El Mundial que nos devolvió a México: fiesta espontánea en medio de grietas sociales
Mundial devuelve a México fiesta espontánea

El Mundial de fútbol 2026 ha desatado una celebración única en México, una fiesta que surge desde las calles y avenidas, no desde el Estado. Este evento ha permitido a los mexicanos recordar lo que significa estar en una fiesta nacional auténtica, lejos de ritos impostados como la ceremonia del Grito, que pertenece al gobierno y del que el pueblo participa de manera forzada.

Una fiesta que florece entre grietas

En un país marcado por profundas grietas sociales, una crisis de inseguridad, decenas de miles de desaparecidos y cientos de miles de asesinados, el Mundial ha logrado brotar como un diente de león que florece en el concreto. La capacidad de los mexicanos para convertir un deporte en una celebración desbordante de alegría y espontaneidad sorprende a propios y extranjeros. Como señala el escritor Juan Villoro, el fútbol permite un "perpetuo estado de infancia" y los mexicanos se celebran a sí mismos para no tener que celebrar a su equipo, aunque la esperanza sea lo único que muere.

El impacto del Mundial es tan profundo que incluso el crimen organizado se ha visto absorbido por el evento. Según el diario español El País, el 17 de junio se reportó que "la fiesta del Mundial afianza la reducción de los asesinatos en México. El país registró el día del partido inaugural y este martes dos de las jornadas con menos homicidios dolosos de la última década, una tendencia que se ha consolidado en el último año".

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Desconexión del gobierno y apropiación ciudadana

A pesar de la euforia social, es notoria la poca atención que Palacio Nacional ha prestado al fenómeno. La emoción colectiva existe, pero no ha sido canalizada políticamente. El gobierno organizó el evento de manera burocrática, cumpliendo con la cuota de organizar un Mundial compartido con Estados Unidos y Canadá, pero sin entender el significado emocional que el fútbol tiene para millones de mexicanos. Aunque logró un titular en The Guardian, muchos mexicanos no pudieron acceder a los estadios, pero llenaron las calles, plazas públicas y restaurantes.

El Mundial ha generado una fiesta propia, la de México, la de las calles y avenidas, no del Estado. Es un evento que recuerda a los mexicanos algo que a menudo olvidan de sí mismos: su herencia de hospitalidad, generosidad y capacidad de recibir a otros, ahorrando para tener una fiesta en la que celebrar juntos. La mirada sorprendida de los extranjeros resalta esta enorme capacidad de acogida, independiente de la escasez material, basada en una mentalidad de abundancia al compartir alegrías y comida.

Celebrar sin resolver las heridas

Lo sorprendente no es que México organice un Mundial, sino que sea capaz de celebrar sin haber resuelto sus heridas. Muchos países festejan porque están bien; México festeja mientras carga con sus desaparecidos, sus muertos, sus injusticias y sus desencantos. No celebra porque ignore el dolor, sino porque ha aprendido a convivir con él. Como dice el artículo, "¿Para qué quieres un festival de color si no tienes los colores en el corazón compartido para celebrar?" Así, entre grietas, llenos de dolor, tomados de la mano de la tragedia de los desaparecidos y las madres buscadoras, de la corrupción y el descaro del gobierno, los mexicanos tienen un germen interno que recibe con entusiasmo la capacidad de celebrar.

En medio del dolor, siempre encontrarán lugar para celebrar en las grietas del corazón. Como México no hay dos.

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