderán, innovarán, trabajarán, pagarán impuestos, sostendrán sistemas productivos y ocuparán posiciones de liderazgo durante las próximas décadas. Si una proporción creciente de esta población vive agotada, ansiosa, deprimida o desconectada de su futuro, la pregunta ya no es cuánto cuesta atender la salud mental. La pregunta es cuánto costará no hacerlo.
Diversos estudios internacionales muestran que la Generación Z reporta mayores niveles de estrés, ansiedad y desesperanza que generaciones anteriores a la misma edad. Al mismo tiempo, es la generación que más abiertamente busca apoyo psicológico y exige que el bienestar forme parte de la conversación educativa y laboral. Quizá por eso los jóvenes hablan más de salud mental. No porque sean menos resilientes. No porque tengan menos capacidad para enfrentar desafíos. Hablan más porque reconocen que vivir permanentemente agotados no debería considerarse una meta ni una condición inevitable para alcanzar el éxito.
La pregunta clave: ¿cuánto cuesta ignorar?
La verdadera discusión no gira alrededor de si las personas jóvenes necesitan bienestar. La pregunta es si las organizaciones, las instituciones y la sociedad están dispuestas a reconocer que el costo de la indiferencia ya es demasiado alto. Ignorar una señal de alerta puede costar una vida. Ignorar el bienestar emocional de toda una generación puede costarle competitividad, innovación y futuro a un país entero.



