Julieta Beltrán Lazo: el arte como proceso vivo de exploración y transformación personal
La artista visual Julieta Beltrán Lazo concibe su práctica artística como un proceso íntimo de exploración donde el error, el cuerpo y la emoción desplazan las certezas absolutas. Entre Guadalajara y el extranjero, su obra se aleja deliberadamente de etiquetas convencionales para construir una voz propia y auténtica.
Los primeros pasos en un territorio sin normas
Desde muy temprano, la vida de Julieta Beltrán Lazo estuvo atravesada por manifestaciones culturales diversas. Esto no surgió como una vocación súbita o una decisión épica, sino como una presencia constante, cotidiana y casi doméstica en su entorno. Talleres de teatro, sesiones de dibujo y pintura, visitas frecuentes a museos y actividades extracurriculares conformaron su primer acercamiento al arte como un espacio disponible, abierto y no normativo.
"Siempre fue un espacio en el que lo disfrutaba mucho; era muy lúdico, y nunca me lo presentaron como aprender técnica o aprender a hacer las cosas correctamente", recuerda la artista en entrevista. "Nunca fue desde una presión de hacerlo bien, sino desde el disfrute y desde la exploración pura".
Este detalle resulta fundamental en su formación. En una infancia marcada por tendencias perfeccionistas, el arte funcionó como un contrapeso vital: un territorio donde no existía una única forma correcta de realizar las cosas. Más adelante, durante la adolescencia, cuando llegó el momento crucial de decidir qué estudiar, las humanidades se impusieron como una inclinación natural. Sin embargo, algo persistía en otra dirección.
"Me encantaba la historia, pensaba que quería ser historiadora o dedicarme a la escritura, pero todo el tiempo libre que tenía me la pasaba dibujando, haciendo cosas con las manos", confiesa. "Entonces era como: sí, me gusta mucho esta parte más enfocada en el intelecto, pero necesito estar haciendo cosas, necesito trabajar con el cuerpo de manera tangible".
El descubrimiento del rigor artístico
Antes de aplicar formalmente a la universidad, Julieta se tomó una pausa reflexiva. Viajó para estudiar historia del arte, todavía pensando desde el lugar más seguro de lo académico tradicional. Pero el contacto con la teoría no canceló su intuición inicial: el pensamiento, por sí solo, no bastaba si no estaba acompañado de práctica constante.
El regreso a Guadalajara resultó decisivo en su trayectoria. Trabajar como asistente en el estudio de Eduardo Sarabia le permitió observar, por primera vez, el día a día real de un artista profesional.
"Ahí se me abrió la visión de cómo se veía el día a día de un artista, de entender que sí hay disciplina, que sí hay rigor, que sí hay estructura", explica con claridad. "Que no es solo inspiración momentánea, sino dedicarle horas concretas, entenderlo como una carrera seria y comprometida".
Este descubrimiento coincidió con la posibilidad de estudiar en el extranjero. Julieta ingresó a la prestigiosa Rhode Island School of Design en Estados Unidos, un entorno que representó un quiebre radical con su experiencia previa.
"Entrar al contexto americano me descolocó muchísimo", admite con honestidad. Acostumbrada a una relación más lúdica con el arte, se encontró rodeada de estudiantes que ya se asumían plenamente como artistas, con una seguridad y una autodefinición que ella no sentía propia en ese momento.
La tensión con las etiquetas identitarias
Nombrarse artista nunca fue sencillo para Julieta. Las etiquetas convencionales -pintora, artista visual, artista mexicana- aparecieron pronto como herramientas necesarias para la comunicación, pero también como fuentes de incomodidad persistente.
"Las etiquetas te ayudan a asumirte, pero también pueden ser muy limitantes, incluso intimidantes", señala con precisión. "A mí siempre me han conflictuado un poco estas categorizaciones rígidas".
Esta tensión se volvió especialmente visible durante sus años de formación en Estados Unidos, donde la identidad nacional y lo político se convertían casi en una exigencia discursiva constante.
"Sentía que tenía que educar a los americanos sobre lo que estaba pasando en México", explica. "Y es una carga enorme asumir esa responsabilidad, sobre todo cuando tienes 18 años y cuando inevitablemente hablas desde un montón de sesgos personales".
