Un relato escalofriante: Despertar junto a un cadáver y descubrir la propia muerte
Despertar junto a un cadáver y descubrir la propia muerte

Un despertar aterrador: Sangre, frío y un cadáver en la cama

La primera vez que me vi en realidad fue el día que amanecí muerta. Abrí los ojos y mi gato lamía mi mano, suplicando comida. Me acomodé entre las cobijas, pero un frío penetrante, imposible de aliviar, me recorría el cuerpo. Al sentarme en la cama, sentí un dolor punzante en la cabeza. Palpé un líquido espeso en mi mano: era sangre. Con alarma, miré el colchón y vi que había dormido en un charco de sangre seca. Di un giro brusco y caí al piso, sin sentir dolor alguno.

El horror de la habitación: Destrucción y un cuerpo sin vida

Al incorporarme, observé la alcoba. Todo estaba destrozado: ropa esparcida por el suelo y un cadáver yacía sobre la cama. Mi reacción instintiva fue gritar, pero pronto me di cuenta de que ningún sonido salía de mi garganta. Me apoyé en la pared, temerosa de acercarme a ese cuerpo momificado. ¿Cuánto tiempo había estado dormida junto a ese muerto? Intenté recordar los días anteriores, pero solo encontré oscuridad en mi mente.

—Piensa, piensa, Agni… —cerré los ojos con fuerza. La memoria me trajo la fiesta de cumpleaños: éxtasis, alcohol, una reunión con amigos, Vikram, actores y directores. Había bebido en exceso: cervezas, tequila, éxtasis y cristal. Caí inconsciente en un sillón. Al despertar semanas después, estaba desnuda, cubierta solo por sangre coagulada.

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La huida imposible: Un entorno familiar pero alterado

La puerta parecía una salida, una esperanza para huir. Giré el picaporte, temblando de miedo y por el frío glacial. No sabía qué encontraría afuera de mi habitación, si es que realmente era mi pieza. Al echar un vistazo, confirmé que sí lo era, pero todo había cambiado sutilmente. Cuando entras a tu casa, reconoces tu caos personal: las monedas en la mesa, el desorden habitual. Sin embargo, algo discrepaba, como si alguien hubiera hurgado en mis cosas, moviendo una taza o un cuadro sin que mi ojo lo notara de inmediato.

Además del cadáver y la sangre, había algo más en la habitación, una presencia ominosa. Solté el picaporte y retrocedí, rodeando la cama con cuidado para no tocar el cuerpo. Abrí la ventana y la noche me deslumbró como un día soleado, quemando mis retinas. Froté mis ojos con fuerza, queriendo llorar, pero ni una lágrima brotaba. Afuera, llovía intensamente, con gotas que se estrellaban contra el patio, los autos y los árboles. El último día que recordaba era soleado, sin probabilidades de lluvia. No había nadie en la calle.

La llamada del vacío: Tentaciones y recuerdos dolorosos

Algo en la noche me atraía, el firmamento y las estrellas gritaban mi nombre en silencio, un eco que sentía en mi piel y mi cabello erizado. Como si fuera el momento de desplegar alas y abandonar este mundo, darme por vencida. Mi cuerpo cabía entre las protecciones de hierro de la ventana; saqué una pierna, luego la otra, sentada en el alféizar mientras miraba hacia arriba. “¿Y si me suelto?” Imaginé mi cabeza estrellándose en el pavimento, con mi rostro destrozado en pedazos.

De pequeña, solía decir que quería ser pájaro y volar. Mi mamá se reía: “Ser pájaro es muy solitario, hermosa. Porque entre más alto vuelas, más solo estás”. Esas palabras se grabaron en mí después de su muerte. Su voz me arrullaba por las noches, y yo quería ser marea para desvanecerme en sus olas. Era mi amor más profundo. Incluso, en el kínder, quise ser hombre para casarme con ella. No debía haber muerto.

