En Santa María Aztahuacan, en la alcaldía Iztapalapa, el ruido de los mototaxis, los puestos ambulantes y los gritos del mercado se mezclan para conformar la realidad que los vecinos conocen demasiado bien: la inseguridad. Ahí, entre calles deterioradas y terrenos rodeados por cúmulos de basura, el gobierno capitalino anunció en 2022 la construcción de un nuevo modelo educativo que promete transformar la zona y acercar oportunidades a jóvenes que históricamente han vivido entre carencias.
Un proyecto educativo con visión comunitaria
El proyecto fue presentado por la hoy jefa de Gobierno, Clara Brugada, entonces alcaldesa de Iztapalapa, quien aseguró que se busca crear un espacio educativo de vanguardia para estudiantes de la zona. La propuesta contempla infraestructura moderna y oportunidades académicas para adolescentes de Santa María Aztahuacan y colonias cercanas. Esto después de que escuelas de la zona fueran afectadas por el temblor de 2017; el gobierno buscó la manera de dar solución a estas instituciones afectadas y procurar el bien de los jóvenes de la zona con una escuela de calidad cerca de sus hogares.
La escuela modelo planeada, con intervención de la afamada Fundación Bailleres, contempla que el centro académico incluya preprimaria, primaria y secundaria. Pero el proyecto también contempla que se convierta en un punto de reunión de vecinos y madres de familia, como una forma de activar la acción comunitaria para mejorar la vida en Santa María Aztahuacán. Las instalaciones están a punto de ser terminadas; sin embargo, mientras era edificada, las cuadras aledañas han sido completamente ocupadas por el narcomenudeo y la violencia.
La inseguridad persiste a pocos metros
A unos metros del lugar donde se está construyendo la escuela, los vecinos aseguran que la delincuencia sigue operando todos los días casi a plena vista. “Sí da miedo, pero ya estamos acostumbrados”, dice una comerciante de la zona mientras acomoda mercancía cerca del mercado. La frase resume el sentimiento de muchos habitantes: vivir entre puntos de venta de droga, asaltos y riñas ya forma parte de la rutina.
La noticia de una nueva escuela despertó esperanza entre algunos padres de familia, aunque también preocupación. Sobre todo porque, dicen, el entorno no ha cambiado. “Los muchachos sí corren peligro porque están más cerca de todo esto”, comenta un vecino que trabaja como viene-viene en el mercado de la zona. “Pero también es parecido a lo que pasa enfrente del CONALEP. Aquí los jóvenes ya conviven diario con eso”.
El hombre relata que recientemente llegaron remolques con juegos mecánicos y que gran parte de quienes permanecen en el sitio son hombres que suelen quedarse durante horas en las calles. “Hay familias, pero son pocas. Luego están ahí sin playera, tomando, molestando a las muchachas cuando pasan”, cuenta, mientras espera un momento a que los carros estacionados prendan su auto después de salir de hacer las compras en el mercado Plan de Ayala.
Falta de alumbrado y espacios abandonados
La inseguridad no es el único problema que preocupa a los vecinos. Habitantes denuncian que gran parte de las calles cercanas carecen de alumbrado público, situación que vuelve más peligrosa la zona durante las noches. “Cuando oscurece ya nadie quiere caminar por aquí”, comenta Rosa, madre de familia de una estudiante de secundaria. “Hay calles completamente oscuras y uno ya no sabe quién está escondido”.
Frente a la zona escolar también existe un pequeño parque que, según los vecinos, se ha convertido en refugio de vagabundos y personas consumidoras de droga. Las motos constantemente van fumando y aventando el humo del cigarro de mariguana sin ninguna preocupación, o van con su mona en la mano, algo que es tan normal y cotidiano para ellos. Durante el día algunos niños todavía utilizan los juegos infantiles, pero conforme cae la tarde el ambiente cambia completamente. Pareciera que todo comienza a volverse una película de terror en donde la gente comienza a guardarse en su casa y hay zonas como los terrenos baldíos que se sabe que pasadas las 7 pm es riesgoso acercarse.
“Ese parquecito ya da miedo”, dice la comerciante. “Ahí se juntan drogadictos y vagabundos. Luego están tomando o inhalando cosas enfrente de todos”. Las bancas lucen rayadas, algunas lámparas no funcionan y la basura se acumula entre las áreas verdes. Montañas de tablas, ropa vieja, botes y lonas rotas descansan en una esquina del terreno baldío. Por otro lado, otra montaña de desperdicios de comida que el mismo mercado genera son tirados a unos metros de las salidas de este lugar. Las moscas hacen presencia con su zumbido y los perros abandonados que desesperadamente buscan comida dejan la sombra donde descansaban para ir a comer uno que otro alimento que fue tirado ahí.