El regreso a Guadalajara, motivado en parte por la pandemia y las restricciones migratorias, terminó siendo un giro afortunado en su desarrollo. Le permitió desmontar esa lógica representacional y replantear su trabajo desde otro lugar más personal.
El desplazamiento hacia lo íntimo
A partir de ese regreso a sus raíces, su práctica artística comenzó a desplazarse hacia temas que antes había relegado: la intimidad, el cuerpo, los afectos, los cuidados. Preguntas menos declarativas y más situadas en su experiencia personal.
"Cosas que antes sentía menos importantes que 'explicar México' retomaron fuerza y se volvieron centrales en mi práctica", reconoce.
Instalarse nuevamente en Guadalajara significó también encontrar comunidad artística. Tras un periodo trabajando únicamente en su estudio personal, comenzó a colaborar como asistente gráfica en el estudio de José Dávila. Este equilibrio -medio tiempo en un espacio ajeno, tardes dedicadas a su propia obra- le permitió sostener una práctica sin que una absorbiera a la otra completamente.
"Eso me ayudó muchísimo a sentir que había un balance saludable", explica. "Y también a empezar a conocer gente, a entender que había espacios culturales independientes donde podía exhibir, dialogar y verme ya como artista profesional".
El arte como metabolización personal
Para Julieta Beltrán Lazo, el arte no es una producción orientada exclusivamente al mercado ni una identidad profesional cerrada. Es, ante todo, un proceso vital de metabolización de experiencias.
"La pintura es la forma en la que metabolizo ideas y sentimientos", explica con claridad. "Todo lo que entra en mi cuerpo, en mi cerebro, en mi sentir, sale por ahí de manera transformada".
Incluso, sin público, sin exhibiciones, sin reconocimiento externo, la necesidad creativa persistiría en su vida.
"Aunque no tuviera espacios donde mostrar mi trabajo, seguiría haciendo cosas constantemente", afirma con convicción. "Me hace bien, me ayuda a procesar, a entenderme, a entender mi relación con el mundo, a imaginar otros futuros posibles".
Esta relación con el arte no está idealizada. La práctica también revela zonas incómodas, patrones repetitivos, tensiones no resueltas que requieren atención.
"No siempre es una catarsis feliz", admite con honestidad. "A veces es darte cuenta de cosas que te incomodan profundamente, de patrones viciosos, y tener que atravesarlos con paciencia".
Un momento de transición consciente
Hoy, Julieta se encuentra en un momento de transición consciente en su carrera. Está cerrando la década de los veinte sin prisa por cristalizar una idea convencional de éxito artístico.
"Siento que he construido las cosas a mi ritmo personal", afirma con seguridad. "De una forma coherente con mis valores fundamentales y con la ética que quiero sostener en el estudio creativo".
Existen frustraciones, límites autoimpuestos, oportunidades que quizá no tomó en su momento. "A veces siento que por esas ideas me limito", reconoce con autoconciencia. "Que no soy lo suficientemente agresiva para ciertas cosas del mundo del arte".
Pero también hay una claridad que se ha ido decantando con el tiempo y la experiencia. "Es muy bonito ver que ideas que tenía a los 19 años hoy las puedo articular con más confianza", reflexiona. "Entender que eso sigue conectado y que no fue tiempo perdido, sino parte del proceso".
El deseo de volver a Guadalajara permanece vivo en sus planes. No como repliegue, sino como apuesta consciente por un entorno que alimenta su creatividad.
"El diálogo con mi trabajo se siente más rico ahí", dice con convicción. "Hay algo de la cultura en México -los vínculos auténticos, la comunidad real- que en otros lugares simplemente no existe de la misma manera".
Más que definirse por etiquetas convencionales, Julieta Beltrán Lazo parece estar construyendo algo menos visible pero más duradero: una relación con el arte que admite el cambio constante, la duda productiva y la incomodidad creativa como partes esenciales del proceso. No como obstáculos a superar, sino como señales claras de que el trabajo sigue vivo, respirando y transformándose continuamente.



