La elección de Abelardo de la Espriella como presidente de Colombia fue interpretada casi de inmediato como una nueva muestra del avance de la derecha en América Latina. La conclusión parece lógica: su discurso reivindica la autoridad, cuestiona el progresismo y promete un cambio de rumbo frente al gobierno anterior. Sin embargo, quizá esa lectura confunda el contenido del mensaje con el fenómeno de fondo.
Una mirada más amplia
Una mirada más amplia revela una realidad mucho más compleja. Pedro Castillo llegó a la presidencia de Perú como un maestro rural prácticamente desconocido para la política nacional. Volodímir Zelenski ganó la presidencia de Ucrania después de construir su popularidad como actor y presentarse como la alternativa frente a una clase política desacreditada. Y apenas el año pasado, Zohran Mamdani fue elegido alcalde de Nueva York desafiando al establishment del Partido Demócrata con una campaña centrada en el costo de vida y el desencanto con la política tradicional. Si liderazgos ideológicamente tan distintos pueden recorrer caminos tan parecidos hacia el poder, quizá el fenómeno no tenga que ver con la derecha o la izquierda, sino con otros factores.
La erosión de los intermediarios
Durante buena parte del siglo XX, la vida pública funcionó a través de intermediarios. Los partidos políticos representaban intereses, los sindicatos organizaban a los trabajadores, los medios filtraban la información y los expertos ayudaban a interpretar la realidad. Hoy, la confianza en todas esas instituciones se ha erosionado. Cada vez más ciudadanos desconfían de quienes durante décadas actuaron como puente entre la sociedad y el poder. Es precisamente ese cambio el que ayuda a explicar el ascenso de los outsiders.
Intérpretes del malestar colectivo
La respuesta parece encontrarse menos en la ideología que en los estados de ánimo de las sociedades. Estos liderazgos son extraordinarios intérpretes del malestar colectivo. Detectan frustraciones que las instituciones tradicionales han dejado de canalizar y las convierten en proyectos políticos. Pedro Castillo conectó con el sentimiento de abandono de amplios sectores rurales del Perú. Donald Trump interpretó el resentimiento de sectores que se sentían desplazados por la globalización. Nayib Bukele capitalizó el hartazgo frente a la inseguridad. Javier Milei convirtió la frustración económica de millones de argentinos en una promesa de ruptura. Volodímir Zelenski canalizó el rechazo hacia una clase política percibida como corrupta y distante. Más recientemente, Zohran Mamdani cuyo discurso conectó con el malestar que los partidos tradicionales no habían sabido interpretar.
La lógica detrás del fenómeno
Lo que cambia de un país a otro no es la lógica del fenómeno, sino el malestar sobre el que cada líder construye su narrativa de ruptura. Siempre hay un sistema desacreditado, una élite a la que se responsabiliza de los problemas, una ciudadanía que siente que ha dejado de ser escuchada y un liderazgo que promete devolverle la voz. Tal vez ahí radique una de las claves de su éxito. Estos liderazgos no triunfan porque ofrezcan respuestas más complejas que los partidos tradicionales, sino porque ofrecen explicaciones mucho más simples. Cuando una sociedad enfrenta problemas económicos, culturales, institucionales o de seguridad profundamente entrelazados, ellos identifican un solo gran responsable: la casta, la burocracia, la partidocracia, el establishment, los neoliberales, la corrección política, la globalización o el wokismo. Cambian los nombres. La lógica permanece. Su principal promesa consiste precisamente en eliminar esos obstáculos y devolverle la voz a quienes sienten que nadie los representa.
El papel de las redes sociales
Las redes sociales han acelerado esta transformación. Durante décadas, quienes aspiraban al poder necesitaban construir partidos, negociar alianzas y desarrollar estructuras territoriales complejas. Hoy pueden dirigirse directamente a millones de personas desde una pantalla. La comunicación inmediata ha fortalecido la percepción de que la relación entre líderes y ciudadanos puede prescindir de muchos de los intermediarios tradicionales.
Más allá de la ideología
Quizá por eso este fenómeno no debería interpretarse como el triunfo de una ideología específica, sino como una señal de algo más profundo: la transformación de la forma en que las sociedades quieren ser representadas. La crisis ya no alcanza únicamente a los partidos políticos. Se extiende a todas aquellas instituciones que durante décadas organizaron la vida pública. Y esa transformación no se limita a las urnas. Está presente en la forma en que consumimos información, en nuestra relación con los expertos, en la pérdida de influencia de organizaciones sociales y en la creciente preferencia por vínculos directos e inmediatos.
Nuevos intérpretes del malestar
Cuando esos intermediarios pierden legitimidad, surgen nuevos intérpretes. Ya no necesariamente partidos, organizaciones o medios de comunicación, sino liderazgos capaces de convertir el malestar social en un relato político. La pregunta no es hacia dónde se mueve el péndulo ideológico ni si vivimos un nuevo avance de la derecha o de la izquierda. La pregunta es por qué las instituciones que durante décadas sirvieron para representar, organizar e interpretar las demandas de la sociedad han dejado de representar a una parte creciente de los ciudadanos.
Porque mientras esa crisis de representación continúe, seguirán apareciendo nuevos intérpretes del malestar. Cambiarán los nombres, cambiarán las ideologías y cambiarán las promesas. Lo que difícilmente cambiará será la necesidad de millones de personas de encontrar a alguien que les haga sentir que, por fin, habla en su nombre.



