Los sensores que antes detectaban señales de vida ya no emiten sonido alguno. El silencio se ha instalado en las zonas más devastadas por los terremotos que sacudieron Venezuela, donde los equipos de rescate han comenzado a cerrar operaciones sin éxito. Tras 30 horas de trabajo continuo, una brigada de rescatistas se retiró de los escombros de un edificio colapsado en La Guaira, sin haber logrado extraer a ninguna persona con vida.
Horas antes, otro grupo había celebrado el rescate de un hombre de 43 años que sobrevivió ocho días bajo los escombros. Sin embargo, esa alegría fue efímera. El doble sismo, ocurrido el 23 de junio de 2026, ha dejado un saldo oficial de 2,300 muertos, miles de heridos y un número aún indeterminado de desaparecidos. Las labores de búsqueda se concentran ahora en La Guaira, el balneario más afectado, y en sectores de Caracas.
La angustia de los familiares
Hernán Sandoval, un marinero de 26 años, busca incansablemente a su hijo Ronald, de 8 años, y a sus dos sobrinos. Ha recorrido hospitales, albergues y redes sociales sin éxito. "Dios, ¿por qué te llevas a mi hijo si es un ángel?", se pregunta. "Yo mantengo mucha fe", añade, mientras observa cómo los rescatistas se alejan de la estructura donde esperaba encontrar a los menores.
La última evaluación con equipos de radiofrecuencia no arrojó señales de vida. Los socorristas se reúnen en círculo, discuten en voz baja y toman la decisión: "No hay nada que hacer. Se levanta la operación". Las posibilidades de hallar sobrevivientes se desvanecen con cada hora que pasa. Un rescatista explica que el cuerpo humano puede resistir hasta siete días sin agua, pero ya han transcurrido ocho desde el terremoto. Las condiciones de calor extremo en La Guaira reducen aún más ese margen.
Falta de apoyo gubernamental
"No hay apoyo", denuncia Marina Castillo, de 67 años, quien espera que la ayuden a recuperar el cadáver de su nieto Alexandro de Guidice, un estudiante de derecho de 24 años. "Ha sido horrible". Su queja se repite entre la población, que critica la inacción del gobierno a pesar de la llegada de refuerzos de 27 países. Vecinos, familiares y voluntarios comenzaron a remover escombros con picos y palas desde el primer momento, pero el esfuerzo resulta insuficiente.
Castillo logró localizar el cuerpo de su nieto con ayuda de voluntarios que cavaron entre los escombros. "Llegamos a su apartamento, vimos todos sus libros de derecho, sus expedientes. Es terrible", relata. "Lo que quiero ahorita es que me lo saquen".
Un rescatista mexicano, que pidió no ser identificado, explicó que sus equipos de radiofrecuencia detectaron señales de vida en otro edificio, pero no lograron establecer contacto. "Cavamos y sacamos escombros, y nada", dice. Piden silencio, la policía ordena apagar los motores de los autos, y un rescatista exclama: "¡Somos rescatistas, haga ruido!". No hay respuesta. Estima que el viernes, día nueve desde la tragedia, será su último día de búsqueda.
Esfuerzos internacionales y locales
Una brigada estadounidense desplegó perros de búsqueda y utilizó un dispositivo ultrasensible para detectar sonidos, pero tampoco obtuvo resultados. Casi 200 edificios colapsaron totalmente en La Guaira y Caracas, según cifras oficiales. En una vivienda, Mirosnel Gordon escribió con pintura negra en la fachada verde: "Auxilio, aquí está mi madre muerta". La familia cubrió el cuerpo con cal para retardar la descomposición mientras esperan maquinaria para retirar una viga que lo aprisiona.
Jonathan Soto llegó desde el estado Anzoátegui, a 500 kilómetros, con una retroexcavadora para apoyar las labores. "La gente clama su ayuda, pero uno no puede irse y meterse así como así", explica, pidiendo calma. Afuera del conjunto donde está desaparecida la suegra de Joan Manuel Lucena, los rescatistas no encontraron señales de vida. "Pero de aquí no nos vamos a mover, así que los sacamos vivos o muertos", asegura.
El hedor a muerte que impregna La Guaira sorpresivamente no se siente, pero la resignación crece. Las operaciones de rescate se cierran una tras otra, mientras los familiares se aferran a la esperanza o exigen al menos recuperar los cuerpos de sus seres queridos.



