La evaluación de propuestas doctorales en medicina: un proceso crítico
Como cada semestre, la semana pasada participé como sinodal en los exámenes de ingreso a uno de los posgrados de medicina para realizar un doctorado en la Universidad Nacional Autónoma de México. En este ejercicio académico fundamental, el alumno presenta la propuesta de trabajo que pretende desarrollar para elaborar una tesis que justifique la obtención del grado doctoral.
Los criterios esenciales de evaluación
Durante el examen, es crucial que el candidato demuestre que comprende claramente el fundamento del trabajo que propone. Debe mostrar un conocimiento detallado del estado del arte en su tema de investigación y tener claro qué aspectos permanecen desconocidos, por qué es importante investigarlos y cómo la generación de nuevo conocimiento contribuirá al avance del campo médico.
El aspirante también necesita evidenciar que tiene claridad sobre la metodología y las estrategias que se emplearán para abordar el problema científico, así como las alternativas disponibles. No se exige dominio absoluto de las metodologías, pues esto forma parte del aprendizaje durante el doctorado, pero sí es fundamental que las entienda conceptualmente.
La doble evaluación: alumno y tutor
En estos exámenes, la presentación del candidato no solo permite evaluar al estudiante, sino también indirectamente a quien será su tutor. El proyecto lo propone y diseña principalmente el tutor, mientras que el alumno, que generalmente acaba de terminar su licenciatura, posee un conocimiento limitado sobre diseño experimental, particularmente si proviene de la carrera de medicina donde la enseñanza de investigación científica no es parte central del currículum.
No es infrecuente encontrar alumnos talentosos que comprenden bien su tema, pero cuya propuesta de tesis doctoral carece de originalidad suficiente para justificar un doctorado, o presenta un diseño deficiente que pone en riesgo el desarrollo del proyecto. Esta situación genera preocupación porque, una vez que un alumno inicia el doctorado, recibirá una beca y tendrá un tiempo limitado para obtener el grado, enfrentando serios problemas si no lo logra.
Un dilema ético y académico
Lo anterior crea una disyuntiva difícil de resolver: ¿no aprobar a un buen alumno porque la propuesta que le proporcionó su tutor es insuficiente o de baja calidad? En este escenario, el reprobado sería realmente el tutor, pero quien está siendo evaluado formalmente es el alumno. Por otro lado, tampoco es deseable aprobar a un estudiante competente con una tesis de calidad cuestionable.
La alternativa sería hacer comentarios sobre las deficiencias del proyecto, pero el tutor puede o no tomarlos en consideración. En algunas ocasiones, he logrado que alumnos decidan buscar un mejor tutor, guiados por otros académicos o estudiantes de mayor experiencia, obteniendo resultados muy positivos.
El caso preocupante del tutor remoto
La semana pasada ocurrió una situación particularmente preocupante. Una alumna presentó su propuesta de tesis doctoral para ser realizada en un Instituto de Salud en la Ciudad de México, pero quien fungirá como tutor, aunque de nacionalidad mexicana, vive y trabaja en una universidad fuera del país.
Al respecto, estudios realizados por la revista Nature con más de 3,700 estudiantes de doctorado en todo el mundo (Nature, 646:1013, 2025) demostraron que el principal factor asociado al bienestar de los doctorantes es el tiempo que el tutor les dedica semanalmente. Mientras menor sea el contacto entre tutor y alumno, menor será el bienestar del estudiante.
La responsabilidad de formar doctores
La responsabilidad de formar un doctor en ciencias es enorme. Personalmente, estoy en mi laboratorio todos los días. La interacción con mis alumnos de doctorado es diaria, intensa y de muchas horas semanales. Nos reunimos para planear experimentos, discutir ciencia, revisar artículos, resolver dudas e incluso para conversar sobre una película, el juego de la NFL del domingo o alguna anécdota personal.
Yo no aceptaría ser tutor de un alumno de doctorado por videoconferencia una hora a la semana. La pregunta que queda en el aire es: ¿qué haría el amable lector en este caso?
Dr. Gerardo Gamba
Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán e
Instituto de Investigaciones Biomédicas, UNAM
