La formación del talento define la competitividad del país. Durante los últimos meses he insistido en distintos factores que condicionan la capacidad de México para crecer, atraer inversión y generar prosperidad. He hablado de seguridad, certidumbre jurídica, energía suficiente, infraestructura, productividad, innovación, integración de América del Norte y confianza empresarial. Todos son importantes, pero detrás de ellos hay un factor más profundo, de largo plazo, que explica muchas limitaciones estructurales. Ese factor es la educación.
Educación como base del crecimiento
Podemos diseñar planes de inversión, buscar nuevas cadenas de valor, fortalecer nuestra posición en la revisión del T-MEC y atraer empresas interesadas en relocalizar operaciones. Pero nada de eso será suficiente si no preparamos mejor a las nuevas generaciones y a los trabajadores. La inversión necesita seguridad, reglas claras y talento. La productividad requiere maquinaria, tecnología y capital, pero depende de personas capaces de aprender, innovar y adaptarse.
La educación no es un tema aislado
La educación no debe verse como un tema aislado de la agenda económica. Es una condición básica para competir. Una economía con baja calidad educativa limita su crecimiento, reduce la movilidad social, debilita su capacidad de atraer inversiones de mayor valor agregado y condena a millones de jóvenes a empleos de baja productividad. También afecta la vida pública, porque una ciudadanía menos formada tiene menos herramientas para defender su libertad y exigir resultados.
Libertad educativa y responsabilidad
En ese sentido, conviene recuperar una idea esencial. La educación debe partir de la dignidad de la persona, del papel insustituible de la familia y de la libertad educativa. Esta libertad no debilita la responsabilidad pública. La fortalece, porque reconoce que los padres tienen un derecho primario en la formación de sus hijos, que ningún gobierno puede resolver por sí solo el rezago acumulado y que la sociedad necesita una pluralidad de proyectos educativos.
Doble presión educativa
El problema es especialmente grave porque enfrentamos una doble presión. Por un lado, arrastramos déficits en comprensión lectora, matemáticas, ciencias, abandono escolar, infraestructura, formación docente y pertinencia de los contenidos. Por otro, el mundo productivo avanza hacia nuevas habilidades vinculadas con inteligencia artificial, automatización, datos, ciberseguridad, logística avanzada, energía y manufactura sofisticada. De mantenerse esa distancia entre escuela y economía, los proyectos de inversión pueden concentrarse en procesos de bajo contenido tecnológico.
Más allá de la cobertura
No basta con ampliar cobertura si no se mejora lo que los alumnos aprenden. No basta con repartir materiales si no se fortalece la escuela. No basta con hablar de inclusión si no se garantiza que los estudiantes egresen con habilidades reales para trabajar, emprender, crear y participar. También es necesario volver a poner el esfuerzo, el mérito y la responsabilidad en el centro de la conversación educativa. Una sociedad libre necesita oportunidades, pero también necesita formar carácter. El trabajo bien hecho, la disciplina, la lectura, el pensamiento lógico, el respeto a la verdad y la capacidad de diálogo son fundamentos de una economía competitiva y de una comunidad ordenada.
Agenda STEM con visión humanista
La agenda STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas) debe entenderse en este marco. Necesitamos desarrollar talento técnico, científico y digital capaz de integrarse a sectores estratégicos. Pero ese talento también necesita una formación humanista que dé sentido a la técnica, acompañada de ética, cultura del trabajo, respeto a la persona y compromiso con la comunidad.
Participación empresarial
Las empresas tienen una tarea relevante. Deben participar en la formación dual, abrir espacios de aprendizaje, vincularse con universidades, apoyar la capacitación continua y contribuir a que los planes de estudio dialoguen con la realidad productiva. Esa participación debe hacerse con visión de futuro, porque la educación no puede reducirse a entrenamiento laboral. Formar trabajadores competentes es indispensable, pero formar personas libres y responsables es todavía más importante.
Productividad y educación
La productividad mexicana lleva décadas mostrando debilidad. Una parte de esa explicación se encuentra en la baja inversión, en la informalidad, en la inseguridad y en la falta de certidumbre. Otra parte está en la educación. Cuando los egresados llegan al mercado laboral con deficiencias en lectura, matemáticas, habilidades digitales o pensamiento crítico, la economía asume el costo. Las empresas lo enfrentan en capacitación remedial, lo pagan los trabajadores en menores ingresos y lo paga el país en menor crecimiento.
Política educativa de largo plazo
Se necesita una política educativa de largo plazo, con evaluación, transparencia y metas verificables. Debe medirse lo que aprenden los alumnos, corregirse lo que no funciona, reconocer a los buenos maestros, formar mejor a quienes están frente a grupo y evitar que la educación quede subordinada a intereses políticos o ideológicos.
Oportunidad histórica
Estamos ante una oportunidad importante por la reconfiguración de las cadenas globales de valor, la revisión del T-MEC, el avance tecnológico y la cercanía con el mercado más grande del mundo. Pero solo podrá traducirse en crecimiento si fortalecemos nuestra base humana. La prosperidad requiere instituciones confiables, inversión productiva, seguridad, infraestructura, energía suficiente y empresas capaces de crecer, pero también exige colocar la educación en el centro, con libertad, calidad, responsabilidad y visión de futuro. Sin esa base, cualquier estrategia económica quedará incompleta.



