Qué nostalgia provocan aquellas tardes de sábado en las que la familia planeaba salir al día siguiente de paseo. Ir de día de campo era maravilloso, pues representaba la oportunidad ideal para respirar aire puro y llenarse de ese regalo divino que hoy poco apreciamos: la naturaleza. Admirar montes y valles, ríos de agua cristalina, el trinar de los pájaros, el cielo azul con nubes algodonosas que formaban increíbles figuras.
La preparación del día de campo
Pero vayamos por partes. Primero, la revisión del auto: niveles de gasolina, aceites, agua del radiador, batería, presión de llantas. Luego, asistir a misa temprano, preparar el bastimento y trazar la ruta a seguir. Tomábamos la carretera y, en algún lugar del camino donde veíamos una buena fronda, mi papá orillaba el coche y nos instalábamos para disfrutar de un día divertido en familia.
Mientras mi mamá ponía un mantelito y sacaba los sándwiches y la fruta, mi papá se ocupaba de colocar una soga para un columpio. Mi hermano y yo, provistos de nuestras correspondientes varitas, dábamos un paseo por los alrededores como incipientes exploradores en territorios desconocidos. Lo de las varitas tenía su explicación: mi papá decía que en el campo era necesario llevar una ramita de árbol lo suficientemente larga, fuerte y liviana para abrir terreno en los breñales y, eventualmente, defendernos de algún animal. Así que era lo primero que hacíamos.
El regreso y la merienda
Bastaba la voz de mis papás: “ya vénganse, niños”, para que emprendiéramos la carrera de regreso. Chapeteados por la asoleada y la correteada, se nos hacía tarde para que mi papá sacara de la hielera los refrescos bien fríos, apagando la sed y disfrutando de esos sandwichitos que sabían a gloria. ¡Qué delicia, en medio del calorón, sentarse al abrigo de la sombra de los árboles y saborear un Kist, un Hiltom o un Orange Crush bien frío!
Después de disfrutar del columpio rudimentario pero efectivo, o de trazar dibujitos en la tierra, escuchar el sonido de la naturaleza y darnos una remojadita en el arroyito, seguíamos los consejos de mi papá: “hay que dejar este lugar como nos lo encontramos, como si nadie hubiera venido”. Emprendíamos contentos el regreso a casa tras haber estado toda la mañana y parte de la tarde al aire libre, en contacto con el sol, la naturaleza, respirando aire puro y con la tranquilidad que solo el campo y sus hermosos paisajes pueden dar.
La hospitalidad del campo
Muchos predios o parcelas no estaban limitados con lienzos de piedra o cercos de alambre; se podía ingresar con cierta libertad y jamás tuvimos problemas por permanecer un rato en propiedad ajena. Incluso, en más de una ocasión, el dueño generosamente nos invitó a adentrarnos en su terreno. Recuerdo una vez, rumbo a Zacoalco de Torres, a la altura de Catarina, en uno de esos maravillosos días de campo. Apenas bajábamos las cosas del coche para colocarlas bajo la sombra de un árbol frondoso que nos daría guarida en un día soleado, cuando un señor montado a caballo nos salió al paso. Contrariamente a lo que pudiera suponerse, nos invitó a recorrer su ranchito. Nos dijo que tenía una pequeña huerta y que si nos gustaría pasar un rato entre guayabos, naranjos, limones y unos árboles de guamúchil; tenía gallinas, sus vaquitas, unos guajolotes y unos borreguitos. Incluso nos invitó a montar a caballo, un gesto de hospitalidad ahora imposible de creer. Ese fue uno de los días de campo que recuerdo con más cariño. Regresamos a casa felices, con la cajuela llena de fruta y en las alforjas una amistad que mi padre forjó poco a poco con el señor Ponciano. Un sueño hecho realidad, posible porque en esos tiempos la decencia, el respeto, la hospitalidad y la amabilidad eran los más preciados tesoros de la vida en sociedad.
Más que días de campo: pueblear y juegos
Pero la convivencia familiar no se daba solo en los días de campo. Mi papá también nos llevaba a “pueblear”. Cuando íbamos a un destino como Ciudad Guzmán, hacíamos paradas en Santa Ana Acatlán, Catarina, Zacoalco, Techaluta, Amacueca, Sayula, Usmajac, Gómez Farías. Así conocí gran parte del estado de Jalisco, sus bellísimos rincones, lo mismo hacia el sur, la costa, los Altos, la zona norte como Bolaños, Mezquitic, Huejúcar, Colotlán. Siempre regresábamos cargados de cosas que comprábamos: fruta fresca, hortaliza y las infaltables flores silvestres que cortábamos a la orilla de la carretera, ya pardeando, como decía mi papá. Antes era muy seguro viajar; era un verdadero placer.
Y si no salíamos de la ciudad, el fin de semana también en familia disfrutábamos de juegos como el de serpientes y escaleras, turista mundial o la lotería, que era súper divertido cantando las cartas: ¡el catrín!, ¡la luna!, ¡la bandera!, ¡el valiente! Conforme se mostraban las cartas con las imágenes, íbamos poniendo frijolitos en nuestros cartoncitos hasta el esperado ¡loteríaaaaaa!, que momentáneamente ponía fin al juego. Por supuesto no faltaba el que, faltándole una sola cartita, preguntaba con asombro: “¿ya salió la sirenita?”. Y cuando los demás le decían: “¡fue de las primeras que salieron!”, no le quedaba más que hacer una mueca de resignación y pensar que en el siguiente juego tendría que ponerse más listo.
Otras actividades y el contraste actual
También los fines de semana aprovechábamos para ir al cine, o al centro a comprar zapatos y ropa, a mirar los aparadores en las tiendas de aquella época como las joyerías, la zapatería Las BBB, El Famoso 33, La Casa Colorada. Por la tarde del domingo escuchábamos las serenatas en la Plaza de Armas con la Banda del Estado o la Municipal, con sus grandes interpretaciones de música clásica y popular, veíamos a la gente pasar y a los vendedores de ramitos de gardenias, globos, manzanitas caramelizadas.
Muchos y muy gratos recuerdos vienen a mi mente de esos tiempos, sobre todo de unión familiar y convivencia, que es lo que más se extraña hoy día. Me ha tocado ver, sentada en la misma banca, a una pareja observando detenidamente su respectivo teléfono celular, sin ningún tipo de interacción, alejados por completo de todo lo que acontece a su alrededor y de ellos mismos; es decir, están juntos, pero no unidos.
Como siempre, la página se llena de inmediato con unos recuerdos que traen otros. Ojalá que esta columna haga lo propio con ustedes. Solo me resta agradecerles la bondad de su lectura e invitarlos a reencontrarnos aquí en El Informador el próximo domingo, si Dios quiere. Sí, claro, yo los espero con mi cafecito y mis bísquets con mantequilla y mermelada de fresa. Feliz domingo.



