Iñaki Aguilar explora fe y deseo en 'Lujuria', su ópera prima
Iñaki Aguilar explora fe y deseo en 'Lujuria'

Con apenas 24 años, el cineasta mexicano Iñaki Aguilar comienza a forjar una voz propia dentro del cine de autor con Lujuria, su primer largometraje. Filmada en España y concebida desde una perspectiva profundamente personal, la cinta sigue a un joven mexicano que, tras quedar vulnerable durante una peregrinación, termina atrapado en una secta religiosa. El resultado es una obra que transita entre lo sensorial y lo psicológico, proponiendo una experiencia cinematográfica incómoda, provocadora y abierta a múltiples lecturas.

Radicado en Madrid después de años de formación en Inglaterra, Aguilar se ha enfocado en un cine independiente que apuesta por la exploración estética y narrativa. Lujuria no solo marca su debut en el largometraje, sino también una declaración de intenciones: un cine que incomoda, cuestiona y se construye desde lo íntimo.

Una historia que nace del viaje y la vulnerabilidad

El origen de Lujuria se encuentra en una inquietud personal ligada al Camino de Santiago, una experiencia que, más allá de lo religioso, representa un proceso espiritual. “Me interesaba mucho ese viaje interior que vive la gente, pero también los peligros que puede implicar, las personas que puedes encontrar y la vulnerabilidad que se genera”, explica Aguilar.

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A partir de esa premisa, el director construye una historia donde el azar se convierte en detonante. “La idea surge de alguien que va a hacer el camino, le roban todo y queda completamente expuesto. Desde ahí, es fácil entender cómo puede terminar en una secta”, añade. Esta situación inicial permite explorar no solo el aislamiento físico, sino también la fragilidad emocional del protagonista.

La película cruza tres ejes fundamentales: fe, deseo y violencia. Lejos de jerarquizarlos, Aguilar opta por un enfoque orgánico. “Son temas complejos, pero la clave fue abordarlos desde un lado humano, no desde lo analítico. Cuando cuentas una historia desde la experiencia emocional, el equilibrio se da de forma natural”, señala. En ese sentido, Lujuria evita convertirse en un discurso cerrado. Cada elemento emerge y se intensifica según el momento narrativo, generando una tensión constante que sostiene la película.

Entre lo espiritual y lo carnal: un territorio gris

Uno de los aspectos más potentes del filme es la dualidad entre lo espiritual y el deseo físico. Para Aguilar, esta tensión responde a una inquietud contemporánea. “Siento que la espiritualidad está desapareciendo en nuestra sociedad, pero al mismo tiempo el deseo carnal es algo completamente tangible. Me interesaba explorar ese contraste”, afirma.

Sin embargo, el director no plantea esta relación como una oposición absoluta. “No quería hablar de blanco y negro, sino de un gris. De cómo pueden coexistir estas dos fuerzas dentro del ser humano”, explica. Esta zona intermedia es donde la película encuentra su mayor riqueza, evitando juicios y apostando por la ambigüedad.

La construcción de la secta refuerza esta idea. Más que un simple antagonista, el culto se convierte en el verdadero protagonista del relato. “Aunque parece que seguimos a Mateo, en realidad el personaje principal es el colectivo, la secta como entidad”, revela Aguilar. Esta decisión narrativa permite diluir las individualidades y potenciar la sensación de control y opresión.

A nivel visual, esta intención también se traduce en una estética muy definida. Inspirado en La casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca, el director diseñó un universo donde el vestuario y la composición refuerzan la identidad del grupo. “Quería que el culto se sintiera como un personaje, no solo en el guion, sino también visualmente”, comenta. El protagonista, Mateo, encarna otra dimensión del conflicto: la identidad en el extranjero. “Quería hablar de alguien que se siente diferente, que puede experimentar cierto rechazo por su origen. Eso es algo que he vivido y que llevé al personaje”, comparte. A esto se suma una exploración del deseo juvenil. “Más que amor, lo que vemos es una obsesión. Los jóvenes no siempre nos enamoramos, muchas veces nos obsesionamos con el deseo carnal”, afirma.

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Una estética inquietante al servicio de la provocación

En términos formales, Lujuria apuesta por una propuesta contenida pero poderosa. Gran parte de la película fue rodada con luz natural, una decisión que responde tanto a limitaciones prácticas como a una búsqueda estética. “Rodamos en espacios rurales donde era complicado intervenir, así que trabajamos con lo que había. Eso terminó definiendo la atmósfera”, explica el director.

A esta elección se suma un uso deliberado de la cámara fija y los planos prolongados. “Me interesa que la cámara observe, que no intervenga. Muchas veces dejamos que la acción ocurra dentro del encuadre sin cortar, incluso cuando un personaje sale de escena”, detalla. Esta estrategia genera una sensación de incomodidad que potencia el tono inquietante del filme.

Lejos de construir una historia de amor tradicional, Aguilar rompe con las convenciones del género. Inspirado en su lectura de Romeo y Julieta, cuestiona la idea romántica clásica. “Siempre me impactó que se vendiera como una gran historia de amor cuando en realidad es algo impulsivo y breve. En Lujuria quise explorar eso: el deseo como motor, no el amor”, señala.

Esta decisión conecta directamente con el título de la película y con su intención de provocar al espectador. “Creo que para generar reflexión primero tienes que provocar una emoción. Puede ser rechazo, incomodidad o incluso enojo, pero esa reacción es la que abre la puerta a pensar”, afirma.

El propio proceso creativo del director refuerza esta visión. Como guionista, director y editor, Aguilar asume el cine como un organismo en constante transformación. “Una película se hace tres veces: cuando la escribes, cuando la ruedas y cuando la editas. Son procesos distintos, y lo importante es dejar que la obra evolucione”, explica.

Finalmente, el director define Lujuria como una obra difícil de encasillar. “No la veo como una película de terror o de romance. Para mí es un experimento, algo más cercano a lo surrealista”, afirma, reconociendo influencias que van desde el cine de autor hasta el cine de culto.

Más allá de etiquetas, su intención es clara: “Quiero que el público cuestione sus creencias, que reflexione sobre la manipulación y el poder de las autoridades. Vivimos un momento donde estas estructuras están regresando con fuerza”, advierte.

Con Lujuria, Iñaki Aguilar no solo presenta su ópera prima, sino que abre un diálogo incómodo y necesario sobre la fe, el deseo y la vulnerabilidad humana, consolidándose como una de las voces emergentes más interesantes del cine independiente contemporáneo.