La lucha de un maestro volador por preservar una herencia milenaria en Papantla
En el corazón de la comunidad de El Chote, al norte de Veracruz, el eco de pasos infantiles que trazan círculos en el suelo no es un simple juego, sino un ritual de supervivencia cultural. Aquí, bajo la atenta mirada de un hombre que desafía los límites físicos, los niños aprenden a invocar al sol y a los vientos, manteniendo viva la sagrada danza de los Voladores de Papantla, una tradición totonaca que enfrenta el riesgo de desvanecerse ante el desinterés de las nuevas generaciones.
Alejandrino García: Un volador que enseña desde el suelo
Alejandrino García, un maestro volador que dedicó su vida a las alturas desde los 12 años, vio su movilidad truncada por un accidente. Sin embargo, desde su silla de ruedas, no ha permitido que esto detenga su misión. Desde el patio de una pequeña escuela, supervisa cada movimiento mientras su hijo, Eusebio, asciende por mástiles de hasta 40 metros para instruir a los más jóvenes en el arte de tocar la flauta y el tambor en la cima del mundo. "Todos mis hijos aprendieron, y Eusebio es quien domina lo más virtuoso: escalar y tocar los instrumentos", relató Alejandrino a Excélsior, destacando cómo su legado familiar se ha adaptado para preservar esta práctica ancestral.
El desafío: El desinterés creciente en las nuevas generaciones
A pesar de los esfuerzos, la transmisión de esta danza enfrenta obstáculos significativos. Actualmente, solo los niños de la familia de Alejandrino participan en los ensayos, donde se les ve marchar en círculos mientras Eusebio ejecuta melodías y su padre observa desde la distancia. El interés ha disminuido drásticamente, tanto entre padres como niños, quienes cuestionan el valor práctico de esta tradición. "Los jóvenes preguntan hacia dónde vamos y qué nos va a traer esto", señaló Alejandrino, reflejando un cambio en las prioridades que amenaza con erosionar este patrimonio cultural.
La danza de los Voladores: Un ritual de respeto a la naturaleza
La danza de los Voladores de Papantla es más que un espectáculo; es una expresión profunda de respeto a la naturaleza. En ella, cuatro personas trepan por un mástil fabricado con un tronco recién cortado, tras pedir permiso a los dioses y a la tierra. El caporal, sentado en la plataforma superior, toca melodías en honor al sol y los cuatro vientos, simbolizando una conexión espiritual con el universo. Eusebio, hijo de Alejandrino, explicó: "Ensayan para inculcar a los niños que esta danza no se pierda, usando el son del perdón para implorar antes de subir al palo volador". Este ritual, reconocido como Patrimonio Cultural Inmaterial por la UNESCO, requiere de una dedicación que hoy pocos están dispuestos a asumir.
El futuro incierto de una tradición en riesgo
La labor de Alejandrino y Eusebio representa un último bastión contra la pérdida de esta herencia totonaca. Mientras enseñan desde el suelo y las alturas, su lucha simboliza la resistencia cultural en un mundo donde las raíces indígenas a menudo son subestimadas. Sin un mayor apoyo y conciencia, esta danza milenaria podría desaparecer, llevándose consigo siglos de sabiduría y espiritualidad. La comunidad de El Chote se convierte así en un microcosmos de un desafío global: cómo preservar tradiciones ancestrales en una era de rápida modernización y cambio de valores.



