T-MEC: confianza indispensable para competir en América del Norte
T-MEC: confianza indispensable para competir

La decisión de Estados Unidos de no respaldar por ahora la extensión de 16 años del T-MEC coloca a América del Norte en una fase distinta. El acuerdo no se cancela ni pierde vigencia, pues permanece en operación hasta 2036 y mantiene sus ventajas para las empresas que comercian bajo sus reglas. Sin embargo, el paso a revisiones anuales sí modifica el horizonte de planeación. Para la inversión productiva, la certeza no depende únicamente de que el tratado siga existiendo, sino de que sus reglas ofrezcan estabilidad suficiente para tomar decisiones de largo plazo.

Oportunidad en la reunión del 20 de julio

Por eso, la reunión prevista para el 20 de julio debe aprovecharse como una oportunidad concreta para ordenar prioridades, avanzar en los temas ya trabajados y cerrar aquellos puntos donde existan condiciones de acuerdo. Mientras más pronto se definan alcances, tiempos y objetivos de las revisiones, menor será el costo de la incertidumbre para las empresas y los proyectos de inversión.

El sector privado ha planteado una posición responsable. La revisión debe conducirse con diálogo, visión de largo plazo y una agenda técnica que preserve la competitividad regional. Los datos muestran la dimensión del reto. Desde la entrada en vigor del T-MEC, el comercio de América del Norte aumentó 55% y, desde 1994, el intercambio regional se ha multiplicado casi cinco veces. Esta integración ya forma parte de la estructura real de nuestras economías.

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Agenda de Estados Unidos

Un punto clave es entender con claridad la agenda de Estados Unidos. Washington busca revisar temas que considera pendientes, como el déficit comercial, la recuperación de empleos manufactureros, el cumplimiento de compromisos, las reglas de origen, los sectores automotriz, acerero, agropecuario y energético, así como la seguridad económica en industrias estratégicas. También hay una preocupación explícita por la presencia de insumos asiáticos y posibles triangulaciones que afecten la integración regional. Esos puntos forman parte de la mesa y tienen un peso político interno que México no debe subestimar.

Pero la discusión no se limita al comercio. La revisión del T-MEC ocurre dentro de un marco más amplio de competencia geopolítica, seguridad fronteriza, combate al crimen organizado, migración y reducción de dependencias frente a otras regiones del mundo. México necesita atender esos temas con seriedad. Resolverlos con inteligencia puede fortalecer nuestra posición negociadora y convertir la integración regional en una ventaja más sólida.

Prioridades legítimas de México

México también tiene prioridades legítimas. Debe defender la reducción de aranceles impuestos bajo criterios unilaterales e insistir en que las reglas de origen mantengan una lógica regional, sin elevar costos hasta afectar la competitividad de toda Norteamérica. También debe procurar que las revisiones anuales tengan alcances, tiempos y objetivos claros, con la meta de fondo de resolver los temas pendientes y recuperar cuanto antes el horizonte de certidumbre que permita extender el tratado por 16 años. Al mismo tiempo, debe proponer una ruta para producir más en la región aquello que hoy se importa de otras zonas del mundo.

La vigencia del T-MEC es una ventaja, pero no debe confundirse con una garantía automática de inversión. México no puede confiar únicamente en la inercia del acuerdo. En una etapa de revisiones anuales y mayor competencia por capital productivo, la confianza se construye también dentro del país. Eso exige acelerar decisiones internas que eleven la competitividad, como abrir con decisión la participación del sector privado en energía, acelerar la desregulación efectiva, modernizar aduanas, eliminar barreras no arancelarias y activar medidas procrecimiento que atraigan inversión y devuelva confianza a las empresas.

Integración de MiPyMEs y cadenas regionales

La revisión del T-MEC también debe servir para integrar a más empresas mexicanas, especialmente MiPyMEs, así como a las cadenas regionales de valor mediante proveeduría nacional, talento técnico e innovación. El tratado abre la puerta, pero la productividad decide cuánto podemos aprovecharla.

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También será indispensable una visión pragmática frente a China. México puede mantener relaciones comerciales amplias con distintos países, pero su prioridad estratégica está en América del Norte. Eso exige controles aduaneros eficaces, trazabilidad, cumplimiento de reglas de origen y una política orientada a producir más en México y en la región. La mejor respuesta a las presiones externas es convertirnos en un socio confiable, productivo e indispensable.

Relación más allá de gobiernos federales

La relación con Estados Unidos debe ir más allá de la comunicación entre gobiernos federales. Hay que continuar fortaleciendo puentes con congresistas, gobernadores, alcaldes, distritos industriales, cámaras empresariales, sindicatos, universidades y comunidades binacionales. En Estados Unidos también existen empresas, agricultores, consumidores y trabajadores que dependen de la integración con México. Una negociación inteligente debe hacer visible que una región integrada reduce costos, protege empleos, fortalece cadenas de suministro y mejora la capacidad de competir frente a Asia y Europa.

El T-MEC sigue siendo una gran plataforma para México. Esta nueva etapa exige cautela, firmeza y preparación. La meta debe ser preservar el acceso preferencial, atender los temas pendientes y construir una región más competitiva. Pero el objetivo de fondo es más amplio. Se trata de generar confianza para invertir, producir, innovar y crear empleos formales. Eso requiere un tratado sólido, una negociación inteligente y cambios internos de fondo. México tiene una oportunidad enorme, siempre que actúe con visión, responsabilidad y sentido práctico.