Miguel León-Portilla: Un siglo de legado histórico y personal
El 22 de febrero se conmemoró el centenario del nacimiento de Miguel León-Portilla, una figura fundamental en la historiografía mexicana. En un invaluable regalo póstumo, el historiador nos legó sus memorias, tituladas Soy mi memoria, un testimonio íntimo y profesional que trasciende lo académico para adentrarse en lo personal.
La deuda cumplida: Memorias de un visionario
A pesar de las limitaciones físicas, particularmente visuales, que enfrentó en sus últimos años, León-Portilla mantuvo una firme convicción: compartir su vida con el público. A través de amanuenses, logró dictar este documento que completa anteriores intentos autobiográficos fragmentarios. El libro, bellamente diseñado por Diego García del Gallego y supervisado en su impresión por Alejandro Cruz Atieza, se estructura en 18 capítulos que probablemente corresponden a sesiones de dictado, ofreciendo una visión completa de su trayectoria.
El arquitecto de la historia prehispánica universitaria
Estas memorias constituyen el documento fundamental para comprender el nacimiento y consolidación de la historia prehispánica como disciplina académica universitaria. León-Portilla internacionalizó el tema, lo defendió en circuitos políticos y lo difundió masivamente, superando tradiciones anteriores que, aunque valiosas, carecían del ámbito institucional universitario.
Su obra cumbre, La visión de los vencidos, ostenta un récord impresionante: más de treinta reimpresiones en la colección Biblioteca del Estudiante Universitario, superando ampliamente cualquier otro título histórico. Sin estadísticas irrefutables, podemos afirmar que León-Portilla es el historiador más leído en la historia de México.
Un hombre sin soberbia: Sinceridad y generosidad
Lejos del engreimiento, estas memorias destacan por su sinceridad y modestia. En múltiples ocasiones, el autor se disculpa ante el posible lector por cualquier apariencia de soberbia. Hombre generoso, reconoce constantemente el trabajo de colegas, colaboradores y alumnos, demostrando que recordar nombres, caras y contribuciones es la primera expresión de educación verdadera.
El libro es esencialmente conciliador, evitando la discordia excepto en un caso específico de animadversión intelectual donde queda claro que la hostilidad provenía de su contraparte. Más que vanagloriarse de sus incontables logros académicos (incluyendo treinta doctorados honoris causa), León-Portilla se enorgullece de haber tenido una vida feliz en lo personal, familiar y profesional.
Raíces y transformación: Del seminario a la academia
Con notable sinceridad, León-Portilla revela aspectos poco conocidos de su vida, como sus años en el seminario durante la adolescencia, donde aspiró a ser jesuita. En un país oficialmente laico, pocos intelectuales abordan abiertamente su religiosidad, pero él lo hace sin justificaciones ni beligerancia, describiendo su "crisis de conciencia" y posterior abandono del seminario después de nueve años.
Esta etapa, aunque concluida, fue provechosa: dominó latín, griego y filosofía, llegando a escribir su tesis de licenciatura sobre Bergson. Al final de su vida, se definía como "semicreyente" y confesaba su devoción guadalupana, tanto hacia la virgen como hacia el personaje histórico.
Los maestros formadores: Gamio y Garibay
Al regresar a la vida civil, encontró su verdadera vocación gracias a Manuel Gamio, esposo de una hermana de su padre, quien lo introdujo al Instituto Indigenista Interamericano. Gamio le enseñó la "visión integral" necesaria para comprender el mundo indígena, combinando antropología moderna con arqueología, mientras que el padre Ángel María Garibay le transmitió su amor por la civilización náhuatl, su lenguaje, cultura e historia.
Triple formación institucional
León-Portilla se forjó en tres instituciones fundamentales: el seminario jesuítico, el Instituto Interamericano y la UNAM, donde ingresó como alumno a mediados del siglo XX. En la UNAM consolidó la naturaleza científica y colegiada del Instituto de Investigaciones Históricas, transformándolo de un espacio de tertulia a un centro de investigación riguroso.
Su productividad científica resulta asombrosa, especialmente considerando que simultáneamente asumía pesadas responsabilidades político-académicas que nunca desatendió. La palabra que mejor lo define a lo largo de su vida es compromiso: con su trabajo, con las instituciones y con la difusión del conocimiento histórico.
Estas memorias no solo revelan al historiador, sino al hombre detrás de la leyenda académica: un ser humano íntegro, generoso y profundamente comprometido con México y su historia.
