Competir para ganar: la lección del Mundial para la economía mexicana
Competir para ganar: lección del Mundial para economía

Competir para ganar

Dieciséis años después, México vuelve a encontrarse con Sudáfrica en un partido inaugural del torneo futbolístico más emotivo del planeta: el Mundial. Aquella vez jugamos en su casa, en Johannesburgo, y el marcador fue un 1–1 que supo a poco. Hoy se juega en Ciudad de México con un ánimo de superar el empate e ir por la victoria; tanto en los 90 minutos de partido como en la competencia por el desarrollo económico. Para eso, hay que reaprender a competir.

En el futbol competir es conocer al rival, estudiar sus fortalezas y construir una estrategia para alcanzarlo y eventualmente superarlo. Eso es exactamente lo que una buena política industrial debe promover. Los economistas del desarrollo llaman a eso emulación: adquirir el conocimiento y las capacidades productivas de quien está adelante. Si miramos atrás, prácticamente todas las experiencias exitosas de crecimiento acelerado del siglo pasado, de Corea del Sur a Irlanda, siguieron ese principio de forma deliberada y sostenida. Los equipos más sobresalientes del mundo, como el Real Madrid o el Arsenal, fichan jugadoras y jugadores del más alto nivel para poder emular y superar a quienes dominan el juego. No por nada Rafa Márquez, con su emblemático número 4, llegó al Barça como uno de los mejores defensas que ha tenido nuestro país.

La cancha revela algo que el marcador oculta: no todas las posiciones crean el mismo tipo de juego. Un delantero centro y un marcador lateral compiten en el mismo partido, pero generan valor de forma distinta. Lo mismo pasa con las industrias. El economista Erik Reinert lo llama el Índice de Calidad: las actividades de alta calidad tienen curvas de aprendizaje pronunciadas, generan conocimiento nuevo y producen con economías de escala. Las de baja calidad operan con conocimiento viejo, entrada fácil y competencia de precios que empuja los salarios hacia abajo. La posición en la que juega una economía determina los sueldos que paga: no es lo mismo competir creando conocimiento que competir abaratando precios y al trabajo.

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Que existan equipos adelante y equipos atrás no es motivo para resignarse: es la razón para entrenar. A eso se le llama competencia imperfecta y dinámica: el que va abajo tiene los incentivos para aprender, invertir y subir en el escalafón. Es una estrategia especializarse en las tecnologías industriales del futuro y construir una ventaja que el libre comercio, por su cuenta, es insuficiente para generar. Lo contrario —aceptar la posición que nos tocó— condena a competir bajando salarios, y ésa es la desigualdad en la que ya no queremos jugar. En las industrias de rendimientos crecientes, como la manufactura avanzada, la biotecnología o la inteligencia artificial, los salarios altos se derraman hacia el resto de la economía. Un gol en ese sector sube el marcador de todos: crea mercados internos amplios, induce inversión en mecanización y eleva ingresos incluso en sectores que participan de forma indirecta. Ésa es la diferencia entre crecer y desarrollarse: el crecimiento puede concentrarse en pocas manos; el desarrollo, cuando viene de industrias de rendimientos crecientes, sube el piso de todas y todos.

Esta tarde el Azteca se llena. Ciudad de México llega a este partido con base sólida: economía creciendo por encima del promedio nacional y pobreza multidimensional cayendo 12 puntos en cuatro años. Para ver a México campeón, hay que seguir apostando por el tipo de industrias que hicieron verdaderamente ricos a los países que hoy se presentan en la cancha. Competir con una estrategia para ganar.

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