Congelar el pan no solo alarga su vida útil, sino que también aporta beneficios para la salud, especialmente en la regulación de la glucosa y el cuidado de la microbiota intestinal. Según la Dra. Sara Marin Berbell, experta en microbiota, este proceso transforma el almidón del pan en almidón resistente, una forma menos digerible que actúa como fibra en el organismo.
El almidón resistente libera azúcares de manera más lenta en el torrente sanguíneo, lo que reduce los picos de glucosa y mejora la respuesta glicémica. Además, al comportarse como fibra, aumenta la sensación de saciedad, convirtiéndose en un aliado para el control de peso.
En el intestino, el almidón resistente llega intacto al colon, donde alimenta la microbiota intestinal. Las bacterias lo fermentan y producen butirato, un ácido graso que protege la mucosa intestinal, reduce la inflamación y favorece un pH saludable. Esto contribuye a una mejor digestión y fortalece el sistema inmunitario.
Para obtener estos beneficios, los expertos recomiendan congelar pan de buena calidad o casero, ya que los panes industriales ofrecen menores mejoras. Al descongelarlo, se puede hacer a temperatura ambiente o en el refrigerador, cubriéndolo con un trapo limpio para evitar que se reseque. Tostar el pan después de descongelarlo reduce aún más la respuesta glucémica y mejora su textura y sabor.



