En redes sociales y columnas de opinión se repite una idea que intenta explicar la relación de las nuevas generaciones con el dinero. Se argumenta que millennials y centennials ya no ahorran como sus padres porque metas como comprar una casa o construir un patrimonio se han vuelto inalcanzables. Ha surgido el término “nihilismo financiero” para describir una pérdida de fe en el futuro: si el sistema no recompensa el esfuerzo sostenido, el ahorro y las inversiones de largo plazo pierden sentido, y el presente se consume a través del gasto. Esta tendencia se vincula cada vez más con las mujeres, mientras que los hombres son asociados con la especulación en criptoactivos.
Contraste con Estados Unidos
Estudios recientes en Estados Unidos muestran un avance histórico en ahorro e inversión entre mujeres jóvenes. Según el Stanford Center on Longevity, el 71 por ciento de las mujeres reportó tener inversiones, cifra que sube al 74 por ciento entre millennials y al 77 por ciento entre centennials. Este optimismo sugiere que la educación financiera y las plataformas digitales están cerrando la brecha de género.
Realidad en México
En México, los datos oficiales cuentan una historia más compleja. La Encuesta Nacional de Inclusión Financiera (ENIF) 2024 indica que entre las mujeres de 18 a 29 años, el 77 por ciento ahorró en al menos un mecanismo formal o informal en el último año. Este grupo tiene la mayor incidencia de ahorro entre las mujeres y es donde menos se reporta quedarse sin fondos al cerrar el mes. Sin embargo, al observar a millennials y centennials en conjunto, las mujeres tienen un margen financiero más estrecho que los hombres: el 74 por ciento de las mujeres ahorró frente al 76 por ciento de los hombres. En formalización, solo el 61 por ciento de las mujeres tiene una cuenta formal contra el 68 por ciento de los hombres. En ahorro para el retiro, la cobertura femenina en Afore es del 36 por ciento frente al 48 por ciento masculina.
Desigualdad por ingreso
Al ordenar a las centennials por nivel de ingreso, el ahorro total se mantiene alto (85 por ciento en el cuartil más bajo y 86 por ciento en el más alto), pero el ahorro formal salta del 28 por ciento al 51 por ciento. En Afore, la cobertura pasa del 12 por ciento al 52 por ciento. Entre las millennials, la desigualdad es aún más marcada: el ahorro total sube del 71 por ciento al 88 por ciento, el acceso a cuentas bancarias del 24 por ciento al 60 por ciento, y la tenencia de Afore del 27 por ciento al 73 por ciento.
Estas cifras confirman que el salario no solo mejora la capacidad de ahorro, sino que determina si ese capital puede convertirse en patrimonio. El nihilismo financiero no es apatía generacional, sino un debilitamiento de la expectativa de que el esfuerzo de hoy se traduzca en un futuro mejor. Para muchas mujeres, el presente es tan estrecho que el largo plazo ha dejado de ser una categoría real en su toma de decisiones.
Implicaciones de política pública
La pregunta relevante ya no es si las nuevas generaciones superan a sus madres o se han rendido al consumo impulsivo. Los datos obligan a desconfiar de esos relatos simplistas. Cuando la ENIF pregunta por qué no hacen aportaciones voluntarias al retiro, la respuesta más común es que el dinero no alcanza. Esto evidencia una fractura profunda donde la desigualdad material dicta las reglas por debajo de los discursos de empoderamiento. Mientras un grupo de mujeres construye una relación estratégica con sus ingresos, otro sector mayoritario sigue atrapado en una economía de supervivencia, donde no se elige entre ahorrar o invertir, sino entre pagar lo básico hoy o postergar el futuro.
Nota: Millennials nacidos entre 1981 y 1996; centennials o generación Z entre 1997 y 2012. Análisis de especialistas de la Universidad Iberoamericana, coordinado por el Departamento de Economía.



