La desaparición de las normas de cortesía en la sociedad contemporánea
Hace décadas, era habitual escuchar expresiones como "Buenos días tengan sus mercedes" al dirigirse a un grupo, o "Buenos días tenga su merced" en singular, con variantes nocturnas como "Santas y buenas noches tengan sus mercedes". Estas frases, heredadas de generaciones anteriores, reflejaban una época donde la educación, el comedimiento y la cordialidad eran sellos distintivos de la buena crianza, independientemente de la posición social o capacidad económica. Mientras la aristocracia exhibía modales refinados, los estratos sociales más bajos también se caracterizaban por una notable educación.
El saludo como llave maestra y la importancia del vestir
El saludo ha sido y sigue siendo una llave maestra que abre todas las puertas. Nada resulta más desagradable que una persona zafia, que cree merecerlo todo y no se molesta en saludar al llegar a un lugar o no responde a los saludos ajenos. Nuestros padres se molestaban profundamente si permanecíamos en silencio ante un saludo o no mostrábamos buenos modales desde el primer momento.
La educación se reflejaba incluso en el vestir. En aquellos años, el uso del sombrero era generalizado tanto en hombres como en mujeres, otorgándoles un aspecto más distinguido. Los sombreros de caballero, principalmente de fieltro en colores como negro, café, gris y azul, lucían una cinta de seda enmoñada alrededor de la copa. En cambio, los de las damas eran mucho más sofisticados, adornados con cintas de satín, seda o terciopelo, velos, coronas de pedrería, plumas, bordados, tul y diversos accesorios que las hacían lucir hermosas.
Reglas de etiqueta y costumbres sociales
Existía una regla no escrita pero siempre observada: caballero bajo techo, sombrero en el pecho, ya que se consideraba una falta de educación permanecer en un lugar cerrado con el sombrero puesto. Esta norma no aplicaba para las damas, quienes podían lucir sus sombreros en salones. El sombrero de fieltro era propio del otoño e invierno, mientras que el Panamá era ideal para primavera y verano. Muchos, como el padre y abuelo del autor, adquirían sus sombreros en la famosa Sombrerería Tardán de la Ciudad de México, ubicada frente al Palacio Nacional, famosa por el anuncio: "De Sonora a Yucatán, se usan sombreros Tardán".
Al cruzarse en la calle con una persona mayor o una dama, era costumbre descubrir la cabeza o al menos tocar la punta del sombrero en señal de respeto. Era una descortesía mantener la cabeza cubierta en presencia de una dama, y lo mismo ocurría al pasar frente a un templo, donde se descubría la cabeza y se santiguaba. También se quitaba el sombrero al paso de un cortejo fúnebre, tradición que aún perdura en poblaciones del interior del estado.
Los aficionados a las corridas de toros recordarán que, cuando un torero o novillero se presentaba por primera vez en la plaza, hacía su paseíllo inicial con la montera en la mano, como saludo respetuoso a la afición. Pequeños detalles que, como se ha mencionado, se van perdiendo con el tiempo.
Cambios religiosos y educativos
Antes del Concilio Vaticano II, cuando la misa se celebraba en latín y de espaldas al pueblo, los hombres debían ingresar al templo con la cabeza descubierta, mientras las mujeres podían usar sombreros o tocados. Fotografías de la época muestran a novias y damas de honor con elegantes sombreros. Las mujeres cubrían su cabeza con mantillas, pañoletas, chales o rebozos, y en ocasiones, si olvidaban estos accesorios, sus maridos les prestaban su pañuelo para poder entrar.
En cuanto a los saludos, tanto en el seno familiar como en las escuelas, se inculcaba a los pequeños la regla de urbanidad de saludar siempre a los mayores y contestar con voz fuerte y clara. Lamentablemente, hoy esta muestra de buena educación prácticamente ha desaparecido. El autor relata experiencias personales de no recibir respuesta a sus saludos, especialmente entre jóvenes, y nota que los padres ya no instruyen a sus hijos con frases como "hijo, contéstale al señor", comunes en épocas pasadas.
El legado del Manual de Carreño y la educación integral
Una cosa es la sencillez y practicidad, y otra muy distinta es ser mal educado. Los antiguos de la comarca recordarán el "Manual de urbanidad y buenas maneras" de Manuel Antonio Carreño, escrito en 1853, que debiera seguir siendo libro de cabecera en hogares y escuelas, adaptado a los tiempos actuales. Este manual contenía reglas de conducta social y moral, como el saludo, el uso de vestimenta decorosa, lenguaje apropiado sin palabras soeces, y comportamiento en lugares públicos y en la mesa, normas que hoy son de simple educación pero parecen imposibles de aplicar.
En la escuela primaria, las libretas de calificaciones incluían áreas de valoración como aplicación, aseo, puntualidad, conducta y asiduidad, reflejando una educación completa que iba más allá de la adquisición de conocimientos. El civismo y la urbanidad eran elementos complementarios, con materias como Civismo en secundaria, algo que hoy ha desaparecido tanto en escuelas como en hogares.
Un llamado a recuperar los valores esenciales
Ojalá, querido lector, si tiene oportunidad, obsequie a sus hijos o nietos las tres llaves maestras de la educación que abrirán muchas puertas: el saludo, pedir las cosas por favor y dar las gracias. La sociedad se lo agradecerá. Disfrute su café con bísquets crocantes, con mantequilla y mermelada de fresa, y aquí los espero en EL INFORMADOR el próximo domingo, si Dios quiere. Buenos días tengan sus mercedes.



