Seamos honestos, casi cualquier persona externa al mundo del yoga pensará en incienso, chakras, personas sudando en ropa ajustada mientras cantan canciones extrañas y un refrito del New Age de una tradición milenaria. Y sí, todo eso es cierto, definitivamente lo que el yoga era en India no tiene nada que ver con lo que es hoy en las grandes ciudades cosmopolitas.
¿Cómo pasó de ser un camino de liberación interior a una industria millonaria?
El yoga, reservado solo para hombres y eruditos en sus orígenes, se ha transformado en una sesión matutina de estiramiento anidada dentro de una industria de 127 mil millones de dólares a nivel mundial. No hay en realidad algo que pueda llamarse yoga “puro”. Lo que vemos en Instagram y como gran parte de la industria es solo una de las ocho ramas del yoga: las posturas, los asanas. Lo demás ha quedado fuera porque no monetiza tanto.
La ética interior, la ética exterior, el control de la respiración, la concentración, el retiro de los sentidos, la meditación y el samadhi (la meta final que consiste en la cesación de las fluctuaciones de la mente) no venden tanto como un cuerpo escultural haciendo una postura frente a un templo en India al amanecer.
Mi experiencia con el Ashtanga Yoga
Durante diez años fui fiel adepta a la escuela de Sri K. Pattabhi Jois, el Ashtanga Yoga. Una disciplina casi ascética en la que el amanecer y el ayuno eran tu mejor aliado. Seis series de posturas crecientes en dificultad, la figura de un maestro con la autoridad transmitida directamente en India, en la fuente, y la capacidad de acompañar a cada alumno conforme avanza no solo en las posturas, sino en el crecimiento interior que la práctica conlleva.
Un buen maestro de Ashtanga tiene esa figura casi de gurú, porque su práctica avanzada refleja los frutos de años de trabajo real. Durante mis diez años tuve la suerte de encontrar dos que cumplieron exactamente esa función. Dos personas importantes en mi vida, a quienes al día de hoy admiro y quiero.
Lecciones que el yoga me dejó
Por encima de todo, el yoga me dejó para siempre una consciencia de mi cuerpo que me permite habitar el mundo con más presencia. En la práctica de Ashtanga no hay música, no hay discurso motivacional del profesor. Lo único que puede escucharse en la sala es una respiración colectiva estilo Darth Vader del ujjayi, y los propios pensamientos.
Para aprenderse la secuencia de memoria, para hacer las posturas sin lastimarse y mejorar cada día, se necesita un silencio interno absoluto. Consciencia de cada músculo, de cada sensación, de la alineación y del vaivén del aliento que se vuelve lento en cuanto sabe que está siendo observado.
- El yoga me enseñó que no hay mal que dure cien años, o más bien, que no hay incomodidad que dure más de cinco respiraciones.
- Que hay que mantener la calma y atravesar el dolor.
- Que las emociones salen por el cuerpo cuando menos lo esperas, en una cadera que no abre, en un temblor que aparece sin razón aparente.
- Que el ritmo del cuerpo afecta directamente el ritmo de la mente.
Aprendí a leer el efecto inmediato de mi alimentación, la pesadez o la ligereza, la claridad o la niebla. Y aprendí lo delicioso que es el descanso final en savasana después de sudar y haber luchado por refrenar a la mente. Esa consciencia solo la da la práctica, no un libro de autoayuda por más bueno que sea.
Conclusión
Entonces sí, podemos criticar a la industria del yoga por haberse rendido al capitalismo, pero la práctica honesta de años deja algo en el cuerpo que no tiene precio de mercado y que tampoco se puede fotografiar.



