Alessandro Lombardo fue el mejor artista de nuestra generación. Heredero de los grandes clásicos italianos, era considerado un genio de la escultura moderna. De carácter parco, casi no daba entrevistas y el rehuir constante de la sociedad lo había relegado a su taller, el cual convirtió en su castillo inexpugnable. Sus trabajos son verdaderas obras maestras del arte figurativo. Sin embargo, tras su prematura y misteriosa muerte, los reporteros, en lugar de honrar su talento, se enfocaron en desentrañar el escándalo con notas que rayaron el amarillismo sin que hasta la fecha se haya resuelto el enigma. Yo puedo decir que era de los pocos privilegiados –si no es que el único – amigo que de verdad tenía.
Cada vez que me era posible, encendía mi Fiat Coupé y huía del bullicio de Roma hacia su villa, una finca de viñedos que producía un vino incomparable. Mientras conducía, sentía el aire fresco de la campiña, el olor de los pinos y el verdor desgranado en sus matices cromáticos. Sinuosos caminos de terracería me conducían a La Villa Lombardo, la mansión de mi amigo.
Era en su taller donde Alessandro mostraba el prodigio de su elevada maestría: mi embeleso al verlo arrancar esas formas que poco a poco convertían en belleza, no tenía fin. Cincelaba desde algún tiempo una hermosa escultura. Un ángel de sonrisa provocativa sosteniendo una flecha dorada. Luego, cuando lo consideraba suficiente, dejaba su trabajo y nos encaminábamos al comedor. Nunca se quitaba el delantal de trabajo ni para comer. Pero la magia llegaba después, cuando la digestión provoca ensoñaciones e invitaba a la sala de estar, al descanso relajado. Ya en el cobijo de la chimenea, las pipas soltaban el denso humo y dejábamos que el vino desatara un torrente de confidencias.
Recuerdo a la perfección cuándo comenzó a contarme sus sueños recurrentes. De antemano había un pacto de hermandad entre nosotros: esa confianza de contar a los amigos cercanos cosas absurdas, con la certeza de que nunca serán reveladas.
El sueño que atormentaba al maestro
–Algo me tiene intranquilo, estimado amigo – dijo casi con misterio, dando pequeños sorbos a su copa de vino.–¡Sólo cuéntame, Alessandro! –le contesté –¡cualquier cosa que me confíes estará a buen resguardo!–Pues bien –, murmuró tranquilamente mi amigo –, todo empezó hace dos meses, cuando accedí a trabajar en una réplica de una escultura. Y tú sabes que nunca accedo a ese tipo de cosas, pero ¡no sé!: no pude resistir el reto.Alessandro se refería a la escultura de Gian Lorenzo Bernini, “El Éxtasis de Santa Teresa”. Y después de fumar su pipa, lanzó el humo con fuerza y prosiguió:–Desde entonces me atormenta un sueño que se repite cada noche. Temo que termine el día para no enfrentar esos espectros –, e iniciando una agitación apenas contenida, continuaba su relato: –el sueño comienza con una dulce melodía; un resplandor intenso invade el lugar donde me encuentro. Estoy descalzo y mis pies reposan sobre nubes de exquisita textura… La cara de mi amigo se descompuso. Sus espesas cejas se arqueaban, su boca temblaba ligeramente.–Y entonces, cuando la sensación de paz me invade, es interrumpida por el ángel que estoy esculpiendo. Ahí aparece con sus enormes alas. Su revoloteo lo sostiene en el aire y con un rictus de siniestra alegría me atraviesa el pecho con su saeta…–es ahí cuando despierto, el cuerpo bañado en sudor.
De ahí en adelante, siempre que lo visitaba me repetía el sueño. Y yo advertía cómo su cuerpo se iba consumiendo a medida que terminaba la escultura. Una pieza espléndida. Se miraba a la santa con su cara de éxtasis, y al ángel con su cara de travesura empuñar una flecha de oro a punto de atravesarle el corazón.
Obsesión por la obra de Bernini
Era tal su obsesión, que comenzó a visitar la Capilla Cornaro en Roma, donde se encontraba la obra del maestro Bernini. No quedaba tan lejos, a decir verdad, pero no era usual en mi amigo, siempre refugiado en su villa. Lo acompañé innumerables veces. Las horas pasaban bajo el escrutinio de mi amigo, quien admiraba a la santa de mármol, y su expresiva cara de dolor –o inmenso placer –, y más arriba, al arrogante ángel a punto de herirla con su flecha divina.
—No puedo entenderlo, Alessandro —le dije una tarde mientras él devoraba la obra con la mirada—. La gente habla de fe, pero a mí me parece que ella sufre. La santa sufre, ¡fíjate bien!Alessandro apartó sus ojos del mármol y me vio con intensidad.—¡Ah, ese es el punto, amigo mío! La gente ve dolor, pero yo veo el momento en que lo terrenal se encuentra con lo divino. ¿No ves la flecha en la mano del ángel? Es un arma, pero también la llave que abre el alma.
Sin advertir que el destino nos deparaba un largo distanciamiento, tuve que salir del país. La empresa para la cual trabajaba me ascendió, pero el cargo ofrecido estaba casi en las antípodas. No pude rechazar la oferta. A esta guisa, transcurrió un año antes de volver a Roma y cuál no sería mi sorpresa al descubrir que Alessandro había fallecido en circunstancias muy peculiares.
El hallazgo que conmocionó a todos
Pues bien: he aquí los hechos que logré reconstruir gracias a las anécdotas de conocidos o en periódicos serios y de dudosa categoría. Mi amigo Alessandro enfermó gravemente de los nervios y su cuerpo se fue consumiendo a medida que terminaba la escultura del “Éxtasis”. Sin recibir visitas pasó el tiempo, y una mañana en que su ama de llaves tocó a la puerta del dormitorio no obtuvo respuesta. Preocupada por su salud deteriorada, decidió abrir la cerradura con su llave maestra y allí lo encontró. El cuerpo sin vida de mi amigo. Según la criada, parecía dormido y con un trance de paz en el rostro que se asemejaba al de la escultura de santa Teresa. Ningún indicio de violencia, nada de sangre. Todo estaba en orden en ese cuarto. Las autoridades, al no tener una causa de muerte, decidieron indicar una autopsia de ley. Lo que encontró la forense causó un furor alucinado: una flecha de oro le atravesaba el corazón, ¡pero no había heridas en el tórax ni otra forma que explicara cómo había penetrado la saeta dorada! La noticia estuvo mucho tiempo en los diarios, pero el misterio nunca se resolvió.
Y una cosa más. A la magnífica escultura que había terminado, ahora en posesión de la policía (hasta que se aclare el caso), le faltaba algo: la punta de la flecha que la forense encontró en el corazón de mi amigo. Una saeta dorada de exquisita factura y de la cual nunca sabremos cómo logró provocar su muerte.



