La metamorfosis radical de 'El Amor Brujo': De invocación diabólica a ballet purificador
La fascinante historia de 'El Amor Brujo' comienza en 1915 como una obra radicalmente diferente a la que conocemos hoy. Nació originalmente como una 'gitanería' creada específicamente para la bailaora Pastora Imperio, con libreto escrito por María Lejárraga pero firmado por su esposo Gregorio Martínez Sierra debido a las convenciones de la época.
Los oscuros orígenes: Satanás y Barrabás en escena
Aquella versión inicial era teatro con música de café-cantante, impregnada de lo que se describía como 'duende crudo'. La trama presentaba a Candelas, una gitana joven atormentada por el espectro celoso de su difunto esposo. Para recuperar su libertad emocional, la protagonista recitaba un conjuro explícitamente diabólico: '¡Por Satanás! ¡Por Barrabás! ¡Quiero que el hombre que me ha orvidao me venga a buscar!'.
Las acotaciones escénicas pedían 'ruido de cadenas arrastradas' y que la escena 'oscureciera por completo', creando una atmósfera de magia negra literal en el Teatro Lara de Madrid. Esta era, sin ambages, una invocación demoníaca puesta en escena.
Once remodelaciones en diez años: La búsqueda de Falla
Manuel de Falla transformó la obra once veces durante una década, en un proceso creativo obsesivo. Entre 1916 y 1917, la adaptó para sala de conciertos, ampliando la orquesta y suprimiendo escenas cantadas. Pero la versión definitiva llegó el 22 de mayo de 1925 en el Trianon Lyrique de París, convertida ya en ballet en un acto para Antonia Mercé 'La Argentina'.
¿Qué cambió fundamentalmente? Desaparecieron todos los recitados, se eliminaron las referencias a Satanás y Barrabás, y el texto prácticamente se evaporó. Solo permanecieron tres cantes: 'Canción del amor dolido', 'Canción del fuego fatuo' —donde Candelas advierte 'Lo mismo que el fuego fatuo, lo mismito es el querer'— y 'Canción del amor brujo'. El resto de la narración quedaría en manos de la orquesta y los bailarines.
De invocación a exorcismo: La purificación del argumento
El argumento definitivo se transformó radicalmente: ya no era una invocación, sino un exorcismo. Candelas no puede amar a Carmelo porque el fantasma de su difunto esposo José se interpone. Carmelo, astutamente, utiliza la debilidad del espectro —su atracción por las mujeres— y presenta a Lucía para seducirlo.
Mientras tanto, a la medianoche, Candelas ejecuta la 'Danza ritual del fuego' para que las llamas consuman los celos póstumos. El fantasma, vencido por la danza y cautivado por Lucía, finalmente desaparece. Los amantes se dan el beso perfecto: la vida triunfa sobre la muerte.
El conflicto espiritual del compositor: ¿Renegó Falla de su obra?
¿Renegó Manuel de Falla de 'El Amor Brujo'? No la prohibió formalmente —no podría haberlo hecho, pues ya era la obra sinfónica española más interpretada en el mundo— pero sí experimentó un profundo conflicto espiritual. El Falla asceta de Granada, quien declaraba que su ideal era 'escribir una Misa digna de ser ofrecida a Dios', sentía vergüenza de haber iniciado su trayectoria con un conjuro a Barrabás.
Para el católico fervoroso que contemplaba a San Juan de la Cruz desde su ventana, 'El Amor Brujo' resultaba 'muy poco piadosa, muy poco cristiana'. Representaba una obra oscura, alejada del ideal espiritual que posteriormente buscaría en 'El Retablo', el 'Concierto para clave' y la inconclusa 'Atlántida'.
La purificación final: Del pacto diabólico a la hoguera purificadora
Por eso Falla pulió la obra hasta extraerle el diablo de la boca, aunque no pudo eliminarlo completamente del ambiente. Sustituyó el conjuro hablado por la 'Danza ritual del fuego': dejó de invocar al mal para combatirlo directamente. No pudo destruir la obra, pero sí la confesó y transformó. Le arrancó el '¡Por Satanás!' y dejó únicamente el fuego. Y ese fuego, en las manos maestras de Falla, ya no representa un pacto, sino una purificación.
Legado contemporáneo: La versión que perdura
Hoy 'El Amor Brujo' se representa en su formato definitivo: doce números musicales, ballet completo, sin una sola mención a Barrabás. Así será presentada en el Palacio de Bellas Artes este abril de 2026 por la Compañía Nacional de Danza y la Ópera de Bellas Artes, instituciones que colaboran por primera vez en cuatro décadas bajo la dirección de Alejandro Miyaki.
Existen obras que, aunque su autor se arrepienta de ellas, conservan un 'duende' que no permite su desaparición. Simplemente las obliga a arder con una llama más pura, más limpia, transformando la oscuridad inicial en una celebración de la vida sobre la muerte, del amor sobre los celos, de la purificación sobre el pacto demoníaco.



