El silencio de aquella mañana era tan denso que parecía solidificarse en el enorme caserón solitario. Me encontraba en plena meditación cuando el timbre irrumpió con violencia. Permanecí inmóvil unos instantes, esperando que el intruso desistiera, pero el sonido no cesó. Me levanté con el ánimo perturbado.
Al asomarme por la cortina, vi al hombre que se empeñaba en pulsar el botón. Tenía barba de chivo, el cabello recogido en una coleta y un paliacate anudado al cuello. Su camisa sin mangas dejaba al descubierto unos brazos fuertes y tatuados; masticaba chicle con vulgaridad.
—¡Mercado Libre! —gritó hacia la ventana, sin bajarse de su moto—. ¿Es usted Elías Requena?
Abrí la puerta. El repartidor me extendió una tabla. —Ponga un garabato aquí —dijo sin dejar de masticar, señalando un espacio en el papel arrugado.
Estampé mi rúbrica y, de inmediato, me puso un paquete en las manos. Subió a su motocicleta y arrancó, haciendo rugir su máquina infernal. Desapareció en un abrir y cerrar de ojos. Todo fue tan rápido que no me dio tiempo de asimilar lo ocurrido, pues yo no esperaba ningún envío.
Miré la caja de cartón con creciente curiosidad: el remitente y la procedencia me sorprendieron. Decía Rajesh Devi, de la Theosophical Society, Adyar, India. Tuve que cortar las cintas adhesivas con una navaja. Dentro, el embalaje de hielo seco llenaba casi todo el pequeño bulto. Una vez retirado el exceso, encontré un dije en el fondo. Era una flor, un loto de oro que brillaba intensamente bajo los rayos del sol.
Se adjuntaba una carta de estilo antiguo, con membrete y lacrada con el sello de la Logia. Al reconocer la exquisita caligrafía de Rajesh Devi, recordé a mi viejo amigo y mentor en la Sociedad Teosófica, un escritor hindú que siempre me había recibido con gran hospitalidad. La misiva decía:
“Mi querido amigo Elías, recibimos con pesar la noticia de su prolongado duelo. Lamentamos profundamente el fallecimiento de Clara, su bella esposa y hermana de la Logia. Confiamos en que esta nueva etapa le revele que aquello que amamos jamás se pierde, solo se transforma.
Y, en otro orden de cosas: mire en el fondo de la caja. Encontrará el Relicario de la Flor de Oro. Es el llamado para su ascensión. Ha sido usted convocado por la Fraternidad para el último Rito de Conocimiento.
Le esperamos en la Sede, aquí en Madrás, donde el Árbol Banyan le aguarda. Su pronta llegada es requerida. Que la luz inefable ilumine sus pasos. Le abrazo con la fuerza de la unidad.”
Quedé boquiabierto. Todo parecía un plan trazado con precisión en el momento más propicio.
En mi casa de Montevideo, comenzaba a sentirme como un beduino en medio del desierto. Los días se sucedían idénticos, y las horas se estiraban como el caucho, embarradas en los viejos pasillos llenos de alcobas silenciosas. La ausencia de Clara era un horrible vacío que la tristeza se empeñaba en llenar. El insomnio y los sueños cargados de dolor habían convertido mi vida en una pesadilla.
Preparé mis cosas y tomé un vuelo a la India. Dejé Uruguay con la sensación de que, a mi regreso —si es que volvía—, ya no sería el mismo.
Tras varias escalas y 40 horas de viaje, llegué a Bombay. De inmediato percibí su olor, casi imposible de describir, abarcando toda la gama de lo dulce, lo fermentado, lo amargo y lo frutal.
Abordé un taxi. El hombre detrás del volante no me gustó nada: cara alargada, ojos hundidos y una boca carnosa que sobresalía en la barba hirsuta. Me preguntó algo —tal vez en marathi—, y al ver mi extrañamiento, intentó hablar en un inglés aberrante. Decidí quedarme en silencio y solo repetir: “Taj Mahal Palace, Please”.
Manejaba demasiado aprisa, tocando el claxon desaforadamente, como si eso bastara para no atropellar a los peatones. Llegamos al hotel casi sin darme cuenta. Le pagué cien rupias, bajé mi única maleta y le di las gracias con un movimiento de cabeza. A esas horas, el crepúsculo avanzaba muy rápido, y de pronto se hizo de noche.
Dormí un día entero. Combatí el jet lag con buen café negro, y una vez restablecido, llamé a mi amigo Rajesh, quien con evidente alegría me invitó al edificio de la Sociedad Teosófica. Hacia Madrás dirigí mis pasos.
La sede de la Theosophical Society siempre me causaba el mismo efecto hipnótico: sus bellos jardines preceden la majestuosa construcción, y sus innumerables centros de investigación, mezquitas y templos budistas, rodean el único Árbol Banyan donde meditan místicos de todo el mundo.
Me esperaba una espléndida bienvenida, con muchas caras conocidas de tantos años. Aunque creí ver muecas de envidia por la Flor de Oro que pendía de mi cuello, señal de la ascensión. El ritual consistía en cuarenta días de preparación, con la intención de detener el samsara y alcanzar la iluminación.
Iniciamos el ritual del silencio y el ayuno esperando la luna llena. Los hermanos me dieron a beber el Sagrado Daime, un extracto de hojas del Brasil, y me dejaron en un lugar secreto bajo el Árbol Bodi.
Allí estuve, repitiendo el mantra en profunda meditación, hasta que mi pensamiento se detuvo. Una luz densa se desprendía de mi cuerpo —según me dijeron después— mientras me hundía en el trance. Entonces, lo vi:
La Flor de Oro que pendía en mi pecho era una fisura invisible. A través de ella, mis ojos ya no veían; mi conciencia bebía de la fuente misma de la creación. No había luz ni sombra, ni tiempo ni medida: todo era uno en el instante. Yo era el observador y el observado, el punto y el infinito.
Contemplé el giro de las galaxias, el nacimiento y muerte de los mundos, el movimiento de las eras geológicas y, al mismo tiempo, con la misma intensidad, distinguí el patrón exacto de las grietas en el techo de mi casa de la infancia. Sentí el frío congelante del primer germen de vida y, a la vez, la profunda satisfacción de las grandes almas que han habitado el planeta. Mi Mónada se extendía.
Vi los miles de rostros de Clara, todas sus reencarnaciones, a veces hombre, a veces animal, todos al mismo tiempo disolviéndose en el cuerpo de Brahma. Pude contar el número de granos de arena que fluían por el río Ganges en ese preciso instante. Me di cuenta de que Clara era la luz que tensaba el universo, una manifestación del Todo. Al volverme cosmos, al fusionar mi Atman, comprendí la unidad de lo viviente y la eterna madeja del tiempo.
Entonces fue el silencio. Y la certeza de que nada de esto podría ser contado. Por momentos, sospeché que la iluminación era el efecto del brebaje, pero eso no tenía relevancia: mi vida, tal como la conocía, había cambiado para siempre.
Semana y media después, tomé el vuelo de regreso a Montevideo. Las cuarenta horas de viaje transcurrieron en calma, en plenitud y serenidad. Al entrar de nuevo a mi casa, la ausencia de Clara seguía allí, pero ya no era un hueco horrible. Las alcobas estaban vacías, sí, pero dejé de ser un beduino solitario. La Flor de Oro, guardada discretamente bajo mi camisa, me recordaba que el universo, en todas sus grietas y su inmensidad, era el verdadero hogar, la fuente infinita que Clara y yo compartiríamos por toda la eternidad.



