Pasón de Cristo en Iztapalapa: Un Mosaico de Fe y Comercio
Este Viernes Santo, la alcaldía Iztapalapa fue escenario de la 183ª representación de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, un evento que combinó devoción religiosa con una vibrante actividad comercial y social en las calles. La crónica de esta jornada revela una superposición única de símbolos y prácticas, donde lo sagrado y lo profano coexistieron sin fronteras claras.
Entre la Penitencia y el Consumo
Desde temprano, las calles de Iztapalapa, bajo la administración de Aleida Alavez, se transformaron en un bullicioso escenario. Mientras penitentes descalzos avanzaban cargando cruces de madera en actos de fe, a pocos metros, puestos informales ofrecían desde bebidas alcohólicas hasta artículos religiosos. Voces gritaban ofertas como "¡Ofertón, azulitos, 3 por 100!" desde barras improvisadas, donde vasos de colores intensos atraían a asistentes que caminaban con bebidas en mano, algunos con pigmento azul en la boca o escarchado de cerveza en los labios.
La variedad de bebidas incluía cervezas, mojitos, piñas coladas, jarritos de mezcal y tinto de verano, servidos en vasos de unicel y repletos de hielo para combatir el calor. Este ambiente contrastaba marcadamente con la solemnidad de los nazarenos vestidos con túnicas moradas y coronas de espinas, quienes recorrían en silencio los ocho barrios como parte de promesas personales o familiares.
Comercio Informal y Prácticas Esotéricas
El comercio informal fue un protagonista indiscutible de la jornada. Los puestos ofrecían una amplia gama de productos:
- Instrumentos de cocina de barro
- Dulces, juguetes y pan
- Garnachas, artesanías y plantas
- Ropa y comida, especialmente brochetas de cerdo y tacos, a pesar de ser vigilia
Además, se observaron prácticas esotéricas en el espacio público. Hombres disfrazados como calaveras entregaban papeles con mensajes de "suerte" a cambio de aportaciones voluntarias, mientras mujeres leían cartas de tarot por 50 pesos sobre cajas de cartón en la banqueta. Iconografía de la Santa Muerte compartía espacio con artículos religiosos tradicionales, reflejando una mezcla cultural única.
La Representación Escénica y la Tradición Familiar
La representación escénica del Viacrucis partió desde la Macroplaza del Barrio San Lucas, recorriendo los ocho barrios en una jornada de cinco a seis horas. Miles de personas siguieron los pasajes bíblicos, desplazándose conforme avanzaba la actuación. En paralelo, la actividad comercial y de feria continuaba, con juegos mecánicos operados en algunos casos por menores de edad, añadiendo ruido de bocinas y motores al ambiente.
La tradición familiar jugó un papel crucial. Saúl, un joven de 15 años, explicó su participación: "Es una tradición en mi familia... hoy venimos hasta con un vecino. Este es el primer año que vengo a ofrecer cargar la cruz, porque cumplí 15 años hace tres meses... vengo a pedir por la salud de mi abuelita, que tiene diabetes." Al finalizar su recorrido, se reunió con más de 25 familiares para compartir una comida en la banqueta, ilustrando cómo este evento une a las comunidades.
Clímax en el Cerro de la Estrella
El ascenso al Cerro de la Estrella marcó el clímax de la representación, con la escenificación de la crucifixión frente a una multitud congregada en las laderas. Grupos de mujeres oraban en voz alta, repitiendo "Perdónalos, Señor", mientras a unas calles de distancia, las ventas, bebidas y lecturas de cartas proseguían sin interrupciones. Esta falta de delimitación entre lo religioso y lo secular caracterizó toda la jornada, mostrando cómo el espacio público acoge múltiples dinámicas simultáneamente.
En su primera edición tras ser declarada Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO, la Pasión de Cristo en Iztapalapa demostró ser más que un acto religioso; es un fenómeno social que refleja la diversidad y complejidad de la vida urbana en la Ciudad de México.



