La persistente sombra de la lógica instrumental en la sociedad mexicana
Al sumergirme en la lectura de A Society, uno de los relatos menos comentados de la autora Virginia Woolf, emergió de manera inesperada y vívida en mi memoria la canción de Bartola. Habían transcurrido años sin escucharla, pero la escena se materializó al instante: "Bartola, ahí te dejo estos dos pesos…". En la actualidad, esta canción suele citarse como un ejemplo emblemático del machismo de otra época, donde un hombre distribuye el gasto doméstico con un tono burlón y se reserva para sí el excedente destinado al alcohol. Vista desde el presente, parece una caricatura incómoda y desfasada.
La normalidad inquietante de la desigualdad
Sin embargo, lo verdaderamente perturbador no radica en su contenido explícito, sino en su normalidad. Durante décadas, esta canción circuló en entornos de clase media mexicana sin provocar escándalo alguno. Las mujeres se reían, los hombres también, y no era percibida como una afrenta directa. Formaba parte del paisaje cultural, no porque la desigualdad no existiera, sino porque estaba profundamente integrada en la lógica cotidiana del orden social. Este fenómeno marca el inicio de un problema más profundo que trasciende el simple machismo.
En A Society, Woolf imagina a un grupo de mujeres que decide evaluar los logros de los hombres antes de continuar sosteniendo la civilización que han dirigido durante siglos. Revisan ámbitos como la política, la ciencia, la literatura y la educación, llegando a un diagnóstico que no es melodramático: hay progreso técnico, pero no necesariamente progreso moral. Sería fácil interpretar este relato como una acusación directa contra los hombres, pero Woolf va más allá, sometiendo a examen la naturalidad de la lógica bajo la cual ese progreso fue celebrado.
La lógica de la supervivencia como modelo civilizatorio
Lo inquietante, tanto en Bartola como en Woolf, no es la figura del macho proveedor ni la crítica al dominio masculino, sino la facilidad con la que una forma de organizar la vida —eficaz, instrumental y orientada al resultado— se instala como sentido común. Durante siglos, esta lógica tuvo una función histórica clara: sobrevivir. En contextos marcados por violencia, escasez e incertidumbre, la fuerza, la productividad y la imposición organizaron la vida social. No era una virtud moral, sino una estrategia de preservación.
El problema no fue que gobernaran los hombres, sino que la racionalidad de la supervivencia se convirtió en el modelo permanente de la civilización. Nada garantiza que, si las mujeres hubieran ocupado desde el inicio los espacios de poder, el resultado habría sido automáticamente distinto. Pensarlo como certeza sería repetir el mismo determinismo que criticamos. La lógica instrumental podría haber sido administrada por cualquier género, lo que subraya su naturaleza transversal y arraigada.
El hartazgo contemporáneo y la necesidad de un cambio de eje
El hartazgo contemporáneo no proviene simplemente de ver hombres en posiciones de autoridad, sino de comprobar que la lógica que rige nuestras instituciones —medición, cálculo, eficiencia, productividad— permanece intacta. Cambian los nombres, pero no cambian los criterios fundamentales. Hemos aprendido a optimizar procesos, maximizar resultados y acelerar decisiones, pero seguimos relegando aquello que no se deja cuantificar con facilidad: la formación del juicio, la conversación lenta, la cultura como espacio de discernimiento, la atención al detalle y la contemplación de la belleza.
Si en algún momento la rudeza fue funcional a la supervivencia, el estadio actual de la civilización exige otra cosa: no más velocidad, sino más criterio; no más imposición, sino más inteligencia práctica. Esto no es una tarea femenina contra los hombres, sino una tarea civilizatoria que pueden asumir hombres y mujeres por igual. Quizá lo que necesitamos no sea un cambio de turno, sino un cambio de eje: que las humanidades —la filosofía, la literatura, las artes— dejen de ocupar un lugar ornamental y vuelvan a incidir en la manera en que entendemos el progreso.
La pregunta abierta de Woolf y la familiaridad de Bartola
La pregunta que Woolf deja abierta no es quién debe mandar, sino bajo qué lógica se organiza la vida común. Y lo inquietante es que la lógica de Bartola —la del reparto funcional, la del cálculo primero y el sentido después— todavía nos resulta demasiado familiar. Este análisis nos invita a reflexionar sobre cómo las estructuras profundas de nuestra sociedad, arraigadas en la racionalidad instrumental, continúan moldeando nuestras vidas, incluso cuando intentamos avanzar hacia una mayor igualdad y justicia.
Instituto de Humanidades, Universidad Panamericana