Solicitudes sin respuesta y violencia cotidiana
Vecinos aseguran que en repetidas ocasiones han solicitado mayor vigilancia y alumbrado, aunque hasta ahora no han recibido respuesta. “Es una zona escolar y aun así nadie hace nada”, reclama Rosa. “Los muchachos salen de clases y tienen que pasar entre toda esa gente”. El ambiente se vuelve más pesado conforme cae la tarde. Entre basura acumulada, malos olores y restos de desechos humanos, los vecinos aseguran que el abandono también ha contribuido a que crezcan otros problemas.
Una comerciante de la zona, quien prefirió no dar su nombre por miedo a represalias, señala que la situación empeora los fines de semana. “Es un lugar muy feo y muy sucio. La gente viene a tirar basura y luego se junta gente rara. Nosotras trabajamos aquí porque necesitamos el dinero, pero sí da miedo”, explica.
Los testimonios coinciden en algo: en la zona todos saben dónde operan presuntos vendedores de droga, aunque pocos se atreven a denunciar. “Hay casas que ya todos ubican”, asegura el viene-viene mientras señala discretamente dos domicilios cercanos. “Incluso una tiene sellos de suspensión, pero la gente dice que ahí siguen manejando cosas”.
Los vecinos también recuerdan episodios violentos ocurridos en los alrededores. “Sí ha habido balaceras”, comenta el hombre con naturalidad, como si hablara de algo cotidiano. “Cuando pasa ya mejor todos se meten rápido a sus casas”.
Esperanza y desconfianza ante la nueva escuela
A pesar de ello, muchos habitantes consideran que la llegada de una nueva institución educativa podría representar una oportunidad para rescatar parte de la comunidad. “Los jóvenes necesitan algo diferente”, dice Rosa. “Aquí luego no tienen muchas opciones y por eso algunos terminan metidos en cosas malas”.
Pero mientras se habla de aulas modernas y proyectos educativos, la realidad diaria continúa golpeando a los vecinos. A sus 64 años, doña Toña todavía recuerda el miedo que sintió hace apenas unas semanas cuando fue víctima de un asalto mientras regresaba del mercado. La mujer caminaba sobre la calle Venustiano Carranza cargando bolsas con fruta y tortillas cuando dos hombres se le acercaron. “Uno me jaló la bolsa y el otro me dijo que no gritara”, cuenta sentada frente a su casa. “Yo nada más venía de hacer el mandado”. “Eso fue como a las dos de la tarde. Ya ni en el día se puede caminar tranquila”, lamenta. Doña Toña asegura que no denunció porque considera que “no sirve de nada”. “Uno pierde tiempo y luego hasta salen rápido”, dice resignada.
La percepción de inseguridad es compartida por otros habitantes de Santa María Aztahuacan, quienes aseguran que la presencia policiaca suele ser insuficiente. Aunque patrullas recorren algunas calles, los vecinos afirman que los problemas continúan concentrándose en ciertos puntos cercanos al mercado y zonas habitacionales. La normalización de la violencia preocupa a algunos padres de familia que observan cómo niños y adolescentes crecen rodeados de delitos cotidianos.
¿Puede funcionar un proyecto educativo en este entorno?
Pese al panorama, autoridades capitalinas mantienen la apuesta por transformar la zona mediante proyectos educativos y urbanos. La intención es que la nueva escuela se convierta en un símbolo de cambio para una de las zonas más pobladas de la capital. La iniciativa impulsada por Clara Brugada busca fortalecer el acceso a la educación y abrir espacios culturales y académicos en comunidades históricamente rezagadas.
Sin embargo, entre los vecinos persiste una pregunta inevitable: ¿puede funcionar un proyecto educativo moderno en medio de un entorno marcado por la inseguridad? Para algunos, la respuesta depende no solo de construir salones nuevos, sino de recuperar las calles. “De nada sirve una escuela bonita si afuera siguen vendiendo droga”, dice un comerciante mientras observa el movimiento del mercado.
En Santa María Aztahuacan, la expectativa convive con la desconfianza. Entre promesas de modernidad y calles oscuras donde los vecinos dicen vivir con miedo diario, la nueva escuela comenzará a levantarse en una comunidad que desde hace años aprendió a sobrevivir entre la violencia y la rutina.



