La Alegoría del Poder: De Rushdie al Espectáculo de Marx Arriaga en la SEP
Cuando reflexionamos sobre el poder político, inevitablemente acude a la mente una poderosa alegoría literaria del escritor Salman Rushdie. En una de sus novelas, presenta una metáfora donde el poder es un palacio sin puertas ni ventanas, y el primer desafío es encontrar la entrada. Una vez dentro, el aspirante debe ascender por una serie de cuartos, enfrentando en cada uno figuras simbólicas como un chacal, un perro rabioso, un oso hambriento y un astuto zorro.
La clave de esta alegoría, según el diplomático que la narra, es que no se debe llegar al palacio del poder como un suplicante, sino como un guerrero. Este guerrero debe portar carne como señuelo y una espada para eliminar cada obstáculo. Al alcanzar el cuarto final, donde habita el hombre empequeñecido que personifica el poder, no debe decapitarlo, sino pedirle lo que más desea y obtener otro saco de carne para enfrentar a las aves rapaces que acechan en la salida.
La Comedia de Errores de Marx Arriaga
Esta reflexión literaria cobra una vigencia sorprendente al analizar el reciente espectáculo protagonizado por Marx Arriaga, quien fuera director general de Materiales Educativos de la Secretaría de Educación Pública (SEP). Su destitución y posterior atrincheramiento en su oficina por más de 100 horas desembocaron en un escenario propio de esta nueva etapa del morenismo.
Arriaga justificó su resistencia como una defensa de los libros de texto gratuitos, que describió como un ejemplo del humanismo mexicano. Sin embargo, más allá de esa retórica, los hechos revelan un reacomodo dentro de la clase gobernante impulsado por la presidenta Claudia Sheinbaum.
La salida de Arriaga, al igual que la de José Antonio Romero Tellaeche del CIDE, no respondió a criterios técnicos ni a su demostrada incapacidad o las acusaciones de violencia contra su personal. El motivo real fue su negativa a plegarse al proyecto vigente. Ambos funcionarios hicieron amagos de resistencia, pero solo Arriaga extendió su protesta, terminando ambos sin puesto y públicamente derrotados.
La Lección No Aprendida
Resulta evidente que ni Arriaga ni Tellaeche comprendieron la alegoría del poder presentada por Salman Rushdie. El poder no es una posesión estática; aferrarse a él conduce inevitablemente a la derrota. Siempre habrá otros que ambicionen lo que uno posee, y estos contendientes no llegarán como suplicantes, sino como guerreros dispuestos a luchar.
El personalismo en el ejercicio del poder es un pésimo consejero que condena a la irrelevancia. En su camino destructivo, no solo aniquila a quien se asume como poseedor del poder, sino que también arrasa con cualquier atisbo de confianza e institucionalidad.
Marx Arriaga, bautizado irónicamente como "Shalimarx" en referencia a la novela de Rushdie, creyó que su gesta heroica evocaba el plantón de AMLO tras la elección de 2006. Sin embargo, como advirtió Karl Marx (cuyo nombre lleva nuestro personaje), los hechos históricos se repiten dos veces: primero como tragedia y luego como farsa.
Arriaga se convirtió en esa farsa, en el sujeto empequeñecido del último cuarto del poder: consumido por haber llegado a la cima, sin entender que el poder nunca es una posesión personal. En lugar de retirarse con dignidad y dejar que sus eventuales logros se defendieran por sí solos, eligió perderlo todo en la salida, defenestrado y con un cuadro mísero de Marx como testimonio final de su lucha farsante.
La reflexión final del diplomático en la alegoría de Rushdie resuena con fuerza: "la Libertad no es una fiesta de té, la Libertad es una guerra". En el palacio del poder, solo los guerreros que comprenden las reglas del juego sobreviven; los suplicantes, como Arriaga, terminan devorados por las aves rapaces de la realidad política.