Anuncio desde Palacio Nacional: Un nuevo impulso para el cine mexicano
El 15 de febrero, desde el Palacio Nacional, la presidenta Claudia Sheinbaum anunció un paquete de estímulos fiscales que podría transformar el rumbo del cine mexicano. Al día siguiente, el instrumento fue publicado en el Diario Oficial de la Federación, marcando el inicio de una iniciativa que busca convertir la inversión en motor de una industria que ha oscilado entre el esplendor y la precariedad a lo largo de su historia.
Mirando al pasado: Época de Oro y Nuevo Cine Mexicano
Para dimensionar este momento, es crucial mirar atrás. Durante la llamada Época de Oro del cine mexicano, entre las décadas de 1930 y 1950, el país no solo produjo películas exitosas, sino que consolidó estudios, formó técnicos, creó estrellas y desarrolló una identidad cultural con capacidad de exportación. Figuras como María Félix o Pedro Infante no surgieron de la nada; fueron parte de una estructura industrial que generaba empleo continuo, especialización y públicos masivos.
Décadas después, en los años noventa, el llamado Nuevo Cine Mexicano reactivó la creatividad y devolvió visibilidad internacional al país gracias a nuevas narrativas y direcciones que luego conquistarían festivales y premios globales. Películas como Como agua para chocolate (1992), Sexo, Pudor y Lágrimas (1999) o Amores Perros (2000) marcaron un antes y después. Sin embargo, ese renacimiento resultó desigual y dependió en buena medida de apoyos públicos intermitentes y de coyunturas económicas frágiles.
Detalles del estímulo fiscal: Créditos y controles
El nuevo estímulo fiscal se inscribe en esa tensión histórica entre talento y estructura. La medida concede un crédito fiscal de hasta 30% del gasto realizado en México para proyectos que cumplan con ciertos requisitos. Como medida de control presupuestario, el decreto establece un límite de 40 millones de pesos por producción y por sujeto beneficiado, así como un tope global de 400 millones para distribuirse cada año hasta el 2030. No se trata de una política cultural tradicional, sino de una herramienta de política industrial.
Uno de sus elementos más innovadores reside en la posibilidad de transferir el crédito fiscal. Esto permite que una productora que no tenga suficientes recursos pueda ceder el beneficio a otro contribuyente y obtener liquidez inmediata. En una industria donde los flujos de efectivo suelen ser inestables y la recuperación de inversión puede tardar años, esta flexibilidad podría marcar la diferencia entre concretar o cancelar un proyecto.
Beneficios y limitaciones: Inclusión y asimetrías
Pero el estímulo no se limita a atraer capital. El decreto establece que al menos 70% del gasto se quede en México, pagando proveeduría, personas creativas y técnicos y técnicas locales. El propósito no es solo que se filme aquí, sino que la industria nacional crezca, se generen empleos especializados y el talento mexicano gane una experiencia que perdure mucho después de que terminen los rodajes.
No obstante, el diseño del estímulo también genera dudas sobre su alcance y beneficio real para la industria nacional. Los montos mínimos de gasto, que van de 20 a 40 millones de pesos según el tipo de producción, dejan fuera en la práctica al cine comunitario, experimental o regional que opera con presupuestos más modestos. Para que este estímulo alcance a las productoras emergentes, éstas tendrían que encontrar la forma de integrarse como proveedoras de las grandes casas productoras nacionales y extranjeras, y al mismo tiempo competir en condiciones desiguales contra las plataformas de streaming, quienes podrán adquirir el crédito fiscal.
Si los lineamientos que emitirá el Comité Técnico a más tardar el 31 de marzo no incluyen mecanismos para priorizar la proveeduría nacional, el estímulo podría concentrarse en las grandes empresas y profundizar las asimetrías del sector.
Profesionalización y sostenibilidad: Claves para el futuro
El estímulo favorece particularmente los servicios de producción y postproducción, lo cual puede fortalecer capacidades técnicas y atraer inversión extranjera. Pero eso no garantiza por sí mismo mejores condiciones laborales, derechos efectivos ni mayor diversidad cultural en los contenidos. Tampoco hay claridad sobre el impacto que tendrá en la identidad narrativa del país, ya que promover la inversión no es lo mismo que fortalecer al cine nacional desde nuestra diversidad.
Aquí aparece un elemento que suele pasar desapercibido en la discusión fiscal: la profesionalización. Si México aspira a consolidar una industria capaz de competir de manera sostenida, como lo ha hecho Hollywood durante décadas, no basta con atraer rodajes o generar incentivos temporales. Se requiere construir carreras, y eso implica formación técnica continua, sindicatos y asociaciones sólidas, trayectorias laborales estables para personas realizadoras de guion, fotografía, diseño de producción, edición, efectos visuales y personal de producción. Esto incluye, por supuesto, a las personas trabajadoras que laboran en instituciones públicas como el IMCINE, quienes desde hace mucho tiempo exigen mejores condiciones laborales.
La Época de Oro funcionó porque había estudios que producían de manera constante y permitían al gremio desarrollarse profesionalmente, como fue el caso de los Estudios Churubusco. El Nuevo Cine Mexicano prosperó cuando se combinaron escuelas de formación, fondos públicos y una generación dispuesta a experimentar. Hoy el desafío consiste en articular los estímulos fiscales con políticas educativas y laborales que aseguren continuidad. Sin una estrategia de profesionalización, el incentivo puede generar picos de producción sin consolidar trayectorias.
Ventana de oportunidad y desafíos pendientes
El decreto abre, sin duda, una ventana relevante, pues reconoce al sector audiovisual no solo como expresión cultural, sino como un sector estratégico para el país. Sumado a la iniciativa de ley Federal de Cine y audiovisual — que ampliará la exhibición de películas mexicanas en salas de cine —, el estímulo fiscal podría dar un impulso significativo a la industria nacional. Sin embargo, mucho de ello dependerá de los detalles que sean definidos por el Comité Técnico integrado por la Secretaría de Hacienda, el IMCINE y Cultura.
El debate sobre este estímulo fiscal permanece abierto. Si las condiciones se alinean favorablemente, el estímulo podría actuar como catalizador para que México incremente su atractivo ante producciones extranjeras, fortalezca sus empresas técnicas y consolide un mercado interno más robusto. Pero si la implementación resulta deficiente, podría operar como un instrumento que dirija las ventajas hacia las grandes casas productoras y plataformas de streaming, mientras que otras manifestaciones cinematográficas mantendrían su lucha por acceder a recursos y audiencias.
La historia del cine mexicano demuestra que el talento existe y que los momentos de auge son posibles cuando convergen los factores adecuados. Lo que está en juego ahora no es únicamente la capacidad para atraer inversión, también la posibilidad de construir una industria sostenible y plural. Si el estímulo logra convertirse en cimiento y no en episodio aislado, México podría escribir un nuevo capítulo de larga duración. De lo contrario, el guion no habrá cambiado demasiado.
