El libro de texto que dividió a México y desapareció sin dejar rastro
¿Alguna vez existió un conflicto verdadero en torno a un libro de texto gratuito mexicano? La respuesta es afirmativa, y su episodio más intenso ocurrió hace treinta y cuatro años, cuando un texto educativo logró lo inusitado: no dejó a nadie contento y unificó a sectores opuestos en su rechazo.
La reforma educativa que desató la tormenta
En el ciclo escolar 1992-1993, el gobierno de Carlos Salinas de Gortari implementó una nueva propuesta educativa que priorizaba el fortalecimiento de la educación primaria. Entre las medidas emergentes destacaban el reforzamiento de las matemáticas y el fomento del hábito de la lectura. Sin embargo, el cambio más notable fue la desaparición de la asignatura de Ciencias Sociales, que durante veinte años había formado a los mexicanos, para regresar al civismo, la geografía y la historia.
Aquél ciclo fue declarado oficialmente como "Año Escolar para el Estudio de la Historia de México", fundamentado en la percepción de que el conocimiento del pasado era pobre entre los escolares del país. La herramienta central de esta transformación fueron dos libros de historia: uno para cuarto año y otro para quinto y sexto grados de primaria.
El entonces secretario de Educación Pública, Ernesto Zedillo Ponce de León, quien años después llegaría a la presidencia de la República, no imaginó la tormenta que desatarían estos nuevos materiales educativos.
Un cambio estructural con consecuencias imprevistas
Para 1992, la estructura de producción de libros de texto gratuitos había experimentado una transformación fundamental. La Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuitos (Conaliteg), fundada por Martín Luis Guzmán -quien falleció en 1976-, había perdido las formidables facultades que tenía en sus orígenes.
En la década de los ochenta, la Conaliteg se convirtió en un organismo descentralizado con recursos y patrimonio propios, pero sus responsabilidades se limitaron a la impresión y distribución de los libros. La determinación de los contenidos pasó completamente a manos de la Secretaría de Educación Pública, que durante aproximadamente una década se había limitado a realizar ajustes menores a los libros de la reforma echeverrista.
Los nuevos libros de historia, elaborados por un equipo de historiadores e intelectuales encabezado por Enrique Florescano, se suponían la primera herramienta palpable del replanteamiento educativo. Sin embargo, las quejas surgieron casi inmediatamente después de su producción en agosto de 1992.
Las críticas que surgieron desde todos los frentes
El magisterio nacional protestó porque, contrariando los acuerdos para la reforma educativa, los libros no habían sido consensuados con los profesores del país. Especialistas en educación cuestionaron que los materiales carecían de sentido y tratamiento pedagógicos adecuados.
Desde el ámbito intelectual surgieron denuncias de una "reivindicación" de Porfirio Díaz y sus treinta años de presidencia. Otros reclamaron la ausencia de figuras emblemáticas como:
- El Pípila, quien según la tradición prendió fuego a la Alhóndiga de Granaditas
- Narciso Mendoza, el Niño Artillero
El tratamiento de la figura de Agustín de Iturbide también generó malestar entre quienes preferían mantener la versión decretada durante el gobierno de Luis Echeverría, que colocaba a Vicente Guerrero como el esencial y único consumador de la independencia.
La polémica que llegó hasta la actualidad política
Los nuevos libros, a diferencia de sus antecesores que solían quedarse cortos en el tratamiento del presente, llegaban hasta las elecciones de 1988 y el triunfo electoral de Carlos Salinas de Gortari. Aunque el equipo de autores insistió en que buscaban reflejar los avances de la investigación histórica en México, muchos se mostraron inconformes en un momento político particularmente delicado.
Nadie había olvidado los cuestionamientos que los movimientos de oposición hicieron a los comicios en los que Salinas de Gortari ganó la presidencia. Algunos autores llegaron a acusar a los libros de establecer una cierta equivalencia entre los regímenes porfirista y salinista, e incluso afirmaron que los materiales estaban diseñados para promover, ¡entre niños de cuarto, quinto y sexto grado de primaria!, una eventual reelección de Carlos Salinas.