El fantasma y la revelación: Enfrentando la propia muerte

Me metió en la cama, me dio un beso en la mejilla y sonrió. “Adiós, Agni”. “No, mami, no adiós. Sólo buenas noches”. No quería soltar su mano. “Esta vez es adiós”. Me dio otro beso. Esa noche, me levanté varias veces a vigilarla en su cama, parecía una muñeca de cera. Cuando no despertó más, me recosté en el piso junto a ella, sobre la alfombra, durante tres días seguidos. Hasta que su cuerpo comenzó a apestar y busqué a los vecinos en pijama: “Mi mamá no despierta desde el lunes”.

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Dos años seguidos, no me dejó dormir. Le rogaba que detuviera sus gritos y sollozos para que yo pudiera soñar. Visitaba su tumba y suplicaba, pero no me hacía caso. No necesité ser pájaro para tragar la soledad a mordidas. Desde que ella se fue, el mundo cambió porque ella era el aroma de la tierra. Me tatué unas alas en la espalda para alcanzarla donde estuviera, sabiendo que me esperaría.

—Porque entre más alto vuelas, más solo estás.

Volteé al escuchar las palabras. Eran de ella, pero no en su voz; esta era lóbrega e impenetrable, resonando en eco por la habitación. “Dios, que no haya nadie, por favor”. Busqué el origen, pero las palabras parecían salir de una boca inexistente, quizá del muerto en la cama, que no estaba tan muerto después de todo.

La confrontación final: Aceptación y determinación

Estaba aterrada. Grité y aventé objetos, pero el rostro de una niña fantasmal permaneció inmutable. Se acercó reptando como una serpiente, dejando un rastro de niebla. “¡Vete! ¡¿Quién eres?!”. Su cráneo se partió en dos, liberando rostros decapitados y calcinados que señalaban hacia afuera. No pude soportar la visión, cubrí mi cara y grité: “¡No! ¡Déjame!”. La cabeza se cerró, engullendo aquellas almas, y desapareció por la ventana con una amenaza silenciosa.

Volteé hacia el cuerpo en el colchón. En un arranque de histeria, lo destapé y lo volteé. Me vi por primera vez: asesinada en mi cama, con un hueco donde estuvo mi ojo izquierdo, mostrando el interior de mi cabeza. El ojo derecho abierto con sorpresa, la boca desencajada, la piel tiesa con marcas de las sábanas. No me reconocí al principio, pero cuando lo hice, salí corriendo, negando la realidad. “Estoy viva, respirando, razonando”, pensé, pero todo lo que damos por sentado se desvanece en un instante.

Me acerqué a mi cuerpo, lo toqué y lo agité. “¡Despierta! ¡Tienes una pesadilla!”. Permaneció frígido, descomponiéndose. Me miré en el espejo y no había reflejo. Salté y me toqué el rostro; podía sentirlo, era real. Observé mis restos, quizá por última vez. No era tan imperfecto como siempre creí; de hecho, era hermoso. Quería volver a entrar en ese cuerpo, levantarme y caminar, ser Lázaro.

“Qué voy a hacer…” —hablé en voz alta, como si mi cuerpo pudiera escucharme. Agité el cadáver, pateé la cama, rompí cosas y grité. Encontré una navaja en el cajón de mi buró, la misma que una vez contemplé en momentos de soledad e impotencia. “¿Y si funcionaba esta vez?”. Rebané mi muñeca con vehemencia, pero no brotó sangre; la marca desapareció al instante. La navaja resbaló al piso. “Estoy muerta”, pensé en silencio, y luego dije en voz alta: “Estoy muerta, puta madre”.

Afuera, la lluvia cesaba y pronto amanecería. La muerte no volvió a aparecer ese día, tal vez por mi determinación de descubrir quién me había matado. No pararía hasta saberlo. Giré el picaporte y abrí la puerta, lista para enfrentar lo que viniera.