La relación entre México y Corea del Sur no es nueva. La cultura coreana no solo resuena en América Latina por sus ídolos de K-pop; en México, esta relación se ha tejido como un puente cultural sólido. Sus historias y estética han cruzado océanos para instalarse, poco a poco, en nuestra vida cotidiana.
Un vínculo histórico de 120 años
De acuerdo con la Dra. Nayelli López, especialista del Programa Universitario de Estudios sobre Asia y África (PUEAAO) de la UNAM, el primer lazo entre ambas naciones se remonta a 1905, cuando 1,033 coreanos llegaron a Yucatán en el contexto de la Guerra de Castas. Aunque las relaciones diplomáticas se formalizaron en 1962, fue en los años 80 cuando el flujo migratorio transformó la capital. “Los que se quedan en la Ciudad de México empiezan a asentarse en lo que hoy conocemos como Zona Rosa. Ahí abrieron comercios relacionados con su comunidad, generando una economía étnica”, explica la especialista.
El contraste de las formas: Corea y México
A pesar de la cercanía económica, las diferencias culturales marcan una pauta clara. En Corea, las muestras de afecto suelen ser discretas y los rituales cotidianos —como quitarse los zapatos al entrar a casa— son sagrados. Estos espacios y normas reflejan una sociedad estructurada que contrasta con la calidez espontánea y, a veces, caótica de los mexicanos.
Valores compartidos
Sin embargo, en el fondo, ambos mundos no son tan lejanos. El punto de encuentro más fuerte es que la familia sigue siendo el núcleo social de ambas culturas. “Tanto para los coreanos como para los mexicanos, la familia es el espacio donde la vida cobra sentido”, señala la Dra. López. Al final, este encuentro demuestra que, bajo códigos distintos, compartimos los mismos valores fundamentales.



