Virtud y poder: La sabiduría estoica frente a la ambición política contemporánea
La expresión "hay que tomarse las cosas con filosofía" evoca, no una disciplina teórica abstracta, sino una sabiduría práctica esencial: el auténtico arte de vivir. Este es precisamente el sentido con el que el emperador romano Marco Aurelio se recriminaba a sí mismo en sus Meditaciones, señalando cómo se había alejado de esa serenidad filosófica que otorga quietud espiritual y una existencia virtuosa.
La insaciabilidad de los deseos soberanos
Movidos por deseos soberanos como la fama, el poder, las riquezas o incluso la posesión del mundo entero, los seres humanos tendemos a tomarnos la vida con excesiva seriedad. La cruda realidad es que el mundo jamás bastará para saciar nuestra sed insaciable de dominio, placer o acumulación material. Juvenal, en sus Sátiras, apunta con deliciosa ironía cómo el vasto mundo resultó insuficiente para las ambiciones del conquistador Alejandro Magno, mientras que a su muerte bastó un simple féretro para contener sus restos mortales.
El estoicismo permitió a Marco Aurelio ejercer un sereno autocontrol durante los diecinueve años de su imperio. Esta escuela filosófica enseña que ninguno de nuestros afanes posee la importancia desmedida que le atribuimos. En el orden cósmico, nuestras vidas son insignificantes, todo perecerá eventualmente. Incluso la gloria póstuma carece de sentido, pues ya no estaremos presentes para experimentarla.
La excelencia como único bien verdadero
Hombre terrenal y político, Marco Aurelio se exhortaba a no morir gruñendo, sino verdaderamente resignado y agradecido de corazón a los dioses. La vida, sin embargo, no es un sinsentido absoluto. Según el emperador filósofo, el único bien verdadero es la excelencia. El cultivo de las cuatro virtudes cardinales de la tradición helénica:
- Fortaleza
- Justicia
- Templanza
- Sabiduría
Constituye el camino para dotar de belleza y armonía a nuestra alma, o para hallar un propósito auténtico en la existencia. Para los cristianos, se suman las virtudes teologales de fe, esperanza y caridad, tan ausentes en nuestro mundo secularizado y desencantado.
El divorcio contemporáneo entre virtud y política
En los tiempos que corren, la virtud parece haberse divorciado completamente de la esfera política. El jurista italiano Luigi Ferrajoli no exagera al afirmar que nos gobierna "un grupo de autócratas criminales". El prejuicio de que el político es un ser intrínsecamente vil está tan extendido que conciliar virtud y poder se antoja una quimera imposible.
Por ello conviene recordar las vidas de quienes ejercieron el poder con moderación y sensatez. Quizá no sean tan escasas como creemos, pero suelen ser discretas y modestas: la historia recuerda más a los Calígula y Nerón que a los Antonino Pío. Además, exigimos perfección moral a los políticos, como si nosotros mismos la poseyéramos plenamente.
Jaime Balmes, en sus Cartas a un escéptico en materia de religión, escribía: "La vida de la mayor parte de los hombres es un tejido de contradicciones que no es fácil de explicar". Hoy sabemos que la integridad moral es clave en política, no sólo la de los gobernantes, sino también la de los ciudadanos. Sin virtud cívica y privada, la democracia se precipita hacia su fin.
La virtud como fundamento democrático
La ausencia de ciudadanos virtuosos impide el ejercicio responsable de la libertad, lo que conduce inevitablemente al caos y al ascenso de autócratas que prometen restaurar el orden perdido. Paradójicamente, quien hoy hable de virtud es frecuentemente acusado de moralino y retrógrado. La palabra misma suena rígida, sosa y exangüe en nuestro vocabulario contemporáneo.
Aun así, quizá en vez de recurrir al psicólogo bajo cualquier pretexto, podríamos intentar cultivar la virtud comenzando por aspectos prácticos:
- Tener más orden en nuestras vidas diarias
- Mantener mayor actividad física
- Mejorar nuestros hábitos alimenticios
- Ser más responsables
- Dejar de postergar nuestras tareas esenciales
Esto no posee el prestigio social de acudir a terapia o asumirnos víctimas del "sistema" o de nuestros padres, pero si realmente deseamos transformar nuestras vidas, cultivar la virtud será un acto fundamental, como sugiere Rilke en su poema "Torso de Apolo arcaico".
La verdadera soberanía: conquista interior
El mundo actual reclama más filosofía práctica, y alcanzarla no es cuestión de matricularse en una facultad, sino de tener el coraje de buscarla activamente y reclamar así nuestras almas. La promesa estoica es clara: aquel que logre conquistarse a sí mismo adquirirá una mayor soberanía que quien toma una ciudad entera. Tal vez el verdadero poder no sea otra cosa que la forma más elevada y depurada de la virtud humana.