El ejército y los contenidos sensibles
Uno de los sectores más molestos fueron las Fuerzas Armadas. Los libros plantearon por primera vez los sucesos de 1968 para estudiantes de primaria en apenas diecisiete renglones que causaron profunda incomodidad.
El texto describía: "El 2 de octubre, días antes de la inauguración de los Juegos Olímpicos, un mitin estudiantil fue disuelto por el ejército en Tlatelolco. Corrió la sangre y la ciudad se estremeció. No se sabe cuántos murieron. El milagro mexicano parecía llegar a su fin". Las quejas señalaban que esta redacción hacía parecer la acción del ejército como espontánea, sin mencionar la responsabilidad del presidente Gustavo Díaz Ordaz.
Otra molestia que trascendió fue la ausencia de la historia de los Niños Héroes de Chapultepec. Aunque se hablaba de la invasión estadounidense de 1847 y de la defensa del castillo por los alumnos del Colegio Militar, la narración emotiva y edificante de los seis jóvenes muertos -que durante décadas se usó para inspirar el amor a la patria- había desaparecido completamente.
El gesto conciliador que no alcanzó
En medio del creciente descontento, reflejado diariamente en notas y artículos críticos en la prensa nacional, el gobierno federal intentó un gesto conciliador. El secretario de Educación Pública, Ernesto Zedillo, fue el orador principal en la conmemoración de la batalla de Chapultepec y el homenaje a los cadetes caídos.
Aunque la voluntad de atenuar la irritación era evidente, el asunto no terminó ahí. Desde la izquierda, algunos intelectuales también echaban en falta a los Niños Héroes. Además, se cuestionó el proceso de fabricación de los libros, que habían sido producidos por grandes imprentas externas en lugar de utilizar los canales establecidos de la Conaliteg, quebrantando así las normas para la producción de materiales educativos federales.
La unificación inesperada en el rechazo
Para 1992 quedó evidente que algo había cambiado en México: ya no solo se cuestionaban los contenidos educativos, sino también cómo se producían y qué ocurría con el dinero gastado en ello. El gobierno federal logró algo insólito: unificar a múltiples sectores relevantes de la vida pública mexicana -por razones e intereses diferentes- en contra de aquellos tres libros de texto gratuitos.
El tiraje conjunto de estos materiales era de 3 millones 505 mil ejemplares, apenas un fragmento de la producción anual requerida, pero suficiente para desatar una de las polémicas educativas más intensas de la historia reciente de México.
La retirada y el epílogo con huecos
Ante la presión generalizada, el gobierno federal cedió: anunció que esos libros ya no serían utilizados en las aulas. Se convocó a un concurso para producir nuevos materiales y, aunque hubo ganadores y se escribieron textos alternativos, tampoco llegaron a las aulas por decisión de la SEP. Finalmente, se produjeron nuevos libros con los que se formaron los millenials, los adultos jóvenes del presente.
Desde la polémica de 1992, no volvió a darse una disputa tan intensa por los libros de texto gratuitos sino hasta el sexenio de Andrés Manuel López Obrador, capítulo de nuestra historia educativa que todavía no termina. Entre estos dos momentos, estuvieron las 117 faltas de ortografía detectadas en libros de primaria en años posteriores, errores que se resolvieron con materiales correctivos.
Dada nuestra tendencia a la desmemoria de lo ocurrido hace pocas décadas, la virulenta discusión por los libros de 1992 es casi un recuerdo borrado. Los textos resultaron tan incómodos que hoy son inconseguibles e inconsultables. Ni siquiera la Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuitos tiene la versión digitalizada en su archivo histórico disponible para consulta en internet, dejando un hueco documental en la historia de la educación mexicana.



